VALÉNClA. — El 9 d’Octubre, la festividad institucional y sentimental más relevante del pueblo valenciano, se convirtió este año en un grotesco espectáculo de parálisis, desorganización y cerrazón institucional. Lo que debía ser una jornada de encuentro colectivo, devoción a la historia común y orgullo identitario acabó transformado en un evento blindado, frío y deslucido. La gestión de la tradicional Processó Cívica alcanzó cotas de incompetencia organizativa difíciles de igualar, ofreciendo la estampa de una festividad literalmente secuestrada a la ciudadanía por la ineptitud municipal y un despliegue policial desproporcionado.
La jornada comenzó con una visión insólita y desalentadora en el corazón neurálgico de la capital. La Plaça de l’Ajuntament amaneció desierta de familias y abarrotada de blindaje. Vallas de seguridad dispuestas a más de 300 metros del balcón consistorial relegaban al público a un lejano e injustificado ostracismo. La explanada principal, tomada por un contingente desmesurado de hasta 50 furgonetas de la Policía Nacional, ofrecía la imagen de un espacio bajo estado de excepción más que el de una plaza en plena celebración patria.
@noticias.ciudadan plaza tomada y secuestrada por la policía y la acampada. Las familias a centenares de metros para contemplar el 9 d’Octubre #9Octubre @Pilar Bernabé
Para mayor surrealismo, en medio de este perímetro acordonado coexistían acampadas de protesta con decenas de tiendas de campaña, rodeadas a su vez por un fuerte cordón policial. Entre el pasmo de los escasos transeúntes, decenas de manifestantes completamente embozados para evitar ser identificados exhibían impunemente esteladas catalanistas. Zonas emblemáticas como la fachada del edificio de Correos, todo el vial del Ajuntament y el área frente a la antigua sede de Telefónica se encontraban completamente valladas, vacías de vecinos y despojadas del calor popular que históricamente ha caracterizado a esta cita.
El bochorno de la ‘Baixà’: confusión, petardos fuera de tiempo y sectarismo ideológico
El colapso organizativo alcanzó su cénit con el acto más simbólico de la mañana: la tradicional Baixà de la Real Senyera desde el balcón municipal. A las 11:56 horas, una descoordinación clamorosa entre el protocolo del Consistorio, la pirotecnia y la agrupación musical desencadenó la desconcierto generalizado. Comenzaron a dispararse petardos a modo de salvas desde la terraza consistorial y a sonar la Marcha de la Ciudad, pero el icono identitario de los valencianos no aparecía.
@noticias.ciudadan Baixà de la Real Senyera este 9 d’Octubre des del balcó de l’Ajuntament del Cap i Casal #9Octubre @Generalitat Valenciana @ajuntamentvlc
Las miradas atónitas de los funcionarios y las autoridades presentes reflejaban el desastre en marcha. Ante la ausencia de la enseña, los músicos de la Banda Municipal de Valéncia se vieron obligados a repetir una y otra vez la misma estrofa en un bucle grotesco que duró casi cinco agónicos minutos. Cuando por fin se dieron las 12:00 horas, la Real Senyera inició su descenso, pero lo hizo ya sin el acompañamiento de las salvas y envuelta en una profunda confusión.
A esta negligencia técnica se sumó la controversia política por el uso instrumental del protocolo musical. La persistencia en utilizar únicamente la Marcha de la Ciudad —una imposición protocolaria consolidada durante la época de Compromís y que los actuales equipos de gobierno de PP y Vox no han revertido para reincorporar formalmente el Himno en este instante clave— volvió a desatar duras críticas. Sectores del valencianismo acusaron de nuevo a los responsables políticos de relegar la enseña de todos los valencianos a una mera bandera municipal del Cap i Casal.
Mientras la enseña descendía al nivel de la calle, parte de los manifestantes acampados en el centro de la plaza proferían gritos, silbidos y desplegaban cuatribarradas, enrareciendo aún más un ambiente ya de por sí tenso y enrarecido.
Un cortejo a la carrera: zancadas, desconexión y gestos de ‘guardería’
Una vez la bandera tocó tierra, el caos operativo lejos de atenuarse fue a más. El protocolo municipal tardó más de 15 minutos en organizar el arranque de la Processó Cívica. Cuando finalmente se puso en marcha, el ritmo del cortejo oficial resultó totalmente disparatado. La comitiva avanzó a una velocidad tan desmedida que recorrió los primeros tramos en apenas dos minutos. A su paso por la calle Sant Vicent, la marcha recordaba más a la multitudinaria carrera de la Volta a Peu que a una solemne procesión cívica, con las autoridades dando auténticas zancadas para no quedarse descolgadas.
Esta aceleración injustificada provocó una fractura inevitable en la comitiva: la Real Senyera avanzaba a un paso completamente distinto al del resto de la marcha, lo que derivó en un parón de más de diez minutos y un corte absoluto en la continuidad de la procesión.
La tensión política también se hizo patente a lo largo del recorrido. Al paso de las delegaciones de partidos como Compromís, los abucheos, silbidos y gritos de «¡fuera, fuera!» por parte del público apostado tras las lejanas vallas fueron constantes. La respuesta de algunos de sus dirigentes rozó la falta de respeto institucional: el diputado Joan Baldoví contestó a las increpaciones de la ciudadanía con sonrisas burlonas y haciendo «peinetas» a los asistentes, un comportamiento impropio de un representante público y más cercano a la provocación infantil que a la altura de miras que exige la festividad autonómica.
Del Te Deum al Parterre: un trámite acelerado y sin público
Con un retraso considerable respecto al horario oficial, la Real Senyera logró por fin hacer su entrada en la Catedral de Valéncia para la celebración del tradicional Te Deum. Tras el acto religioso, el segundo tramo de la marcha hacia la Plaça del Parterre discurrió con algo más de calma, aunque sumido en la más absoluta apatía popular.
Al llegar al monumento ecuestre del Rei Jaume I, el protocolo municipal volvió a escenificar un desprecio absoluto hacia la cobertura informativa y la participación ciudadana. Protegidos de nuevo por un vallado kilométrico que mantenía a los vecinos a cientos de metros de distancia, los representantes políticos realizaron la tradicional ofrenda de la corona de laurel en la más estricta soledad.
El acto fue despachado con una prisa desmedida y atropellada. Cuando los medios de comunicación acreditados intentaron captar las imágenes del momento, la ceremonia ya había concluido. Con las fotos oficiales de los políticos de turno a medio hacer, comenzó a sonar el Himno de la Comunitat Valéncia casi de manera imperceptible, dado que la Banda Municipal había sido ubicada a una distancia tan remota que el sonido apenas alcanzaba el monumento. Mientras tanto, en los aledaños, la charanga de Compromís continuaba interpretando pasodobles festivos en un ambiente donde parecía existir un inexplicable temor a cantar la letra oficial. Todo terminó de forma precipitada, fría y desalentadora.
La desbandada final y la apoteosis de la descoordinación
Cumplido el trámite en el Parterre, se produjo la ya habitual y vergonzosa desbandada de autoridades. Gran parte de los altos cargos, concejales y representantes institucionales abandonaron el cortejo apresuradamente con dirección al Palau de la Música, dejando el tramo final de vuelta hacia la Casa Consistorial prácticamente desierto de personalidades y desprovisto de todo rango protocolario.
El regreso de la Real Senyera al Ayuntamiento ratificó el desastre organizativo de la jornada. Al llegar a la plaza, la descoordinación volvió a ser la protagonista: la enseña histórica fue izada de nuevo hacia el balcón consistorial en absoluto silencio, sin acompañamiento musical alguno. Solo cuando la bandera ya se encontraba arriba y encajada en su soporte se dispararon las salvas pirotécnicas y comenzó a sonar la Marcha de la Ciudad, completamente fuera de tiempo y desincronizada con el acto formal.
En el tramo final de la custodia de la enseña, la politización del acto dejó otra estampa grotesca cuando el exconcejal Giuseppe Grezzi tomó una de las borlas de la Real Senyera luciendo una camiseta con el lema «País Valencià antifeixistes», profundizando en la utilización partidista de un símbolo que pertenece a la totalidad de la sociedad valenciana independientemente de su signo ideológico.
Ya en el interior del balcón municipal, el concejal portador y la alcaldesa intentaron entonar el Himno para dar por concluido el programa institucional. Sin embargo, el ambiente no pudo ser más desolador. Valéncia despidió el 9 d’Octubre con el acto más frío, distanciado y caótico que se recuerda en décadas; una jornada en la que la ineptitud organizativa, el miedo a la calle y la constante provocación ideológica terminaron por arrebatarle al pueblo la fiesta que le pertenece.










