En 1989, el profesor Sidney Yoshida, tras estudiar la quiebra de múltiples empresas japonesas, formuló la teoría del Iceberg de la ignorancia: Solo el 4 % de los problemas reales de una organización llegaban a la alta dirección; si bien el 96 % restante, también era conocido por quienes estaban en primera línea. Esta desconexión explicaba el fracaso de muchas organizaciones empresariales sin haberlo visto venir, ya que sólo la alta dirección era quien podía haber tomado las decisiones estructurales y organizativas eficaces, que evitasen el desastre.
Treinta y seis años después, ese “iceberg de la ignorancia”, es representativo de un servicio esencial: las Emergencias Sanitarias de la Comunidad Valenciana. En plena Navidad 2025 casi el 35% de los SAMU en la provincia de Alicante, trabajaron sin médico, desconociendo, por la opacidad de la administración, las cifras reales de Valencia y Castellón.
El SAMU, Servicio de Ayuda Médica Urgente, atiende a la población las 24 horas del día, los 365 días del año. Sus profesionales —técnicos, enfermeros y médicos— trabajan en accidentes graves, infartos, paradas cardíacas, ahogamientos o politraumatismos entre otras muchas patologías. Son ellos quienes conocen los problemas reales del sistema. Sin embargo, sus advertencias llevan años sin ser escuchadas por la Alta Dirección de las emergencias sanitarias: SASUE y SES-CV de la Conselleria de Sanidad.
Las decisiones estratégicas se han tomado desde despachos alejados de la realidad asistencial. La centralización de los centros de coordinación, la supresión de estructuras provinciales eficaces, la inversión millonaria en edificios, tecnología y sistemas informáticos que deslumbran a los políticos en sus inauguraciones, pero sin aportar datos objetivos de mejora, así como la precarización de los profesionales, son solo algunos ejemplos. Mientras tanto, se ignoraban las necesidades básicas: estabilidad laboral, planificación de plantillas y condiciones dignas para retener talento.
Las consecuencias no tardaron en llegar. En la Comunidad Valenciana ya en 2020, se vivían jornadas en las que hasta un 30 % de las ambulancias SAMU circulaban sin médico, incumpliendo la normativa vigente desde el año 2002. Algo tan impensable como un quirófano sin cirujano, una sala de extracciones de sangre sin enfermeros o un juzgado sin juez se normalizó en emergencias sanitarias. Y cuando un sistema falla, no lo hace en un Excel: falla en la calle. Hubo retrasos, descoordinación….
En lugar de rectificar a tiempo, se intentaron soluciones improvisadas que trasladaban la responsabilidad a profesionales que no debían asumirla, enfermeros, generando inseguridad jurídica y asistencial. Todo para mantener la apariencia de normalidad. Las ambulancias salían, las sirenas seguían sonando, pero el sistema se vaciaba por dentro.
Hoy, el problema persiste. Siguen faltando médicos en el SAMU, cada vez más, también en las centrales de coordinación, CICU de cada provincia. Se siguen tomando decisiones organizativas sin contar con quienes atienden a los pacientes. Se siguen gastando recursos inmensos, sin una evaluación clara del beneficio real para la ciudadanía, como si infundir dinero público ilimitado, aparentando que todo va bien, pudiera evitar la quiebra. La quiebra, en esta empresa, es la deficiente atención al paciente crítico, tan habitual ya, que se ha llegado a normalizar. Y mientras, los profesionales, se desmotivan o abandonan el servicio.
Japón resume su cultura de calidad empresarial con tres conceptos:
GENITSU (la realidad), GEMBA (el lugar donde ocurre el trabajo) y GENBUTSU (ir y verlo por uno mismo).
Eso es exactamente lo que falta en la gestión de nuestras Emergencias Sanitarias.
Las emergencias no admiten propaganda ni maquillaje. Funcionan o no funcionan. Y cuando no funcionan, el precio lo paga la población. Ya es hora de que responsables políticos y gestores bajen del despacho, escuchen a los profesionales, y miren de frente la realidad antes de que el iceberg vuelva a hundirlo todo. El Servicio de Emergencias Sanitarias de la Comunidad Valenciana, lo hacemos funcionar personas, profesionales que de forma anónima estamos cada día en primera línea.



