Dentro del ciclo de cine de verano que dirige Daniel Gascó en el Centro Cultural del Carmen quizás la sesión más espectacular vino con la proyección de la película de Harold Lloyd “El Hombre mosca”. Es un filme del año 1923 y por tanto se trata de una película muda. El ciclo tuvo la grata idea de proponer al músico alternativo Doctor Truna que compusiera una partitura novedosa para una película creada hace más de cien años, y fue todo un éxito.
En la periferia de la música convencional y las corrientes artísticas comerciales habita Andrés Blasco Ramos, un creador valenciano nacido en 1965 que ha revolucionado la escena experimental española bajo el pseudónimo de Dr. Truna. Autodefinido como un «auto-luthier-electro-acústico», este inclasificable artista interdisciplinar destaca por su capacidad única para fusionar el sonido, el gesto visual y la tecnología en una propuesta estética inconfundible. Su universo creativo se nutre directamente del retro-futurismo, el dadaísmo y la patafísica, corrientes de vanguardia que canaliza a través de la invención de sus propios instrumentos y esculturas sonoras construidos a partir de objetos reciclados. Con una sólida formación que combina los estudios de violín y contrabajo con la realización de cine, fotografía y sonido, el Dr. Truna ha consolidado su reputación internacional especialmente gracias a sus aclamadas bandas sonoras en vivo, donde utiliza loops de violonchelo e improvisación electroacústica para insuflar nueva vida a grandes clásicos del cine mudo. El resultado de su trayectoria es un catálogo de performances hipnóticas que desafían los límites del arte contemporáneo, consolidándolo como uno de los inventores e intérpretes más magnéticos y originales de la vanguardia musical europea actual.
En la constelación de estrellas que forjaron la edad de oro de la comedia cinematográfica, la figura de Harold Lloyd (1893-1971) permanece inmóvil en el tiempo como el gran acróbata del suspenso y la audacia. Nacido en Nebraska, el actor y productor estadounidense compuso, junto a Charles Chaplin y Buster Keaton, el triunvirato indispensable del cine mudo, llegando a convertirse durante la década de los veinte en el intérprete más popular y mejor pagado de todo el universo de Hollywood. A diferencia de sus contemporáneos melancólicos o de humor absurdo, Lloyd capturó el espíritu del optimismo estadounidense a través de un personaje inconfundible: un joven de gafas de carey, sombrero de paja y traje común que perseguía incansablemente el éxito social y económico. Su maestría radicaba en una agilidad física impecable que le permitía rodar arriesgadas y espectaculares escenas de peligro sin utilizar dobles de acción, una proeza aún más asombrosa si se considera que en 1920 una bomba de atrezo le estalló en las manos y le causó la pérdida de dos dedos. Su inmortalidad cinematográfica quedó sellada con Safety Last! (El hombre mosca, 1923), donde regaló al mundo la icónica secuencia en la que cuelga de las manecillas de un enorme reloj sobre el tráfico urbano, una imagen que sigue sintetizando la genialidad técnica y el vértigo de los albores del séptimo arte.
En el apogeo de la era del slapstick, las pantallas de cine de todo el mundo se rindieron ante Safety Last! (El hombre mosca), dirigida por Fred C. Newmeyer y Sam Taylor que se convirtió de inmediato en una de las obras cumbre de la comedia romántica silente. La trama, aparentemente sencilla pero matemáticamente estructurada para la carcajada, sigue los pasos de «El Chico» (interpretado por Harold Lloyd), un joven de provincias que emigra a la gran ciudad para trabajar como un humilde empleado de telas en los grandes almacenes DeVore. Con el fin de ocultar su precariedad económica y deslumbrar a su prometida Mildred (Mildred Davis), el protagonista inventa un plan publicitario para atraer clientes a la tienda: contratar a su amigo Bill (Bill Strother), un acróbata real apodado el «humano mosca», para que escale la fachada del edificio a cambio de un jugoso premio de 1.000 dólares.
Sin embargo, el destino interviene cuando un policía vengativo comienza a perseguir a Bill, obligando al inexperto e ingenuo Harold a suplantarlo y emprender el peligroso ascenso piso por piso, bajo la falsa promesa de que se intercambiarán en el siguiente nivel. A lo largo de una secuencia climática de veinte minutos que paralizó el corazón del público de la época —provocando desmayos reales en las salas de cine—, el personaje sortea una carrera de obstáculos surrealista que incluye palomas hambrientas atraídas por cacahuetes, un ratón que se cuela en su pantalón, ventanas que se cierran de golpe y una veleta rebelde. El cenit visual llega en el piso doce, donde Lloyd queda suspendido en el vacío aferrado únicamente a las manecillas de un enorme reloj urbano que empieza a desarmarse bajo su peso, regalando al séptimo arte su imagen más icónica.
A nivel técnico, la película se consagró como un prodigio de la perspectiva y el ingenio visual. Contrario al mito popular, las escenas no se rodaron en un rascacielos real ni con pantallas de proyección; el equipo construyó decorados de fachadas falsas en los tejados de varios edificios estratégicos de Los Ángeles, aprovechando la inclinación de las calles para crear la ilusión óptica de que el vacío y el tráfico que se veían al fondo estaban a decenas de metros de caída libre. Aunque Lloyd contó con la ayuda de dobles en planos muy lejanos, él mismo ejecutó la mayor parte de la escalada y las acrobacias físicas, una proeza titánica si se recuerda que años antes había perdido el pulgar y el índice de su mano derecha por la explosión de una bomba de atrezo, lo que le obligaba a actuar usando un guante protésico especial. Con un presupuesto modesto de apenas 121.000 dólares, el filme recaudó la colosal cifra de 1,5 millones de la época, consolidándose como una ácida y brillante crítica a la implacable ambición del sueño americano y el valor del tiempo, lo que le valió su posterior preservación en el Registro Nacional de Cine de los Estados Unidos.
En la sesión del barrio del Carmen se encontraron dos genios, Truna y lloyd, Y el valenciano se comió al norteamericano porque con su poderosa música realzo y sobresalió sobre un celuloide más que centenario. Esa noche chocaron brillantemente el pasado y el futuro.




