En plena precampaña y con la vista puesta en las urnas del próximo 29 de noviembre, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, acudió anoche al plató de La Revuelta en Televisión Española —un espacio rebautizado informalmente por la calle y la oposición como el escaparate mediático predilecto de la Moncloa— para protagonizar un ejercicio de lavado de imagen milimétricamente calculado. Lejos de someterse al escrutinio riguroso que exige la más alta magistratura del Estado, el jefe del Ejecutivo disfrutó de un comodísimo tránsito por el programa de David Broncano, convirtiendo lo que debía ser una entrevista de interés general en un auténtico mitin encubierto de tono amable, bromas pactadas y complicidad ideológica.
La visita, la primera del mandatario socialista al formato tras años de especulaciones sobre la afinidad editorial del espacio sufragado con el dinero de todos los contribuyentes, batió récords de audiencia bajo el amparo de una alfombra roja invisible. Desde el primer minuto, el tono general estuvo marcado por la condescendencia mutua. Lejos de abordar con profundidad institucional los graves escándalos de corrupción que cercan al entorno presidencial y a antiguos cargos orgánicos de su máxima confianza, el formato prefirió deslizarse por la superficie de la banalidad, permitiendo al líder socialista esquivar los flancos más débiles de su gestión mediante el recurso fácil del chascarrillo y la distensión.
Un blanqueo institucional pagado con fondos públicos
El despliegue no tardó en recibir una oleada de críticas feroces por parte de sectores de la oposición, analistas políticos y colectivos profesionales, que denunciaron la utilización partidista de la televisión pública. Para los detractores del Ejecutivo, la presencia de Sánchez en el espacio de mayor cuota de pantalla de RTVE responde a una desesperada estrategia de movilización del voto joven, utilizando un plató de entretenimiento como trinchera electoralista.
Durante la emisión, el intercambio de pullas y guiños sobre la continuidad del programa en función de quién gane las próximas elecciones sirvió como cortina de humo. Entre bromas sobre si el espacio televisivo perviviría ante un hipotético cambio político, el presidente aprovechó para lanzar proclamas electoralistas y autoproclamarse dique de contención frente a la derecha, mimetizando el plató con un plató de campaña donde los matices críticos brillaron por su ausencia.
Las preguntas clásicas del formato relativas al dinero en el banco o la vida sexual —lejos de incomodar— funcionaron como un inofensivo colchón publicitario que humanizó artificialmente a un presidente acorralado por la crispación social, la inestabilidad parlamentaria y el desgaste de las siglas socialistas. Las escasas alusiones a asuntos espinosos, como el descontrol en la gestión migratoria o las sombras de corrupción, se resolvieron con generalidades y coartadas dialécticas que el entrevistador aceptó sin contraargumentar con rigor periodístico.
La indignación de la oposición y el desgaste de la neutralidad
La comparecencia de medianoche ha vuelto a reabrir el debate sobre la neutralidad de los medios públicos estatales y la deriva de una corporación convertida, según denuncian los partidos constitucionalistas, en un altavoz propagandístico al servicio del Palacio de la Moncloa. La ausencia de repreguntas incisivas y el tono complaciente del equipo de producción contrastan tas con la exigencia democrática que se le presupone a cualquier mandatario europeo en activo.
Con este movimiento, Pedro Sánchez busca desesperadamente reconectar con los tramos de edad más jóvenes a través de códigos ajenos al periodismo político tradicional. Sin embargo, la estrategia no oculta la profunda brecha abierta entre la realidad judicial y económica que atraviesa el país y la burbuja de complicidad diseñada en los estudios de Prado del Rey. Una hora de televisión amable pagada con los impuestos de los españoles que, lejos de sumar transparencia, profundiza en la degradación de las instituciones democráticas al servicio de la supervivencia política del inquilino de la Moncloa.



