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Las 12 campanadas del campo: El año en que Europa dejó de ser una promesa y se convirtió en nuestra prisión

Colaboracion por Colaboracion
diciembre 21, 2025
en Opinión
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Las 12 campanadas del campo: El año en que Europa dejó de ser una promesa y se convirtió en nuestra prisión

Las 12 campanadas del campo: El año en que Europa dejó de ser una promesa y se convirtió en nuestra prisión

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31 de diciembre. Última hora de la última noche. En la ciudad, brindan con cava por el futuro. En los pueblos, brindamos con silencio por lo que ya no tiene arreglo. La televisión muestra fuegos artificiales, pero aquí el único estruendo es el de las facturas al caer sobre la mesa como sentencias. Esta no es una despedida, es un parte médico final. Y el diagnóstico, tras doce meses de agonía programada, apunta a un único agresor: el proyecto que juró protegernos. Aquí está la autopsia de un año, y la pregunta que su cadáver nos obliga a formular.

La autopsia del año

ENERO: EL PRIMER GOLPE DE LA «LIBERTAD»

El año no amaneció. Nos lo cerraron con la naranja egipcia. Un producto que cruzó desiertos y aduanas con más facilidad que mis clementinas para cruzar la calle. La Conselleria habló de «competencia leal». Nosotros aprendimos el nuevo significado de la palabra: competir con un brazo atado a la espalda contra quien juega con un cuchillo. Europa no nos dio un mercado; nos dio un campo de ejecución donde nuestra calidad era la soga y su hipocresía, la trampilla. Cada caja que llegaba por barco era un mensaje claro: vuestro esfuerzo por cumplir normativas, por cuidar el suelo, por mantener el paisaje, vale menos que un flete marítimo subvencionado. La libertad de circulación se reveló como la tiranía del más barato.

FEBRERO: EL SÍMBOLO DE LA RENDICIÓN

El Cotonet ya no es una plaga. Es la bandera que ondea sobre nuestra derrota. Un invasor con más derechos que un ciudadano, blindado por tratados comerciales y mimado por una burocracia que «evalúa» su estancia permanente mientras nos exige costosísimos tratamientos integrados. Cada bolsita algodonosa es un recordatorio: las fronteras europeas son una fantasía para todo, menos para quien las necesita para sobrevivir. Mientras nosotros navegamos por un mar de registros fitosanitarios, ellos cruzan fronteras como turistas privilegiados. La bioseguridad es un discurso vacío, una farsa que sólo se aplica a los de dentro.

MARZO: CUANDO LA NATURALEZA SE APIADÓ (Y LA POLÍTICA SE LO ADJUDICÓ)

Dios, o el caos climático, tuvo más compasión que Bruselas. La lluvia ahogó al ‘Trip’. Fue un acto de piedad natural, y la administración lo convirtió en un mérito administrativo. Aprendimos que en este sistema, hasta los milagros te los expropian para convertirlos en propaganda. La única estrategia preventiva que funciona es rezar por un clima benévolo, porque de los planes de la UE sólo llega el papeleo. Nos prometieron investigación, alertas tempranas, soluciones comunitarias. Lo que llegó fueron informes, reuniones y la sombra alargada del siguiente invasor, que ya estaba en camino. La naturaleza, caprichosa, nos dio un respiro. La política lo convirtió en un eslogan.

ABRIL: EL SOBORNO INSTITUCIONALIZADO

La PAC. Un acrónimo que ya no significa Política Agraria Común, sino Pago por Aguantar Callado. Nos transformaron en actores de un drama absurdo: cobramos por representar el papel del «agricultor sostenible» mientras el sistema nos empuja a la quiebra. Es el chantaje perfecto: te damos migajas para que finjas que esto es viable, y así evitas el estallido social. Firmamos recibí por nuestra propia dignidad. Cada formulario, cada control, cada condición asociada a esos fondos, es un eslabón más en la cadena que nos ata al modelo que nos extermina. La sostenibilidad se midió en hectáreas de papel, no en viabilidad de explotaciones. Nos pagaron para ser el decorado verde de su teatro, mientras detrás del telón firmaban acuerdos que envenenaban nuestro futuro.

MAYO-JULIO: LA BUROCRACIA DEL DESASTRE

La granizada fue sólo el primer acto. El segundo, más cruel, fue el teatro de la ayuda. Helicópteros, políticos con botas limpias, ríos de tinta prometiendo fondos «ágiles». La realidad fue un laberinto de formularios diseñado no para ayudar, sino para frustrar, desgastar y disuadir. Las ayudas llegaron (si llegaron) con la velocidad de la vergüenza. Y los seguros, esos socios legales, nos mostraron que su función no era cubrirnos, sino encontrar la cláusula que los eximiera de hacerlo. Vimos cómo los peritos medían el desastre con una calculadora en la mano, buscando el ángulo, la excepción, la letra pequeña que transformaba una pérdida total en una «merma asumible». Aprendimos que estábamos solos. Que el paraguas sólo se abre cuando no llueve.

AGOSTO: EL VACÍO DE PODER (Y DE DECENCIA)

Agosto fue la metáfora del año: el poder se fue de vacaciones. La Araña Roja, más diligente que cualquier funcionario, no tiene calendario laboral. Los teléfonos de urgencia eran buzones de la desesperación. El mensaje era nítido: vuestra crisis es asunto vuestro. La Europa de la solidaridad se toma agosto en la playa, mientras nuestros árboles se consumen y la tierra se cuartea. Las declaraciones de emergencia se perdieron en algún cajón de algún despacho vacío. Fuimos un problema administrativo fuera del horario de oficina. Mientras, en los mercados, seguían entrando los contenedores, sin vacaciones, sin pausa, sin compasión.

SEPTIEMBRE: EL SUICIDIO ESTRATÉGICO (O LA ESTUPIDEZ ELEVADA A DOCTRINA)

El acto de mayor genialidad perversa: el Aforo Oficial. La Conselleria, haciendo de publicista de nuestra ruina, convocó a la prensa para anunciar: «¡Señores competidores, estamos débiles! ¡Aprieten!». Fue una rendición en directo, una capitulación comercial con gráficos de colores. Demostramos al mundo que no éramos jugadores, sino piezas sacrificables en un tablero que no controlamos. Regalamos la información sensible de nuestra debilidad, la convertimos en dato de mercado, en herramienta para que el comprador extranjero ajustara aún más el precio. Fue la traición desde dentro, el golpe de gracia dado por quienes deberían habernos defendido. Nos transformaron en un número, en un porcentaje de caída, en un argumento comercial para nuestros rivales.

OCTUBRE: EL AJUSTE DE CUENTAS GLOBAL (CONTRA NOSOTROS)

La cita era ineludible. Nuestras mandarinas, hijas de nuestro suelo y nuestro esfuerzo, se encontraron con las sudafricanas en el mercado. No fue una casualidad. Fue el resultado lógico de una política que prioriza los flujos comerciales sobre las personas. Europa firmó el acta de nuestro fusilamiento comercial y nos puso la venda en los ojos con retórica sobre «mercado único» y «competitividad». Pero no hay competitividad posible cuando juegas con reglas distintas. Ellos juegan al fútbol, nosotros al ajedrez, y el árbitro cobra las faltas sólo a nosotros. Cada acuerdo comercial es una puñalada más, un nuevo horizonte de miseria firmado con pompa y ceremonia en Bruselas. Nuestra tierra, nuestro sol, nuestro trabajo, no pudieron contra la fría lógica de los aranceles y los intereses geopolíticos.

NOVIEMBRE: LA PERVERSIÓN FINAL

El «Destajo con Cupo». La culminación filosófica del sistema. Al trabajador cuyo sustento es su esfuerzo, se le pone un límite. Se criminaliza su productividad, se castiga su ambición, se frena su capacidad de sacar adelante a su familia con el sudor de su frente. Mientras, en los puertos, la marea de producto foráneo entra sin restricciones, sin cupos, sin límites. La lección era cristalina: tu sudor es un problema; la importación masiva, un derecho sagrado. Es la esquizofrenia moral de una Europa que predica derechos sociales aquí y los ignora olímpicamente en sus acuerdos comerciales con terceros países. Una Europa que te exige salarios dignos a ti, pero que financia con su consumo la explotación en otros continentes.

DICIEMBRE: EL JUICIO FINAL (Y LA PREGUNTA PROHIBIDA)

Y así, exhaustos, vacíos, hemos llegado a diciembre. Y diciembre, con su cruel ironía, trajo de nuevo las lluvias. Las mismas que en marzo ahogaron al ‘Trip’ como un milagro, ahora llegaban tarde para lo único que nos importaba: salvar lo poco que quedaba en pie. Pero esta vez, la lluvia no fue un aliado. Fue el cómplice perfecto del último despojo. Porque con ella, el seguro nos enseñó su verdadero rostro: las franquicias. Esa parte que, desde el primer momento, ya te avisa: «esto no te lo vamos a pagar». Aprendimos que la cobertura no era contra el desastre, sino contra la esperanza. Que pagamos primas de oro para que, cuando el cielo se nos cae encima, nos muestren una cláusula que convierte la ruina en un porcentaje aceptable de ruina. La catástrofe, calculada y con descuento. El agronomo de la aseguradora, con su tablet en la mano, era el sacerdote de una nueva religión: la de la pérdida asumible, la del daño que no llega al deducible, la del siniestro que no merece ser llamado tal.

Y en medio del barro y del aguacero, llegó la lección final de los exportadores, la sentencia burocrática que rubricaba el año: «Hay que poner fecha de fin de recolección en los contratos». Como si la tierra, los árboles y el clima obedecieran a un calendario de despacho. La lógica era perversa y perfecta: si no firmas su fecha arbitraria, tu única opción es esperar. Esperar a que el tiempo, ese viejo verdugo convertido en cómplice del mercado, termine de arruinar lo que ellos ya no quieren recoger. Te convierten en rehén de la meteorología, culpabilizándote por no poder domesticar el cielo. Es la humillación definitiva: después de saquearnos con normas, mercados y cláusulas, nos exigen que firmemos, con antelación, el acta de rendición ante la naturaleza. El campo, ese ser vivo, debe comportarse como una línea de montaje de coches. Y si no, la penalización es la pérdida total.

Así cerramos el año. Con los campos anegados, con los bolsillos vacíos, con contratos que son trampas y seguros que son burla. Con la certeza de que el mecanismo está perfectamente engrasado para exprimirnos hasta la última gota.

Y este diciembre, más que lluvia, facturas y fechas imposibles, trae la pregunta que ya no se puede contener, la que rompe el silencio de las cocinas y quema más que la deuda:

¿HA HABIDO ALGUNA VEZ UNA TRAICIÓN MÁS PERFECTA, MÁS METÓDICA Y MÁS CÍNICA QUE LA DE EUROPA A SU PROPIO CAMPO?

Europa, el proyecto que nació de las cenizas de la guerra para unir y proteger, se ha convertido en la arquitecta meticulosa de nuestra desaparición. Con una mano nos impone el yugo regulatorio más pesado del mundo (el Green Deal, la estrategia de la Granja a la Mesa), un corsé de oro que nos ahoga en costes y papeleo, que nos convierte en guardianes no remunerados de un territorio que ya no nos pertenece. Con la otra mano, firma acuerdos con países que se ríen de esas mismas normas, inundando nuestro mercado con producto barato manchado de explotación laboral y dumping ambiental. Nos obligan a construir la casa con las manos atadas, y luego premian a quienes la derriban a martillazos. Nos exigen ser verdes, locales, sostenibles y humanos, mientras inundan el mercado de producto anónimo, viajado y sin alma.

La PAC ya no es una política. Es la propina del verdugo, el dinero que nos dan para que aceptemos con elegancia nuestro propio entierro. Es el mecanismo que convierte nuestra resistencia en dependencia, y nuestra queja en un formulario a rellenar en triplicado. Nos han domesticado con subsidios. Nos han comprado el silencio con migajas. Nos han convertido en mendigos de nuestro propio oficio.

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EL TRÍPTICO DEL FINAL: CORAZÓN, BOLSILLO, CABEZA… Y LA RUPTURA

Por eso, ese consejo cínico de «mira tu corazón, mira tu bolsillo, piensa con la cabeza» adquiere, en vísperas de 2026, una dimensión revolucionaria. No es un consejo para sobrevivir. Es un manual para la insumisión.

1. MIRA TU CORAZÓN. No busques amor ni patriotismo europeo. Busca la cicatriz. La que dejó cada directiva de Bruselas que encareció tu coste, cada acuerdo comercial que hundió tu precio, cada silencio cómplice de Madrid y Valencia. Palpa la quemadura del desprecio, la indignación helada de saber que tu trabajo vale menos que un trámite aduanero. Deja que ese dolor, frío y antiguo, se transforme en una certeza de acero: el contrato social con Europa está roto. Tu corazón ya no late por ese proyecto. Late a pesar de él. Late por la tierra, por la familia, por la tradición, por todo aquello que Europa dice proteger mientras lo estrangula.

2. MIRA TU BOLSILLO. El vacío no es una crisis pasajera. Es la evidencia forense de un expolio. Cada euro que falta, cada deuda que crece, cada factura impagada, es un impuesto no votado que hemos pagado a la ideología de un «mercado único» que sólo funciona en una dirección: la de nuestra ruina. Tu contabilidad personal es el balance final del fracaso europeo. Votar ya no es elegir un gestor que administre el declive; es exigir responsabilidades por este desastre. Es presentar la factura política de todo lo robado.

3. PIENSA CON LA CABEZA. La cabeza fría, despojada de ilusiones, hace la pregunta que duele: ¿Qué nos queda por perder? ¿La lealtad a un proyecto que nos desprecia? ¿El acceso a un «mercado» que es nuestro patíbulo? ¿Las migajas de una PAC que es nuestro salario por la sumisión? ¿El honor de ser los ciudadanos de segunda de una unión que trata a nuestros competidores con más respeto que a nosotros?

Pensar con la cabeza es atreverse, por primera vez sin miedo, a calcular el coste de la RUPTURA. No como un grito visceral, sino como la última opción estratégica de quien ha agotado todas las demás. La opción de plantarse y decir:

  •  «Basta. O las normas comunitarias son un escudo que protege a TODOS los productores del mercado interior, o no son nada. Cláusula espejo REAL, INMEDIATA Y SIN EXCEPCIONES, o salimos de la ficción y nos protegemos nosotros.»
  • · «Basta. O la PAC se reformula como un instrumento de SOBERANÍA ALIMENTARIA REAL y competitividad leal, o reclamamos cada céntimo de nuestro dinero y nuestro derecho primordial a legislar para sobrevivir en nuestro propio territorio.»
  • · «Basta. O Europa defiende a sus ciudadanos del campo con la misma fiereza con la que defiende los intereses de sus industrias financieras o automovilísticas, o este pacto desigual ha terminado.»

Tu voto en las próximas elecciones —europeas, autonómicas, municipales— ya no puede ser un voto de miedo («qué pasará si nos salimos»). Debe ser un VOTO DE PODER. Un voto de ultimátum.

Un voto exclusivamente por quien tenga el valor, la claridad y el coraje de poner sobre la mesa, sin complejos ni medias tintas, la renegociación total, desde cero, o la salida ordenada de este marco que nos asfixia.

Un voto por quien entienda que la soberanía no es un eslogan rancio, sino la última trinchera, la herramienta final de defensa de quien ya no tiene nada que perder más que sus cadenas.

La única pregunta que ya importa…

Porque la pregunta decisiva, la única que importa ya, ha cambiado:

Ya no es si podemos permitirnos romper con Europa.

La pregunta ahora es si podemos permitirnos, física, económica y moralmente, OTRO AÑO, OTRA TEMPORADA, OTRA VIDA como esta.

Esta noche del 31 de diciembre, cuando suenen las doce, no mires las uvas, no escuches las risas de la televisión, mira la puerta…

La pesada, dorada y ornamentada puerta de la jaula en la que Europa nos encerró. Nos prometió que era un palacio, nos juró protección, y luego, con sonrisa de diplomático, le fue entregando las llaves, una a una, a todos nuestros verdugos.

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Y JUSTO ANTES DE QUE LA PRIMERA CAMPANADA RESUENE EN LA NOCHE FRÍA, DECIDE.

¿Vas a seguir ahí dentro, desgastando los nudillos contra los barrotes, pidiendo por favor, desde dentro de la jaula, que cambien las reglas de un juego que está amañado para que pierdas siempre?

¿O vas a empezar a preguntarte, en voz cada vez más alta, a buscar con la mirada, a tantear con las manos, cómo demonios se abre esa puerta?

2026 no tiene por qué ser el año catorce de esta humillación interminable.

Puede ser el Año Uno de otra cosa.

De lo que nosotros, los condenados por el proyecto más noble de Europa, decidamos construir cuando por fin dejemos de creer en sus cuentos, de mendigar sus migajas y de temer su fantasma.

Puede ser el año en que el campo deje de ser una víctima y se convierta, de nuevo, en un poder.

Feliz 2026. O, como quizá deberíamos aprender a decir, con la mirada fija en el horizonte y la mano en el cerrojo:

Feliz Año de la Última Oportunidad… para ellos. Porque la nuestra se agotó hace ya doce campanadas.

Adan Carrilero
Vicepresidente de la Asociación Independiente de Agricultores de Nules

Etiquetas: adán carrileroAsociación Independiente de Agricultores de Nules (AIAN)SOS campo
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