Por Gonzalo Muñoz Gómez Concejal portavoz de VOX en el Ayuntamiento de Cullera
Hay artículos que buscan debatir ideas y otros que se limitan a exhumar fantasmas. El publicado por Alfons Cervera en Levante-EMV pertenece claramente al segundo grupo. No es una crítica política: es un ejercicio de exorcismo ideológico, escrito desde el resentimiento y dirigido contra un enemigo que el autor necesita inventarse para poder seguir escribiendo.
Cervera no discute propuestas, ni votaciones, ni políticas públicas. No le interesa la realidad. Prefiere la metáfora escatológica, el insulto grueso y la caricatura moral. En su columna, un concejal elegido democráticamente se convierte, por arte retórico, en pistolero falangista, saqueador de carteras y heredero de cunetas. Todo muy literario. Todo muy falso.
Conviene decirlo con claridad: equiparar una frase desafortunada o un refrán con la apología del exterminio es una indecencia intelectual. Y hacerlo desde la tribuna de un periódico, acusando sin pruebas, señalando personas y atribuyéndoles crímenes históricos, es algo más grave: es una forma de violencia verbal legitimada por quien se cree moralmente superior.
El señor Cervera habla mucho de palabras, pero demuestra poco respeto por ellas. Porque cuando se vacían de significado y se usan como proyectiles, dejan de ser “territorio sagrado de la expresión democrática” para convertirse en arma arrojadiza contra la democracia misma. La democracia consiste, entre otras cosas, en aceptar que hay representantes electos que piensan distinto, no en expulsarlos simbólicamente del sistema llamándolos “fascistas” y “matarifes”.
Resulta revelador que el autor no tenga ningún problema en normalizar expresiones que justifican la violencia, como ese escalofriante “no matamos bastantes”, que relata sin condena clara, casi con nostalgia. Pero se indigna selectivamente ante una expresión popular usada en un debate político. Esa asimetría moral dice más del articulista que de su objetivo.
Desde Cullera, donde VOX es oposición responsable y ha conseguido aprobar mociones; incluso por unanimidad; la política se hace hablando de vivienda, de empleo, de impuestos, de seguridad y de futuro. No desde la trinchera literaria del odio ni desde el ajuste de cuentas eterno con una guerra que terminó hace casi noventa años. Algunos parecen necesitar que nunca termine.
Cervera acusa a VOX de vivir anclado en el pasado. Pero es él quien no puede escribir una columna sin invocar Franco, cunetas y paredones, como si la España de 2026 se explicara exclusivamente con el lenguaje de 1939. Ese es el verdadero anacronismo: usar a los muertos como coartada para no discutir los problemas de los vivos.
También desliza acusaciones personales, laborales y morales, sin prueba alguna, contra cargos públicos. Eso no es periodismo de opinión: es difamación envuelta en prosa barroca. Y cuando además se acompaña de insinuaciones delictivas (“vigilen la cartera”), el problema ya no es ideológico, sino ético.
VOX no necesita censurar a nadie. No pedimos que callen. Pedimos que argumenten. Que bajen del púlpito moral y se atrevan a debatir políticas públicas sin recurrir al insulto, al miedo o a la demonización. Porque cuando alguien no puede discutir ideas, lo que hace es deshumanizar al adversario.
Las palabras importan, sí. Pero importa aún más cómo se usan. Y usarlas para señalar, excluir y deslegitimar a representantes democráticos no es resistencia: es intolerancia con buena prensa.
Al señor Cervera le tranquiliza pensar que es “incallable”. No se preocupe: nadie quiere callarle. Pero estaría bien que, alguna vez, en lugar de gritarle al pasado, se atreviera a discutir el presente. Sin barro. Sin fantasmas. Y sin odio.
















