La Valencia de cristal frente a la Valencia de escombro: El espejismo cultural de Catalá
En el periodismo municipal, uno aprende pronto a distinguir entre la ciudad de los despachos y la ciudad de las aceras. Hace apenas unos días, la alcaldesa de Valencia, María José Catalá, compareció para dibujar una hoja de ruta que, sobre el papel, brilla como el cristal recién pulido. Con el tono triunfalista de quien estrena una maqueta, nos habló de museos y experiencias inmersivas. Sin embargo, tras más de dos décadas recorriendo barrios, uno sabe que lo que Catalá vende como identidad es, en realidad, una gestión de cristal: una estructura aparente, transparente para el vecino, pero extremadamente frágil ante la crudeza del abandono real.
Sin embargo, tras años recorriendo los barrios de esta ciudad y viendo pasar alcaldes de todos los colores, uno desarrolla un olfato especial para detectar el humo. Y lo que Catalá vende como «identidad» huele más a estrategia de marketing turístico que a verdadera política de conservación. Mientras el Ayuntamiento proyecta realidades virtuales, la Valencia de piedra, ladrillo y huerta —la que no necesita gafas 3D para ser sentida— se desmorona en un silencio administrativo que ya roza la negligencia.
El vergonzoso liderazgo de la Lista Roja
La realidad es tozuda y no entiende de publicaciones en Instagram, Tiktok y resto de redes sociales. A día de hoy, Valencia ostenta un récord que debería provocar dimisiones o, al menos, un poco de pudor institucional: es la primera ciudad de España en superar los 30 bienes incluidos en la Lista Roja de Hispania Nostra. No estamos ante un dato estadístico, sino ante una crónica de abandono con nombres y apellidos.
El cinturón verde de la ciudad, nuestra huerta, está siendo testigo del funeral en vida de sus alquerías. Las de Moro, de la Torre, del Rey, de Volante, de Mantot o de Serra son hoy esqueletos que esperan una rehabilitación que nunca llega y que pasa, cual patata caliente, de gobierno en gobierno.

Especialmente sangrante son los casos de la Alquería dels Moros (la casa nº2 se derrumbó en 2018 sin ninguna investigación y responsabilidad penal) y la Alquería de Falcó, que acumula trece años de denuncias, promesas incumplidas y recomendaciones del Síndic de Greuges que el consistorio parece archivar en el mismo cajón donde guardan las facturas de la propaganda. ¿De qué sirve anunciar museos si somos incapaces de evitar que el patrimonio rural, el verdadero ADN valenciano, se convierta en escombro?
Entre el grafiti y el orín
Si alejamos la vista de la huerta y miramos al centro histórico, el panorama no mejora. Resulta indignante que, mientras se habla de «experiencias inmersivas», los ciudadanos tengamos que sufrir una experiencia inmersiva de suciedad al pasear por nuestros monumentos. Los Refugios Antiaéreos de la Guerra Civil, como los de las calles Espada o Serrans, se han convertido en letrinas improvisadas, lienzos para los delincuentes del espray ante la pasividad de una vigilancia que brilla por su ausencia.
Incluso la Lonja de la Seda, nuestra joya de la corona y Patrimonio de la Humanidad, no se libra de la degradación. El deterioro provocado por la orina canina en sus esquinas y la falta de un mantenimiento higiénico básico en su entorno es el ejemplo perfecto de la «gestión de escaparate»: se cuida el interior para el turista que paga entrada, pero se abandona el exterior para el ciudadano que la vive.

El fracaso de la política de contenedores
Esta desidia no es nueva, pero el actual equipo de gobierno ha optado por el maquillaje de escaparate. Se sigue priorizando la creación de ‘nuevos contenedores’ —política de foto y corte de cinta— frente a la consolidación de los Bienes de Interés Cultural que ya poseemos. Es la paradoja de la Valencia actual: se proyectan grandes ventanales de cristal para nuevos centros culturales mientras el tapial de las alquerías se deshace. El brillo del cristal de los anuncios oficiales no logra ocultar las grietas de la fábrica de La Ceramo o el estado del depósito de Gas Lebon, que agonizan por la falta de inversión.
Ejemplos de mala praxis sobran: desde el Portal de la Valldigna, intervenido con una pintura plástica inadecuada que acelera la degradación de la piedra, hasta la fábrica de La Ceramo en Benicalap, cerrada desde principios de los noventa y convertida hoy en el paraíso de los grafiteros que se tapa con parcheados propios de un «govern de la chapuza».

La cultura no es un render en una nota de prensa; es el cumplimiento de la Ley 4/1998 de Patrimonio Cultural Valenciano, una norma que este Ayuntamiento parece leer como una sugerencia opcional. La gestión no puede basarse en el silencio ante las más de 320 denuncias presentadas por asociaciones, como Círculo por la Defensa del Patrimonio, que hacen el trabajo que le correspondería a la concejalía de turno.
Un calendario para la esperanza
Señora Catalá, la ciudad de cristal que describe en sus discursos no es la que habitamos. Ese espejismo de cristal que proyecta en sus redes sociales se rompe al contacto con el orín de la Lonja y el abandono de la huerta. El patrimonio compartido se está muriendo bajo capas de desidia. Actúen ya, porque cuando la última alquería colapse, no habrá fachada de cristal ni experiencia inmersiva capaz de reconstruir nuestra memoria. Defender nuestro pasado es la única forma de asegurar un futuro que sea algo más que un simple cristal roto.
Porque, tal y como recalca Círculo por la Defensa del Patrimonio, cuando la última piedra de las alquerías caiga, no habrá tecnología digital capaz de reconstruir nuestra memoria. Actúen ya. El futuro de Valencia no se construye inaugurando edificios vacíos, sino impidiendo que los llenos de historia se conviertan en ceniza. Y eso no lo están haciendo bien.
















