La ciudad se rompe en nombre de la “movilidad sostenible” mientras el tráfico se estrangula
Valencia vive una de sus épocas con mayor número de intervenciones urbanísticas en décadas: remodelaciones de avenidas emblemáticas, extensión de carriles bici y proyectos aparentemente pensados para una ciudad más verde y amable. Sin embargo, la realidad diaria para miles de conductores, comerciantes y vecinos es otra muy distinta: atascos interminables, caos circulatorio y una sensación creciente de que se está gastando por gastar sin un verdadero plan integral de movilidad urbana.

Uno de los símbolos de estas tensiones es la reurbanización de las avenidas Pérez Galdós y Giorgeta, un megaproyecto de casi 24 millones de euros que lleva meses afectando la circulación en dos de las principales arterias de Valencia. Las obras, que comenzaron en junio de 2025 y se prolongarán al menos hasta verano de 2026, transforman el paisaje de estas vías con nuevas aceras, zonas ajardinadas, iluminación renovada y un carril bici segregado de 2,4 km de longitud.
Pero lo que en los papeles suena a “mejora urbana” se traduce en cortes, desvíos y congestiones que desbordan la paciencia de muchos conductores. Los ciudadanos han visto cómo tramos enteros de Giorgeta cerraban al tráfico, reabiertos parcialmente solo para volver a cerrarse después de periodos festivos, en un carrusel que complica cualquier desplazamiento cotidiano.
Y no es una molestia menor: la Policía Local ha tenido que desplegar operativos extraordinarios con decenas de agentes para intentar paliar las consecuencias de estas obras en hora punta, especialmente tras la vuelta al colegio, coordinando desvíos y regulando el flujo de vehículos en las zonas más afectadas.
El futuro una vez terminada la obra promete continuar con el problema de los atascos al suprimir carriles de circulación.

¿Carriles bici o barreras para la movilidad?
Los carriles bici son defendidos por el Ayuntamiento como pieza clave de una estrategia de movilidad sostenible, convitiendolos en barreras que impiden el trafico , en oros lugares una señalización de la calle es suficiente para delimitar un carril bici , dando una imagen mas amable y la posibilidad de utilizarse en caso de emergencias. A pesar de que hay estudios que avalan que bien planificados pueden ayudar a reducir emisiones y fomentar alternativas al coche , pero la realidad es que sin una red de transporte publico eficiente que solucione la movilidad de las personas , se convierte en un aumento de la polución consecuencia de los múltiples atascos diarios
Sin embargo, la experiencia en Valencia muestra que la implantación de esta infraestructura no siempre ha sido acompañada de un análisis riguroso ni de una estrategia de transición clara. La red ciclista ha crecido de forma fragmentada, abarcando diferentes zonas, pero en muchos casos se ha convertido en un elemento de fricción con el tráfico motorizado, sin resolver los cuellos de botella existentes ni mejorar el transporte público de forma proporcional.
Es más: residentes y comerciantes de algunas zonas expresan su frustración porque estos cambios, lejos de mejorar la convivencia urbana, colapsan el tráfico, reducen el acceso a negocios y complican la logística diaria, especialmente cuando no existe una alternativa bien señalizada o un plan de desvíos eficaz.
Una política de obras sin debate suficiente
Otro de los reproches más habituales entre ciudadanos críticos con las políticas urbanas es la falta de participación ciudadana real y de estudios de impacto previos. Las grandes transformaciones se anuncian y ejecutan con rapidez, pero la consulta pública suele ser más testimonial que sustantiva, y las quejas que surgen durante los procesos rara vez se traducen en correcciones profundas de los proyectos.
Esto ha generado la sensación de que muchas intervenciones responden más a ambiciones estéticas o de marketing urbano que a un diagnóstico profundo de las necesidades reales de movilidad de la ciudad.
¿Qué podría hacerse distinto?

La experiencia de Valencia pone sobre la mesa algunas lecciones que cualquier ciudad debería considerar:
- Planificación coordinada – no basta con sumar proyectos aislados: deben integrarse en una visión global de movilidad que articule bicis, peatones, transporte público y tráfico privado.
- Auditorías y estudios de impacto previos – antes de ejecutar, medir con rigor cómo afectarán estas obras a la vida diaria.
- Participación ciudadana real – abrir espacios de debate donde residentes y comerciantes puedan influir en decisiones que les afectan directamente.
- Flexibilidad en la ejecución – adaptarse a los resultados reales de cada fase de obra, no seguir ejecutando sin posibilidad de rectificación.
- Y lo mas importante una red de transporte publico que solucione la movilidad de verdad a los valencianos .
Conclusión
Valencia tiene la oportunidad de ser una ciudad más verde, amable y sostenible. Pero ese objetivo no puede lograrse a costa del colapso circulatorio, la frustración de los vecinos y la sensación de improvisación. Las obras urbanas deben responder a problemas reales y estar acompañadas de soluciones tangibles para la movilidad, no convertirse en un expediente para “gastar por gastar” que termina entorpeciendo la vida cotidiana de quienes cada día transitan por sus calles.
La ciudad merece una planificación que no solo se vea bien en un render, sino que funcione bien en la práctica. Y eso, hoy por hoy, aún está por llegar.





















