VALENCIA. – Cada último domingo de febrero, el corazón de Valencia late al ritmo de un grito unánime. Sin embargo, la solemnidad y el espectáculo de luz que hoy conocemos en las Torres de Serranos son el resultado de casi un siglo de ensayos, cambios de ubicación y anécdotas curiosas. La historia de la Crida es, en esencia, la historia de cómo una ciudad aprendió a invitar al mundo a su fiesta más sagrada.
El despertar de 1931: Música y pregón
Todo comenzó el 15 de marzo de 1931. A las siete de la tarde, Valencia no esperaba un espectáculo multimedia, sino el sonido de las bandas de música. Aquel primer «pregón» fue una invitación itinerante: las agrupaciones musicales recorrieron las calles encabezadas por un pregonero oficial. El destino final fue la actual Plaza del Ayuntamiento (entonces Plaza de Emilio Castelar), donde los acordes del Himno de la Región y el estruendo de las carcasas marcaron el nacimiento de la Semana Fallera coordinada por el organismo oficial.
Tras aquel inicio, el acto cayó en un paréntesis de silencio hasta 1942. Fue el 13 de marzo de ese año cuando el presidente de la Junta Central Fallera, Lluís Martí Alegre, recuperó la tradición desde el balcón del consistorio. Un año después, en 1943, la Crida abrazó la modernidad al ser retransmitida por primera vez por radio, contando con la presencia de la Fallera Mayor, Elvira Gómez Trénor, y el ingenio del actor cómico Julio Espí.
La era del ingenio: Burros, caballeros y crisis
La década de los 40 fue una etapa de experimentación constante. En 1944, la solemnidad del balcón fue sustituida por el pintoresquismo: un actor, a lomos de un burro, recorría las calles recitando versos que anunciaban el inicio de «la gran semana fallera» tanto a locales como a forasteros.
Para 1946, el acto ya tenía un peso social considerable. A pesar de la durísima crisis agrícola provocada por una gran helada aquel año, el alcalde Juan Antonio Gómez de Trénor cumplió con el ritual desde el balcón municipal. Al año siguiente, en 1947, la Crida se transformó en una gran cabalgata donde desfiló la Senyera, los gremios y hasta la Banda de la Legión, consolidando la estructura de desfile que hoy todavía resuena en los actos previos.
1954: El hito de las Torres de Serranos
El gran punto de inflexión llegó en 1954. Fue entonces cuando se decidió que el balcón del Ayuntamiento se quedaba pequeño para el sentimiento fallero. El acto se trasladó a las Torres de Serranos, buscando un marco histórico que reforzara la identidad valenciana. Aquella primera edición en las Torres fue una recreación casi mágica: los miembros de la Junta Central Fallera adornaron las escaleras y los muros con antorchas y bengalas, creando una atmósfera medieval para que Clemente Cerdá y María Minguela Cañelas hicieran el llamamiento.
Curiosamente, en aquellos primeros años de las Torres (1954 y 1955), tras finalizar el pregón, la comitiva debía desplazarse hasta el Ayuntamiento para invitar formalmente al alcalde. No fue hasta 1957 cuando el alcalde, Tomás Trénor Azcárraga, asistió personalmente a las Torres, introduciendo uno de los gestos más icónicos que perduran hoy: la entrega de las llaves de la ciudad a la Fallera Mayor.
Hacia la modernidad: El salto al cauce
Durante décadas, el epicentro de la Crida fue la Plaza de los Fueros (la parte trasera de las Torres). Allí, miles de falleros se congregaban apretados entre los muros de piedra. Sin embargo, el crecimiento exponencial de la fiesta obligó a un nuevo cambio logístico en 1990.
Ese año, la Crida se trasladó a la cara de las Torres que mira hacia el viejo cauce del río Turia. Este cambio no solo permitió triplicar el aforo, sino que dotó al acto de una vistosidad sin precedentes, permitiendo espectáculos pirotécnicos y visuales de gran escala que pueden ser disfrutados por una multitud que ya se cuenta por decenas de miles.
Un rito inamovible
Desde aquel primer pregonero a caballo o sobre un burro, hasta las actuales proyecciones de mapping sobre la piedra centenaria, la Crida ha sabido adaptarse sin perder su esencia: ser el despertador de un pueblo. Hoy, el acto sigue perteneciendo a las comisiones falleras que, con sus estandartes en alto, esperan cada febrero el permiso oficial para llenar las calles de arte, sátira y fuego.
La historia de la Crida es la prueba de que, en Valencia, nada empieza hasta que una mujer, heredera de una tradición iniciada en 1931, pronuncia las palabras mágicas que abren las puertas de la ciudad al mundo entero.





















