VALENCIA – Aquella noche, cuando el eco del «Ya estem en Falles» aún vibraba en los muros de las Torres de Serranos, el bullicio se transformó en una mezcla de devoción y elegancia. El acto de la Crida no terminó con el último fuego artificial; por el contrario, dio paso a uno de los recorridos más íntimos y significativos de todo el reinado de las Falleras Mayores de Valencia y sus Cortes de Honor en este 2026.
Un pasillo de afecto por la calle Serranos
Nada más concluir el protocolo oficial sobre las murallas, la comitiva inició su descenso. Lo que en el papel era un simple traslado logístico, en la práctica se convirtió en un baño de masas sin precedentes. Las Falleras Mayores, envueltas en sus manteletas y la riqueza de sus espolines, enfilaron la calle Serranos con paso firme pero pausado, escoltadas por una marea de valencianos y falleros que no quisieron abandonar sus puestos.
A lo largo de todo el trayecto, las muestras de afecto fueron constantes. Los gritos de admiración y los aplausos se sucedían mientras las representantes de la fiesta devolvían sonrisas que mezclaban la adrenalina del discurso recién pronunciado con la solemnidad del destino al que se dirigían: la Real Basílica de la Virgen de los Desamparados. Aquel breve recorrido, de apenas unos cientos de metros, se dilató en el tiempo gracias a la calidez de un pueblo que, tras un año de espera, volvía a sentir el fuego cerca.
El silencio sagrado ante la «Geperudeta»
Al cruzar el umbral de la Basílica, el estruendo de la plaza quedó atrás, sustituido por el aroma a cera y el silencio respetuoso de un templo que aguardaba a sus máximas embajadoras. Fue un momento de contraste absoluto. Las Falleras Mayores de Valencia, acompañadas por las trece niñas y trece jóvenes de sus respectivas Cortes de Honor, avanzaron por la nave central hasta llegar a los pies de la Virgen de los Desamparados.
Allí, en el corazón espiritual de la ciudad, tuvo lugar la entrega de los ramos. Fue una ofrenda cargada de simbolismo. Las máximas representantes depositaron sus flores con manos temblorosas por la emoción, convirtiendo ese gesto en un agradecimiento público por los instantes vividos desde que fueron elegidas. Sin embargo, no solo hubo espacio para la gratitud por el pasado; aquel encuentro fue, ante todo, una petición de protección para los días venideros. Las oraciones a la «Geperudeta» se centraron en el deseo de unas Fallas 2026 marcadas por la convivencia, el arte y la ausencia de incidentes.
Un hito en el calendario del reinado
Aquel encuentro supuso la segunda visita oficial que las Falleras Mayores y sus Cortes realizaron a la Patrona durante su año de reinado. La memoria colectiva recordaba aún la primera visita, cargada de la inocencia y los nervios de los primeros días, que tuvo lugar durante la Exaltación de la Fallera Mayor Infantil.
No obstante, esta visita post-Crida tuvo un matiz distinto. Si la primera fue de presentación, esta fue de confirmación. Fue el puente necesario entre el protocolo oficial y el sentimiento popular. Los analistas de la fiesta subrayaron entonces que este acto servía como preparación espiritual para la que sería la tercera y definitiva cita con la Virgen: la multitudinaria Ofrenda de Flores de los días 17 y 18 de marzo.
El cierre de un círculo emocional
La noche terminó con la comitiva abandonando la plaza de la Virgen bajo la luz de la luna, dejando tras de sí un templo lleno de color y un pueblo entregado. Aquella jornada de 2026 no fue solo el día en que se llamó al mundo a disfrutar de las Fallas, sino el día en que las Fallas se arrodillaron ante su historia y sus tradiciones.
Hoy, al recordar aquellas imágenes, se percibe la importancia de esos minutos de recogimiento. La Crida de este año se recordará no por la potencia de la megafonía o la belleza de la pirotecnia, sino por la mirada de aquellas mujeres y niñas que, ante la imagen de la Virgen, entendieron que su reinado ya no les pertenecía solo a ellas, sino a toda la historia de una ciudad que vive por y para su fiesta grande.





















