VALENCIA – El alivio se dibujaba esta mañana en el rostro de los maestros pirotécnicos y en el de los miles de valencianos que, desde primera hora, miraban de reojo al cielo. Tras jornadas de incertidumbre y cielos encapotados que amenazaban con aguar la fiesta, la meteorología decidió finalmente conceder un respiro necesario. El tiempo dio una tregua a la bautizada como «Catedral de la Pólvora», permitiendo que la empresa PiBierzo desplegara todo su potencial en una sexta mascletà del calendario fallero que ha sabido a victoria.
Una revancha contra el calendario
Para la pirotecnia leonesa, el disparo de hoy no era uno más. El año pasado, la meteorología fue implacable y les obligó a aplazar su cita con la plaza más exigente del mundo, dejando los camiones cargados y el ánimo por los suelos. Hoy, sin embargo, el destino ha querido compensarles: no solo se pudo disparar, sino que el sol hizo acto de presencia para iluminar el humo blanco y resaltar los colores de los efectos aéreos.
«Teníamos una espina clavada», comentaban desde el equipo de Pedro Alonso, responsable de la firma. Esa determinación se notó desde el primer aviso, que rompió el murmullo de una plaza abarrotada que ya empezaba a notar el calor del Mediterráneo.
Una mascletà con técnica y fluidez
La mascletà de hoy ha destacado por su estructura equilibrada, huyendo de la estridencia gratuita para buscar la armonía rítmica. El espectáculo ha sido «distinto a lo habitual», destacando especialmente la limpieza en la ejecución.
«Lo más reseñable ha sido la excelente transición entre la parte aérea y la terrestre. No ha habido baches; el ritmo ha crecido de forma orgánica, permitiendo que el público sintiera cómo el fuego se desplazaba desde el cielo hasta los pies», apuntaba Martí al concluir el estruendo.
La fase aérea inicial sorprendió con efectos de silbatos y carcasas de colores que dibujaron formas nítidas sobre el azul del cielo valenciano. Rápidamente, el fuego bajó a la tierra, donde el terremoto terrestre fue ganando intensidad de menos a más, con un compás bien marcado que hacía vibrar los cristales de los edificios colindantes.
Un final atronador
El cierre fue, como marca la tradición de la casa leonesa, contundente. El bombardeo final fue seco y potente, una rúbrica de autoridad que dejó tras de sí el inconfundible aroma a pólvora quemada que tanto ansía la ciudad en el mes de marzo. La plaza rompió en un aplauso unánime mientras los operarios de PiBierzo se abrazaban sobre la arena, sabedores de que, esta vez sí, el trabajo estaba bien hecho.
Con este sexto disparo, las Fallas de 2026 cogen velocidad de crucero. La tregua del tiempo ha permitido que la fiesta recupere su latido principal, demostrando que, aunque la lluvia amenace, la «Catedral» siempre encuentra el momento para hacer oír su voz.
























