El tesoro oculto del Grau: los frescos de Vergara en Santa María del Mar
En el corazón del histórico barrio del Grau, donde el salitre se mezcla con la devoción secular, se alza la Parroquia de Santa María del Mar. Para muchos, es un templo más en la ruta de las iglesias marineras; para los expertos en arte, es el contenedor de uno de los secretos mejor guardados —y tristemente olvidados— de la pintura barroca valenciana: el camarín de José Vergara Gimeno.
Durante décadas, este espacio permaneció sumido en la oscuridad, no solo física, sino documental. No fue hasta el año 2002 cuando una intervención de urgencia sacó a la luz la verdadera magnitud de lo que allí se escondía. Lo que el equipo de restauración encontró bajo capas de hollín y grasa no era solo pintura, sino el testamento pictórico de un genio en el ocaso de su vida.

Una joya sepultada por la historia y el humo
La historia del camarín de Santa María del Mar es una crónica de supervivencia. Durante la Guerra Civil, el templo sufrió la violencia iconoclasta que asoló gran parte del patrimonio valenciano y que afectó a numerosas iglesias de la ciudad. La capilla fue quemada de forma brutal, pero el destino le reservó un uso aún más prosaico y dañino: se convirtió en la cocina improvisada para los combatientes y locales durante los años del conflicto.
El tamaño del camarín resultaba ideal para instalar fogones. Allí, bajo la mirada de los profetas y las escenas de la Pasión de Cristo, se cocinaron guisos y paellas día tras día. Las consecuencias para el fresco fueron devastadoras. Los vapores de cocción, la grasa en suspensión y el humo constante generaron una pátina negra absoluta que ocultó por completo la autoría de las pinturas. Los daños eran muy graves.

Cuando los restauradores accedieron al recinto en 2002, el panorama era desolador: la superficie presentaba grandes ampollas, desprendimientos masivos de las placas del fresco y una acumulación de suciedad que hacía imposible distinguir las figuras. Se llegaron a contabilizar hasta 100 ampollas de gran volumen por cada metro cuadrado, un síntoma inequívoco de que la pintura se estaba «separando» literalmente del muro.
José Vergara: El genio que rozó a Goya
La gran revelación de la restauración fue la confirmación de la autoría. Se trata de una obra de José Vergara Gimeno (1726-1799), una de las figuras centrales del XVIII valenciano y cofundador de la Academia de San Carlos, junto con su hermano Ignacio Vergara, el gran escultor de la portada barroca del Palacio del Marqués de Dos Aguas. Se estima que estos frescos pertenecen a la etapa final de su vida, dada la extraordinaria calidad pictórica y la madurez en el trazo.
La iconografía desplegada es un diálogo complejo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, con la Pasión de Cristo como eje central. En un espacio de dimensiones reducidas —aprox. 6,10 metros de longitud por 5,5 de ancho—, Vergara logró crear una atmósfera de trascendencia que hoy, tras la limpieza, recupera su luz original. La superficie total pintada ronda los 56 metros cuadrados, coronada por una cúpula cuya arquitectura juega con las proporciones para elevar la mirada del fiel.
Lo más fascinante es la conexión con Francisco de Goya. El genio aragonés visitaba Valencia con frecuencia debido a los problemas respiratorios y de asma que padecía su mujer. No es descabellado pensar —y así lo defienden algunos expertos— que Goya y Vergara coincidieron bajo esta misma cúpula.
De hecho, algunas imágenes del camarín poseen una fuerza tan «goyesca» que han llegado a confundir a historiadores del arte contemporáneos, como el profesor Rafael Gil, quien al ver una fotografía de las pinturas restauradas sin conocer su origen, exclamó: «¡Goyesca!».
El desafío técnico: Salvar el «colador» pictórico
La intervención liderada por la Doctora María Gómez Rodrigo y un equipo de expertos compuesto por Andrés Ballesteros, Alicia Hernández Andrada y Óscar Benavent, fue una carrera de obstáculos técnicos. El primer problema era la gravedad. No había por dónde cogerlo. Al intentar consolidar los estratos que se caían, la incorporación de colas y adhesivos añadía peso a la pintura, aumentando el riesgo de desprendimiento.
Para frenar esta caída, se utilizó una técnica ingeniosa: se protegió la superficie con una gamuza muy fina de seda, que no rompiera, y que sostuviera la pintura sin dañarla mientras se trabajaba en la parte posterior.
El mayor reto, sin embargo, fue el adhesivo. La película pictórica, el estrato pictórico, actuaba como un «colador», filtrando los pegamentos convencionales y haciendo que se perdieran sin fijar la película pictórica. Los restauradores tuvieron que formular un adhesivo espesante especial, tras múltiples pruebas, para garantizar que el estrato se pegara correctamente al muro sin filtrarse.
La fase de limpieza fue igualmente delicada. Se utilizaron «papetas» de metilcelulosa combinadas con disolventes, que mantenían la humedad justa sobre la zona carbonizada para reblandecer la grasa y el hollín sin afectar al pigmento original. El resultado fue el renacimiento de los colores originales de Vergara, que se conservaban casi intactos bajo la costra de suciedad.
Una restauración honesta y visible
Fieles a los criterios modernos de restauración, el equipo decidió que las partes donde la pintura se había perdido definitivamente —las llamadas lagunas— no debían ser «falsificadas». Para rellenarlas, se utilizó un estuco de cal y arena de río, respetando la granulometría y textura original de la obra de Vergara.
La Doctora María Gómez realizó la reintegración cromática, de forma visible, mediante la técnica del tratteggio (o rigatino): finas líneas verticales de unos 4 milímetros de grosor realizadas a mano alzada. Estas líneas son perfectamente visibles de cerca, cumpliendo con el principio de reversibilidad y diferenciación, pero desde el suelo de la capilla se funden ópticamente con el original, permitiendo una lectura completa de la escena sin interrupciones visuales bruscas.
El peligro del olvido
A pesar de la magnitud de la obra y del éxito de su restauración, el camarín de Santa María del Mar corre el riesgo de volver a caer en el olvido. Al ser un espacio de difícil acceso y no estar plenamente integrado en los circuitos turísticos masivos, sigue siendo un tesoro oculto.
La advertencia de los expertos es clara: si no se pone en valor, si la puerta se cierra, este esfuerzo técnico y artístico habrá sido en vano. Además, el templo aún guarda misterios; se sospecha que bajo el luneto del presbiterio podrían esconderse más pinturas, quizás de la mano de otro grande como Vicente López.

Valencia tiene en el Grau una obra maestra que compite en calidad con las grandes cúpulas de la ciudad. Es hora de que Santa María del Mar deje de ser solo una parroquia marinera para ser reconocida como el lugar donde José Vergara y, quizá, la sombra de Francisco Goya, dejaron su huella eterna.




















