Madrid, 12 de agosto de 2026. Cada 12 de agosto, la celebración del Día Internacional de la Juventud nos invita a reflexionar y mirar de frente la realidad de las nuevas generaciones. Sin embargo, la efeméride también plantea una pregunta indispensable: ¿de qué juventud hablamos cuando hablamos de juventud? Bajo una misma franja de edad conviven experiencias profundamente diversas, moldeadas por factores como la orientación sexual, la identidad de género, el entorno socioeconómico o el lugar de residencia. Ignorar esta diversidad invisibiliza a quienes afrontan mayores desigualdades y, por tanto, dificulta el desarrollo de respuestas y políticas públicas realmente eficaces.
Para aportar luz sobre este panorama, Fad Juventud ha publicado el informe «Las relaciones en el colectivo LGTBIQ+. Una mirada a los vínculos sexoafectivos de la juventud LGTBIQ+ desde el Barómetro Juventud y Género 2025», elaborado por su Centro Reina Sofía. El estudio analiza en detalle cómo influyen la orientación sexual y la identidad de género en la forma en que los jóvenes construyen y experimentan sus relaciones amorosas. Los resultados muestran una clara tendencia: la juventud LGTBIQ+ apuesta con fuerza por vínculos más igualitarios y rechaza las conductas de control en la pareja, aunque, paradójicamente, la violencia sigue estando trágicamente presente.
Desmontando los mitos del amor romántico
Una de las principales conclusiones del estudio es el distanciamiento de las personas jóvenes LGTBIQ+ respecto a los modelos y estructuras de pareja tradicionales. El colectivo cuestiona con mayor frecuencia los mitos del amor romántico y sitúa en el centro de sus relaciones valores como la comunicación, la igualdad y el respeto por la autonomía personal.
Esta visión se traduce en datos muy concretos: solo el 35,5% de la juventud LGTBIQ+ considera muy o bastante importante tener pareja, una cifra considerablemente inferior al 52,2% registrado entre la juventud cisheterosexual.
No obstante, el informe advierte que no existe una única forma de entender las relaciones dentro del propio colectivo LGTBIQ+:
- Personas homosexuales: Casi una de cada cuatro (22,8%) considera que tener pareja tiene poca o ninguna importancia en su vida.
- Personas bisexuales: Más de la mitad (52,9%) sitúa la importancia de tener pareja en una posición intermedia, mientras que solo un 10% considera que no tiene importancia.
El peso de la presión social y el estándar estético
El entorno social ejerce una fuerza condicionante innegable en la juventud. Prácticamente la totalidad de las personas jóvenes LGTBIQ+ (99,1%) afirma haber sentido algún tipo de presión social a lo largo de su vida, una cifra que, aunque también es extremadamente alta entre la juventud cishetero, desciende en este último grupo al 92,3%.
Sin embargo, el origen de estas presiones difiere según la identidad: mientras la juventud cisheterosexual declara sentirse más presionada para tener una pareja estable, ligar mucho o tomar la iniciativa, las personas LGTBIQ+ sufren una mayor presión por cumplir con los estándares de atractivo físico (40,6% frente al 32% del grupo cishetero).
Al desglosar los datos por género y orientación sexual dentro del colectivo, se observan dinámicas muy específicas:
- Mujeres homosexuales: Son las que más presión sienten por resultar físicamente atractivas (47,5%, frente al 42,7% de las mujeres bisexuales y el 40,1% de las heterosexuales). Además, son las que más presión experimentan por «ser buenas practicando sexo» (23,2%) y las que menos sufren por la necesidad de tener una pareja estable (solo el 2,7%).
- Hombres bisexuales: Destacan como el grupo que menos presión siente en cuanto a ser buenos en el sexo (7,6%).
- Mujeres bisexuales: Son las que menos presión viven para llevar la iniciativa a la hora de ligar (5,2%).
La paradoja de la violencia en la pareja
A pesar de tener una visión mucho más fundamentada en la igualdad y la autonomía, los jóvenes LGTBIQ+ no están protegidos frente a la violencia en la pareja. El porcentaje de personas que afirma no haber sufrido nunca violencia en sus relaciones es casi idéntico en ambos grupos (en torno al 29%). La divergencia fundamental radica en la intensidad y la multiplicidad de las formas en que se manifiesta la violencia cuando aparece.
De hecho, casi tres de cada diez jóvenes LGTBIQ+ (29,2%) declaran haber experimentado entre cuatro y nueve formas distintas de violencia en sus relaciones. Las conductas de control de carácter psicológico y digital son notablemente superiores entre la juventud LGTBIQ+ en comparación con la cisheterosexual:
- Enfados por no responder al móvil inmediatamente: Sufrido por el 32,5% de jóvenes LGTBIQ+ frente al 20,3% de jóvenes cishetero.
- Insultos o humillaciones: Experimentados por el 23,2% del colectivo frente al 14,7% de la juventud cishetero.
- Limitación de la relación con amistades (aislamiento): Afecta al 22,1% de personas LGTBIQ+ en comparación con el 14,8% de la juventud cisheterosexual.
- Coerción sexual: El 19,4% de los jóvenes LGTBIQ+ afirma haber sido forzado a tener una relación sexual cuando no quería, frente al 11,4% en el entorno cishetero.
El foco rojo: Las mujeres bisexuales
El informe revela una preocupante vulnerabilidad concentrada en las personas bisexuales. Aunque presentan una visión menos tradicional de la pareja, son quienes sufren con mayor intensidad la violencia: el 34,9% de las personas bisexuales afirma haber sufrido entre cuatro y nueve formas distintas de violencia, en comparación con el 21,5% de las heterosexuales y el 17,4% de las homosexuales. Esta problemática se agrava exponencialmente entre las chicas bisexuales, donde únicamente el 24,3% declara no haber sufrido nunca violencia por parte de sus parejas.
Hacia una prevención que atienda la diversidad
Como conclusión, en un escenario social complejo marcado por el aumento de la polarización y de discursos que cuestionan los derechos LGTBIQ+, Fad Juventud insiste en la necesidad imperiosa de continuar investigando de forma fragmentada las realidades juveniles. Beatriz Martín Padura recuerda que solo comprendiendo esta diversidad se podrán diseñar estrategias de prevención y recursos educativos que respondan a las vivencias concretas de los jóvenes. Porque reconocer la diversidad no es solo una cuestión de representación: es una condición indispensable para garantizar que toda la juventud pueda disfrutar de relaciones libres, igualitarias y seguras.














