Valencia sigue siendo tierra de paella, sol… y escaleras. Diez meses después del paso devastador de la DANA, casi mil comunidades siguen sin ascensor. Entre la falta de mano de obra especializada, piezas que hay que tallar como si fueran esculturas romanas y presupuestos que enfrentan a vecinos como si esto fuera un episodio de ‘Aquí no hay quien viva’, la situación parece más comedia que tragedia, aunque para los vecinos mayores, esto es una gymkana sin final.
A falta de ascensores, buenos son los gemelos marcados. Eso deben pensar los miles de valencianos que llevan diez meses subiendo escaleras como si vivieran en un centro de entrenamiento militar. Todo comenzó con la DANA, esa señora poco amable que arrasó medio litoral, dejó calles convertidas en ríos, coches en acuarios y ascensores… en piezas de museo.
Hoy, casi mil edificios siguen esperando que les devuelvan ese invento mágico llamado elevador, mientras sus habitantes maldicen cada peldaño como si fueran parte de una penitencia medieval.
La DANA —no confundir con la tía de Murcia que viene en agosto— inundó la vida, los bajos comerciales y los cuartos de ascensor. Se calcula que 7.500 ascensores quedaron hechos trizas. En condiciones normales, se instalan unos 1.500 al año. Pero claro, cuando te caen 7.500 de golpe, ni el mejor taller de ascensores con superpoderes puede cumplir.
Hoy, casi mil siguen esperando reparación o sustitución. Y esto no es una broma: hay edificios en los que la subida a casa parece más un trekking por el Himalaya que un paseo doméstico.
La Conselleria de Industria, con ese entusiasmo propio de quien quiere aparentar eficiencia, prometió un plan exprés de formación para nuevos técnicos de ascensores. Pero como buena promesa institucional, arrancó meses después, justo cuando los afectados ya sabían qué vecinos llevaban calzoncillos de Batman y quién roncaba en la tercera planta, porque subir escaleras une mucho.
Este curso exprés buscaba convertir a mecánicos o electrónicos desempleados en mecánicos de ascensores homologados. El problema: si empiezas en julio, y hay que reparar mil ascensores… la cuenta no sale ni con calculadora científica.
“No es un problema de dinero, sino de mano de obra especializada”, dice Sebastián Cucala, presidente del Colegio de Administradores de Fincas de Valencia y Castellón, mientras probablemente mira de reojo una escalera sin ascensor. Porque dinero hay (o al menos créditos e indemnizaciones que algún día llegarán), pero lo que escasea son técnicos cualificados.
Entre el retraso del programa de formación y la escasez de trabajadores que no huyan al escuchar la palabra “motor hidráulico”, las comunidades están en un limbo ascensoril, donde se sube y se baja a pulmón.
A eso súmale que muchas veces, los ascensores no pueden repararse y hay que cambiarlos enteritos. Eso implica presupuestos de cinco cifras que provocan más discusiones que una junta del Bernabéu.
“Que si ese modelo es muy caro”, “que si yo no uso el ascensor porque vivo en el primero”, “que si tú tienes perro y siempre sube en ascensor mojado”… Las comunidades se convierten en arenas de gladiadores presupuestarios, donde el verdadero coliseo es el chat de WhatsApp del edificio.
Y como guinda, muchas piezas son fabricadas a medida, porque claro, los ascensores de los 70 no se arreglan con piezas del Ikea.
Dentro del desastre, al menos hubo algo de criterio. Se identificaron 311 edificios con personas con movilidad reducida, y se les dio prioridad para arreglar los ascensores. A día de hoy, se está trabajando en 189 de ellos.
Pero claro, eso deja a cientos de edificios “no prioritarios” como los eternos olvidados del sistema. Es decir, si eres joven, fuerte y sano, te toca hacer piernas. Y si no… también.
Gracias al Real Decreto 7/2024, que aplaza la aplicación de normativas técnicas hasta 2026, se han podido redirigir más de 1.000 horas de trabajo a arreglar ascensores. Lo cual suena bien, hasta que recuerdas que eso equivale más o menos a arreglar uno o dos ascensores, no mil.
Es como intentar vaciar una piscina con un cucharón de sopa. Pero bueno, se agradece el esfuerzo. Lento, pero esfuerzo al fin y al cabo.
Y aunque todo esto tiene su lado cómico, no lo es para quienes lo sufren. Gente mayor que no puede salir de casa, padres con bebés que cargan carros y bolsas escaleras arriba, personas en silla de ruedas que han quedado encerradas en sus pisos…
La falta de ascensor es más que una incomodidad: es una barrera invisible que margina a miles de personas. Y lo peor es que no hay fecha clara de solución. El Consorcio de Compensación de Seguros aún no ha terminado de pagar indemnizaciones, y muchas comunidades no pueden acometer las obras sin ese dinero.
La ironía es perversa: mientras esperamos que se arreglen los ascensores dañados por la DANA, ya se habla de la posibilidad de nuevas DANAs este otoño. Y eso hace que el miedo a una segunda temporada del drama aumente.
¿Imagináis que, justo cuando arreglan el ascensor, otra tormenta lo vuelve a dejar como un cubo oxidado?
Valencia se enfrenta no solo al cambio climático, sino también a la burocracia climática, donde todo se decide tarde y mal, y la única certeza es que el ascensor no baja… ni sube.