La asamblea de compromisarios tumba con una mayoría aplastante la propuesta de eliminar la distinción de género para el máximo cargo representativo de las fiestas josefinas.
VALENCIA – Las Fallas de Valencia, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, han vivido uno de sus debates identitarios más intensos de la última década. El Congreso Fallero, el órgano soberano donde se deciden las reglas que rigen la fiesta, ha resuelto una de las cuestiones más polémicas de la reforma del Reglamento: la posibilidad de que un hombre pueda acceder al cargo de Fallera Mayor. El veredicto ha sido incontestable. Una mayoría abrumadora de los representantes de las comisiones ha votado en contra de la propuesta, cerrando así la puerta a la creación de la figura del «Fallero Mayor».
El origen de la discordia
La propuesta no era una ocurrencia aislada, sino una iniciativa de calado político y social. Partió de José Martínez Tormo, quien fuera secretario general de la Junta Central Fallera (JCF) bajo la presidencia de Carlos Enrique Galiana y actual asesor del grupo municipal Compromís. Martínez Tormo, conocedor profundo de los entresijos de la fiesta, defendía que la normativa fallera debía evolucionar en paralelo a la sociedad civil y a la legislación vigente en materia de igualdad de género.
Su planteamiento buscaba modificar el redactado de los estatutos para que el cargo de máximo representante de una comisión —y, por extensión, de la ciudad— no estuviera restringido por el sexo de la persona. En esencia, se pretendía que, si un hombre así lo deseaba y su comisión lo aprobaba, pudiera ostentar los mismos honores, bandas y representación que hasta ahora han sido exclusivos de las mujeres.
Una votación que refleja el sentir de las bases
A pesar de la vocación modernizadora de la propuesta, el resultado en el Congreso fue un choque de realidad para los sectores más progresistas. La votación no dejó lugar a dudas. Los compromisarios, que actúan como portavoces de las más de 380 fallas de Valencia, expresaron un rechazo que muchos califican de «defensa a ultranza de la tradición».
Para muchos de los presentes, la figura de la Fallera Mayor no es un cargo administrativo, sino un icono cultural y estético cuya esencia está intrínsecamente ligada a la figura de la mujer valenciana. «No se trata de discriminación, sino de preservar la naturaleza de nuestra fiesta», explicaba uno de los congresistas al finalizar la sesión. Según los sectores más conservadores, el hombre ya tiene su espacio de representación en la presidencia, un cargo que, aunque es ejecutivo, también conlleva una alta carga protocolaria.
El debate de la igualdad frente al rito
La noticia ha reabierto un debate que trasciende los casales. Por un lado, los defensores de la propuesta argumentan que las Fallas, como entidad que recibe subvenciones públicas y ocupa el espacio común, no pueden mantener estructuras que segreguen por género. Apuntan que la evolución es necesaria para que las nuevas generaciones, con una sensibilidad distinta hacia la identidad de género, sigan sintiéndose integradas en la fiesta.
Por otro lado, el bloque mayoritario sostiene que la «igualdad total» en este ámbito supondría desvirtuar el ritual fallero. Argumentan que las fiestas populares se basan en roles históricos y que la figura de la Fallera Mayor es el eje central de la indumentaria, la poesía y el protocolo de las Fallas. Alterar esto, según los detractores de la medida, sería el primer paso para una desnaturalización de la fiesta que acabaría con su atractivo y su sentido histórico.
Mientras unos hablan políticamente de que es una censura al mundo masculino, y que han de evolucionar las fallas, los mismos que acusan a la Ofrena de Flors a la Mare de Deu dels Desamparats de ser franquista y acusan a las comisiones de tener a una mujer florero como Fallera Major, otros se defienden y recuerdan el peso de la igualdad en las fiestas que representan las mujeres Falleras Mayores y presidentas infantiles y cómo la mujer está plenamente integrada en la fiesta fallera.
El trasfondo político
El rechazo a la propuesta de Martínez Tormo también tiene una lectura política evidente. Durante los años de gobierno de la coalición Compromís y el PSPV, la Junta Central Fallera impulsó cambios significativos en materia de inclusión y lenguaje. Sin embargo, este revés en el Congreso demuestra que el «mundo de la fiesta» mantiene una autonomía ideológica que a menudo choca con las agendas de los partidos políticos.
Para Compromís, esta era una oportunidad de situar a las Fallas a la vanguardia de la diversidad. Para los sectores vinculados a la actual administración y los defensores del statu quo, ha sido una victoria del «sentido común fallero» frente a lo que consideran «experimentos de ingeniería social» ajenos a la tradición de los barrios.
Un futuro de tensiones latentes
Aunque el reglamento ha quedado sellado y la posibilidad de ver a un hombre con la banda de máximo representante se ha desvanecido a corto plazo, el conflicto no ha terminado. Expertos en derecho y sociología apuntan a que este tipo de restricciones podrían acabar en los tribunales si algún fallero decide impugnar los estatutos basándose en la Constitución Española, que prohíbe la discriminación por razón de sexo.
De momento, Valencia ya sabe que en las próximas fiestas la estructura se mantendrá intacta: habrá presidentes y presidentas, pero la máxima representación de la belleza y la tradición seguirá recayendo, por ley interna, exclusivamente en las mujeres.
No será la única tensión futura, ya que en sus primeras jornadas, en Congreso Fallero dejó abierta la utilización de les Normes d’El Puig por las comisiones fallera, ya que cada vez son más las comisiones falleras que usan la Lengua Valenciana y desechan al catalán inventado por la AVL. Un espaldarazo a la RACV y contra la AVL que no ha gustado nada en Compromís y los sectores más catalanistas de la fiesta fallera. Esos mismos que quieren obligar a que la fiesta cambie a su antojo bajo su imposición continua y permanente.
Conclusión del Congreso
El Congreso Fallero ha enviado un mensaje claro: la fiesta es soberana y su evolución seguirá el ritmo que marquen los falleros de base, no las oficinas de los asesores políticos. La «mayoría aplastante» no solo ha rechazado al «Fallero Mayor», sino que ha reafirmado el modelo actual como la columna vertebral de la identidad valenciana.
La pregunta que queda en el aire para el próximo ejercicio es si esta decisión ayudará a cohesionar al colectivo o si, por el contrario, creará una fractura con aquellos sectores que ven en la tradición un muro infranqueable para la igualdad real.
















