Universitat Popular de Valencia: crisis y falta de docentes
Bajo la luz mediterránea que inunda los ventanales de los centros cívicos de Valencia, el rumor de las clases solía ser la banda sonora de la convivencia en los barrios, els batecs de barri.
En el Cabanyal, en Benimaclet, Ayora o en las pedanías de la huerta, la Universitat Popular (UP) no ha sido sólo una escuela de adultos; ha sido, durante más de un siglo, el hogar de quienes buscaban una segunda oportunidad o, simplemente, un refugio contra la soledad. Sin embargo, durante este otoño y el invierno, ese murmullo se ha tornado en un silencio preocupante en demasiadas aulas del Cap i Casal.
La Universitat Popular de València, nacida en 1903 bajo el impulso del espíritu reformista de la época y la sombra de figuras como el escritor Vicente Blasco Ibáñez, encara hoy una crisis de gestión que amenaza con resquebrajar su esencia misma. Lo que comenzó como un proyecto para alfabetizar y empoderar a las clases trabajadoras se ha convertido en una red de treinta centros que vertebran la ciudad, pero que hoy operan bajo la sombra de la inestabilidad. Los usuarios, el corazón latente de esta institución, han pasado de la ilusión por el nuevo curso a una indignación que ya desborda los tablones de anuncios y se manifiesta con crudeza en las redes sociales.
Aulas en espera y pupitres vacíos
El desencanto es tangible. Las quejas se repiten con una cadencia amarga: cursos que se anuncian pero no comienzan, talleres y una parálisis en la contratación de profesorado que parece no tener fin.
Algunos de los alumnos de la UP han mostrado en RRSS (Facebook) su malestar por las «malas experiencias» en centros donde no se cubren las bajas, ante una oferta que, en ocasiones, parece más un catálogo de intenciones que una realidad tangible.
El problema no es solo la falta de actividad, sino la gestión de las expectativas y de los recursos de los ciudadanos. En Sant Isidre, la situación roza lo kafkiano. Una vecina del distrito denuncia una espera que se prolonga desde octubre de 2025. «Devolved el dinero de cursos que ni siquiera se empezaron por falta de profesor», clama la usuaria, refiriéndose específicamente a las clases de yoga que nunca llegaron a ver la luz. Es un eco que resuena en otros puntos de la ciudad del Turia, donde el malestar por la «desastre de organización» empieza a hacer mella en la confianza hacia una de las instituciones más queridas por los valencianos.

El peso de la burocracia sobre el patrimonio social
Fuentes conocedoras de la situación administrativa apuntan a una tormenta perfecta de factores. La inestabilidad en la dirección política de la institución en los últimos tiempos, sumada a los complejos procesos de la administración local para activar las bolsas de empleo de profesores, ha creado un cuello de botella que asfixia la programación. Mientras miles de valencianos aguardan en listas de espera eternas, las plazas vacantes no se están cubriendo, dejando a grupos de jubilados y jóvenes sin la formación que ya han abonado.
Algunas de las alumnas afectadas, lo expresa con una ironía teñida de resignación: «Sí, se ofrece, pero sin profesores». Esta desconexión entre la oferta oficial y la capacidad real de ejecución es lo que más duele en los barrios. No se trata solo de aprender cerámica, informática o idiomas; se trata de la ruptura de un pacto social. Para un jubilado de Malilla o una ama de casa de la Saïdia, la clase de la UP es el eje de su semana, el momento de encuentro con sus iguales. Cuando el profesor no llega y la administración calla, el daño es, ante todo, emocional y comunitario.
Un futuro por asegurar
Desde la perspectiva institucional, el discurso suele ser de cautela y rigor administrativo. Se alegan procesos de fiscalización necesarios y la complejidad de las nuevas normativas laborales para justificar los retrasos en las sustituciones. No obstante, para el ciudadano de a pie, que observa cómo pasa el tiempo sobre los monumentos de su ciudad mientras su aula sigue cerrada, estas explicaciones resultan insuficientes y suenan a excusa para tapar una mala organización. La Universitat Popular es patrimonio vivo de Valencia, un bien intangible que no puede medirse solo en términos presupuestarios o de eficiencia burocrática.
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La historia nos enseña que la UP supo sobrevivir a tiempos mucho más oscuros, manteniendo encendida la llama del saber popular. Hoy, el reto es distinto pero no menos crítico: salvar a la institución de la desafección. Valencia necesita que sus centros vuelvan a llenarse de ese rumor fértil de aprendizaje. Urge que la bolsa de profesorado se mueva con la agilidad que requiere una ciudad moderna y que la organización interna recupere la solvencia que la hizo referente nacional.
Al final del día, cuando el sol se oculta tras el Portal de Quart y las luces de los centros cívicos se apagan, queda la esperanza de que esta parálisis sea solo un bache en la centenaria trayectoria de la Universitat Popular. El Cap i Casal no puede permitirse el lujo de dejar que su proyecto educativo más democrático se marchite por falta de gestión. Los barrios han hablado y su mensaje es claro: la educación popular no puede esperar a que los papeles encuentren su camino en los despachos.


















