Durante demasiado tiempo, el debate sobre la profesión médica se ha centrado casi exclusivamente en cifras, agendas y estructuras. Sin embargo, en paralelo y a menudo sin demasiado ruido, ha ido ganando peso una cuestión esencial: el bienestar del médico como condición imprescindible para una sanidad de calidad. Defender la profesión hoy no es solo una cuestión corporativa. Es, sobre todo, una responsabilidad ética.
En los últimos años, el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Valencia ha tenido que desenvolverse en un contexto especialmente exigente para los profesionales. La sobrecarga asistencial, el desgaste emocional, la inseguridad jurídica y una sensación creciente de falta de reconocimiento han marcado el día a día de muchos médicos. En ese escenario, la función colegial no podía limitarse a la gestión administrativa. Era necesario asumir un papel activo en la defensa profesional en su sentido más amplio.
Desde esta perspectiva, la etapa encabezada por Mercedes Hurtado Sarrió y su equipo ha contribuido a situar el bienestar médico en el centro de la acción colegial. No como un eslogan, sino como una línea de trabajo concreta. Hablar de bienestar no significa hablar únicamente de salud mental, aunque esta sea fundamental. Significa también abordar la seguridad jurídica, el acompañamiento profesional, la conciliación y la dignidad del ejercicio médico.
Uno de los avances más significativos de estos años ha sido reforzar la idea de que el Colegio debe ser un espacio de protección para el médico. Protección frente a la judicialización excesiva del acto médico, frente a la indefensión en situaciones de conflicto y frente al aislamiento profesional que muchos facultativos experimentan. Mejorar los servicios jurídicos, ofrecer una atención más cercana y acompañar al profesional en los momentos más delicados no es un complemento accesorio. Forma parte del núcleo de la función colegial.
Paralelamente, se ha ido consolidando una visión más moderna de la defensa profesional, que incorpora la prevención del desgaste, una formación más alineada con la realidad asistencial y la creación de espacios donde el médico pueda sentirse escuchado. En un sistema que exige cada vez más, reconocer los límites humanos del profesional no es una muestra de debilidad. Es una forma responsable de gestión.
La incorporación de nuevas personas al proyecto colegial refuerza esta línea de trabajo. No se trata solo de sumar nombres, sino de integrar sensibilidades y experiencias diversas, muchas de ellas directamente conectadas con los problemas cotidianos del ejercicio médico. El bienestar profesional no puede abordarse desde la distancia ni desde fórmulas paternalistas, sino desde la cercanía y el conocimiento real de la profesión.
La defensa profesional activa requiere instituciones sólidas, pero también empáticas. Colegios capaces de alzar la voz cuando es necesario y de acompañar en silencio cuando la situación lo requiere. En ese equilibrio se juega buena parte del futuro de la profesión médica.
Hoy, más que nunca, cuidar a quien cuida no es una consigna bienintencionada. Es una estrategia imprescindible para sostener el sistema sanitario y dignificar una profesión que, pese a las dificultades, sigue demostrando un compromiso ejemplar. Ese debería ser el horizonte de cualquier proyecto colegial con verdadera vocación de futuro.
















