Como muchos críos de mi generación, y también de la siguiente, fui un apasionado de los dinosaurios. Cuando el Museo de Paleontología estaba aún instalado en la planta baja del edificio del Ayuntamiento, con su imponente megaterio que aún cala en mi memoria como en la de tantos valencianos de mi quinta, raro era el mes que no lo visitaba, de la mano de mi abuelo Pepe. De ahí a los libros de consulta iba un paso y descubrí, para mi sorpresa, que aquella ciencia que tanto me gustaba no solo era relativamente reciente sino que ciertos descubrimientos
rompían completamente el criterio establecido previamente.
Una de las sorpresas que me llevé fue comprobar que cierto dinosaurio llamado Iguanadón (“diente de iguana”), había sido históricamente representado con una especie de cuerno en el hocico (precisamente como las iguanas), hasta que, en una mina de Bélgica, se encontraron esqueletos completos que confirmaron que ese espolón, en realidad, correspondía con uno de los pulgares. Durante más de medio siglo, el “consenso científico universal” dio por válido que el Iguanadón tenía un cuerno y no un espolón en el dedo.
Algo así ha ocurrido, más recientemente, con el resto de las especie de dinosauros que han pasado de ser considerados simples reptiles primitivos a híbridos entre reptiles, anfibios y aves, por lo que incluso algunas especies icónicas (como el Tiranosaurio Rex o el Velociraptor, ampliamente expuestos al gran público gracias al cine), han comenzado a ser representados con más alas que escamas. Desde el inicio de la paleotología, el “consenso científico universal” representó y dio nombre a los dinosaurios (“lagartos terribles” según la etimología), como grandes lagartos, y no se les ocurría emparentarlos con las aves hasta finales del siglo XX.
El “consenso científico – universitario universal”, que se suele emplear como mantra para determinadas ideologías, no es ni mucho menos estable ni tampoco certero. La “ciencia” y la “creencia” ha considerado teorías dominantes a auténticas barbaridades a lo largo de los siglos, como que el universo giraba alrededor de la Tierra, el equilibro de los humores en el cuerpo humano, el flogisto en los cuerpos que ardían, el éter en el vacío espacial o el misma de los malos aires, por no hablar de la frenología, idea ampliamente defendida por los nacionalismos supremacistas del siglo XIX y XX.
Con las lenguas pasa exactamente lo mismo: la filología y la lingüística avanzan, evolucionan y los “consensos universitarios mundiales” son hoy y ahora, y no significa que vaya a ser así para siempre. Las cátedras y los estudios sobre la lengua valenciana han sido fagocitados por la influencia de la lengua catalana no porque se hayan descubierto fósiles con plumas, sino porque la política ha convertido la “unidad de la lengua (catalana)” en la nueva frenología: una teoría abyecta y a todas luces interesada, que hoy se mantiene gracias a intereses económicos y personales, y no por ciencia o por conocimiento. Y, peor aún, cualquiera que disiente de ese
falso “consenso mundial” es calificado de terraplanista o de negacionista.
En 1633, mucho después del Siglo de Oro de la literatura valenciana, cuando todos sus autores tenían claro (y así lo reflejaban en sus obras), que escribían en lengua valenciana, un sabio llamado Galileo Galilei fue obligado a retractarse públicamente de su teoría heliocéntrica, contrario a la doctrina de la época (marcada por la Iglesia). De rodillas ante el tribunal del Santo Oficio tuvo que abjurar de sus creencias y aceptar algo en lo que no creía; cuenta la leyenda que se levantó y, en un susurro, dejó una frase para la historia “Eppur si muove” (“y, sin embargo, se mueve”), desafiando ese “consenso” que le obligaba a arrodillarse o ser llevado a la hoguera.
A día de hoy, el valenciano y aquellos que lo defendemos (en valenciano, en castellano o en inglés, como es el caso de mi admirado Dr. Vicente Iranzo), nos encontramos de rodillas ante el “consenso universitario mundial”, con esa espada de Damocles del ostracismo, del señalamiento y de ser visto como un paria, un ignorante o un terraplanista.
Sabemos que el “consenso universitario mundial” se limita a un puñado de frikis en redes sociales y a mentiras repetidas mil veces, y que la universidad y la ciencia están “a otras cosas”, pero seguimos confiando en que, con el tiempo, la frenología catalanista (consensuada, curiosamente, a través de un miembro de la Sociedad Eugenésica Catalana, sin conocimientos ni formación filológica, y que creía firmemente en la frenología y la superioridad de la “raza catalana”), quedará relegada al terreno del bulo, de la patraña y de la teoría superada, y se volverá al debate constructivo y la investigación amplia y no condicionada.
Hasta entonces solo puedo decirles que “Y, sin embargo, se mueve”. El valenciano, por supuesto.
José Vilaseca
















