Vicente Martínez marco siempre lucía una sonrisa impecable. Nunca le vi hacer un desaire o estar de mal humor. Recuerdo perfectamente el día que lo conocí en el mostrador de unión valenciana en el primer piso de avenida Giorgeta 16. Le pregunté por su oficio y me contó que era empresario y tenía una fabrica de macetas de plástico, creo que en Picanya. Se había apuntado al partido exclusivamente por ser amigo personal de Vicente González Lizondo, también empresario.
Martínez marco es un ejemplo claro de la generación de políticos improvisados que aporto el primer partido político fuerte, unos hombres con ilusiones pero que no tenían la formación valencianista que el momento requería. Por eso el Partido Popular se los merendó como unos buñuelos con chocolate.
La prensa pronto descubrió sus debilidades, gozar el erario público como si no hubiera un mañana. Eso no es culpa del hombre, sino del sistema. Por eso le apodaron «marisco» como coletilla. Siendo yo el jefe de publicaciones de la Diputación de Valencia quiso publicar las memorias de Ignacio Docavo, el director del zoo.
Cuando le pregunté a qué hora quería que pasara por su despacho me dijo que nos veríamos en una pequeña marisquería de Campanar que yo no conocía. Todas las reuniones para hablar del proyecto se hicieron en restaurantes. Vicente cerro su empresa y se dedicó a la política en exclusiva.
No había color. Las macetas de plástico desplazaron las macetas de cerámica de Manises pero luego la producción china lo arrasó todo. Cuando la persona depende de su ambiente es normal que se adapte a las novedades para seguir nadando en la piscina. Reitero que la culpa de no es de la persona, sino del sistema.
Descanse el jovial Vicente y esperemos que surjan nuevos políticos con más fuerza. Entre el carisma y el marisco hay todo un abismo existencial que Valencia necesita saltar para volver a ser ella misma.
















