VALENCIA – 26 de marzo de 2026
Las Fallas de 2026 han bajado el telón dejando un sabor agridulce en la capital del Turia. Mientras que los servicios municipales y la planificación de los actos oficiales rozan el notable, el conflicto de convivencia entre la fiesta y la vida cotidiana de los residentes no falleros parece haber alcanzado un punto de ebullición. Así lo refleja el reciente sondeo de valoración realizado por la Asociación de Consumidores AVACU, presentado este miércoles, que analiza las percepciones de los ciudadanos tras la semana grande valenciana.
La eficiencia organizativa: el gran activo
El informe destaca que los aspectos más valorados por los consumidores se mantienen estables respecto al ejercicio anterior, consolidando un modelo de gestión que funciona. Por orden de relevancia, los encuestados han aplaudido el cumplimiento de los horarios de la cremà, los castillos de fuegos artificiales y las actividades oficiales. Este rigor horario, que hace años era una asignatura pendiente, se ha convertido hoy en el pilar de la satisfacción ciudadana.
Junto a la puntualidad, el servicio de limpieza post-evento repite como uno de los puntos fuertes. La capacidad de la ciudad para recuperar la normalidad higiénica tras actos multitudinarios, sumada a un incremento percibido en la seguridad ciudadana y la instalación de más aseos públicos y contenedores, dibuja una Valencia que sabe gestionar las masas desde el punto de vista logístico.
El «secuestro» de las calles: la principal queja
Sin embargo, no todo es pólvora y aplausos. La cruz de la moneda este 2026 viene marcada por una queja que ha crecido exponencialmente: la ocupación del espacio público por las carpas de las comisiones falleras. Con una diferencia abrumadora sobre otros problemas, los ciudadanos denuncian que el corte de calles se produce con demasiada antelación y en un número de vías que consideran excesivo.
«No se puede paralizar una ciudad 20 días», lamenta uno de los usuarios en el sondeo. Esta frase resume el sentir de una parte de la población que siente que la organización de su vida laboral y familiar se vuelve imposible desde principios de marzo. La mala ubicación de algunos puestos de comida ambulante y monumentos que estrangulan el paso peatonal completan este cuadro de saturación urbana.
Un problema de convivencia y civismo
Más allá de la logística, el sondeo de AVACU pone el foco en la degradación del comportamiento social. La suciedad, el vandalismo y la falta de respeto por parte de una minoría de ciudadanos y turistas empañan el balance final. Los residentes critican una sensación de «todo vale» amparada en el contexto festivo, que afecta especialmente al descanso nocturno y al bienestar de las mascotas debido al descontrol en el disparo de petardos por particulares.
Los testimonios recogidos en el informe son contundentes. «Las Fallas se nos están yendo de las manos», advierte un ciudadano, mientras otro señala que la fiesta se está volviendo «hostil para los valencianos que no son falleros». Existe un temor latente entre los encuestados de que la festividad muera de éxito si no se toman medidas drásticas para frenar el incivismo y la borrachera incontrolada.
Hacia un modelo de equilibrio para 2027
Ante este escenario, la voz de los expertos llama a la reflexión. Julián Tío, director de AVACU, destaca que, aunque los aspectos positivos están «claramente asentados», el reto de cara al próximo año es innegable. «Hay que trabajar para conseguir que en 2027 la convivencia sea más sencilla, basándose en el respeto mutuo entre falleros y no falleros», ha señalado Tío.
La conclusión del informe es clara: Valencia domina la técnica de la fiesta, pero aún debe resolver la ética de la misma. El desafío para las autoridades y la Junta Central Fallera será devolver a la ciudadanía un equilibrio que permita que las Fallas sigan siendo Patrimonio de la Humanidad sin convertirse en una carga insoportable para quienes deben seguir haciendo funcionar la ciudad mientras el fuego consume los monumentos.
















