En un giro del destino que parece diseñado por un guionista obsesionado con la simetría histórica, España ha vivido hoy uno de esos días en los que el pasado y el presente colisionan sin previo aviso. Este 25 de febrero de 2026, mientras el Boletín Oficial del Estado (BOE) sancionaba la desclasificación de los documentos más sensibles del intento de golpe de Estado de 1981, se confirmaba el fallecimiento de su rostro más icónico: el exteniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero Molina, a los 93 años de edad.
La noticia de su deceso, ocurrido en su residencia de Alzira (Valencia) debido a complicaciones respiratorias propias de su avanzada edad, ha clausurado definitivamente el capítulo biográfico de la asonada militar. Sin embargo, la apertura simultánea de los «archivos secretos» garantiza que el capítulo histórico del 23-F esté más vivo que nunca.
El último estruendo del silencio
Antonio Tejero murió como vivió las últimas cuatro décadas: en un ostracismo buscado, pero cargado de simbolismo para los sectores más nostálgicos del régimen anterior. A diferencia de otros implicados como Alfonso Armada o Milans del Bosch, Tejero nunca buscó el perdón ni mostró arrepentimiento. Se mantuvo firme en una narrativa de «salvación de la patria» que hoy, con su muerte, se traslada de los juzgados a los libros de historia.
Fuentes cercanas a la familia han confirmado que el exmilitar falleció «en paz y acompañado por los suyos». No habrá honores militares, una decisión firme del Ministerio de Defensa que, amparándose en la Ley de Memoria Democrática, ha querido evitar cualquier tipo de exaltación de una figura que puso en jaque la incipiente democracia española hace ya 45 años.
La caja de Pandora de la Transición
Mientras los restos de Tejero eran trasladados al tanatorio, en la sede del Archivo Histórico Nacional se vivía una actividad frenética. La desclasificación de más de 150 expedientes, autorizada por el Consejo de Ministros tras años de batallas legales y parlamentarias, promete arrojar luz sobre las zonas de sombra que el juicio de Campamento no logró despejar en 1982.
Entre el material que ha comenzado a digitalizarse hoy destacan tres bloques fundamentales:
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Las cintas del CESID: Grabaciones de audio captadas por los servicios de inteligencia de la época que recogen conversaciones entre los capitanes generales de las distintas regiones militares durante la «noche de los transistores».
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El papel de la inteligencia extranjera: Informes que detallan cuánto sabían (o cuánto permitieron) potencias como Estados Unidos o Francia antes de que Tejero entrara en el Congreso al grito de «¡quieto todo el mundo!».
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La trama civil: Documentos que podrían poner nombres y apellidos a los empresarios y políticos que habrían financiado o dado apoyo logístico a la operación, un aspecto que siempre fue el eslabón más débil de la investigación oficial.
Reacciones en el espectro político
La coincidencia de ambos eventos ha polarizado, como era de esperar, el arco parlamentario. Desde el Palacio de la Moncloa, el portavoz del Gobierno ha calificado el día de hoy como «el fin de una era de sombras». «Hoy la democracia española demuestra su madurez: mientras enterramos al hombre que quiso amordazar al pueblo, liberamos la verdad que nos permitirá ser dueños de nuestra propia memoria», declaró ante los medios.
En la oposición, el tono ha sido dispar. Mientras algunos sectores del Partido Popular piden que la desclasificación no se utilice como «arma arrojadiza contra las instituciones del Estado», desde Vox se ha mantenido un silencio sepulcral, roto únicamente por breves comunicados de condolencias a la familia Tejero a título personal de algunos de sus diputados.
Por su parte, los historiadores advierten que no debemos esperar «una verdad absoluta» en los papeles. Según el historiador Javier Cercas, experto en la anatomía de aquel instante, «la desclasificación es un ejercicio de higiene democrática, pero la figura de Tejero, con su pistola y su tricornio, seguirá siendo el síntoma de una España que ya no existe, pero que todavía nos asusta».
El cierre de un ciclo histórico
Con la desaparición de Tejero, el 23-F deja de ser un asunto de actualidad judicial o policial para convertirse estrictamente en materia de estudio. El hombre que se convirtió en el «meme» de la involución democrática antes de que existiera el término, se lleva a la tumba muchos de los secretos que los documentos ahora liberados intentarán rescatar.
España amanece mañana sin el último de los protagonistas del golpe, pero con miles de folios sobre la mesa que deberán ser analizados por expertos para entender cómo, en una noche fría de febrero, la libertad de un país dependió del capricho de un hombre que hoy, finalmente, ha pasado a la historia.
La coincidencia de la muerte de Tejero con la apertura de los archivos ha sido calificada por la prensa internacional como el «epílogo perfecto» para la Transición española.
















