La luz recobra su templo en la Estación del Norte: el esplendor de Ribes y Grasset emerge tras los andamios
Hay lugares en Valencia que no son sólo puntos de tránsito, sino fragmentos esenciales de nuestra memoria colectiva. La Estación del Norte, ese imponente vigía de la calle Xàtiva que nos recibe con sus guirnaldas de naranjas de cerámica y sus mosaicos que rezan «buen viaje» en varios idiomas, es uno de ellos.
En los últimos tiempos, el trajín habitual de maletas y despedidas se había visto envuelto en un esqueleto de metal y lonas; una armadura necesaria para sanar las heridas del tiempo sobre el patrimonio. Hoy, por fin, la ciudad del Turia recupera la mirada limpia hacia el techo de su vestíbulo principal. Los andamios se han retirado, y con ellos, parece haberse disipado una sombra que pesaba sobre la monumentalidad de nuestra terminal.
La Estación del Norte, erigida en 1917 por el genio de Demetrio Ribes y la participación necesaria del ingeniero Enrique Grasset, ha comenzado a mostrar el resultado de una intervención que es, en realidad, una cirugía de alta precisión sobre el modernismo valenciano.

Esta primera fase de rehabilitación, que ahora llega a su fin, nos devuelve un espacio diáfano y renovado. El núcleo central de la terminal vuelve a inundarse de esa luz natural tan nuestra gracias a la restauración de la gran claraboya, un elemento que define la personalidad del edificio y que vuelve a ser el nexo de unión entre el cielo valenciano y el interior de madera y trencadís.
El fin de la amenaza silenciosa
La intervención no ha sido meramente estética. Bajo la piel de la Estación del Norte se escondía el fibrocemento, ese amianto que durante décadas fue estándar constructivo y que hoy representa un riesgo grave y silencioso para la salud. La operación más delicada de este periodo ha sido, precisamente, la retirada de este material. Se han extraído con un rigor quirúrgico 40 toneladas de fibrocemento, abarcando una superficie de más de 2.200 metros cuadrados. Para lograrlo sin poner en riesgo a los millones de pasajeros que anualmente cruzan estos umbrales, Adif ha mantenido la zona de trabajo encapsulada, garantizando que ninguna fibra de amianto perturbara el aire de la estación.
En esta lucha contra el deterioro, la nueva cubierta de la Estación del Norte se ha erigido siguiendo los cánones de la fidelidad histórica y la durabilidad técnica. Se han instalado cerca de 1.440 metros cuadrados de escamas de zinc sobre tableros de madera, una solución que respeta la elegancia original de la marquesina histórica diseñada por Enrique Grasset, cuya estructura se extiende a lo largo de 200 metros de longitud. Además, se han incorporado 1.300 metros de policarbonato para asegurar que la transparencia siga siendo la protagonista del encuentro entre el viajero y el destino.
Un horizonte de andenes y fachadas hasta 2027
Sin embargo, el renacer de la Estación del Norte es una obra en tres actos. Tras la liberación del vestíbulo, la mirada de los restauradores se desplaza ahora hacia los cinco vanos centrales que cubren la zona de los andenes. Es aquí donde comienza la segunda fase, una transición física y técnica que ya se hace visible con el desplazamiento de las torres de trabajo. Los pasajeros verán cómo el metal se traslada para seguir protegiendo las naves laterales y las cubiertas a dos aguas, en un proceso que no concluirá definitivamente hasta el año 2027.
Esta segunda etapa será aún más ambiciosa en sus cifras: se prevé el montaje de más de 3.500 metros cuadrados de plataformas de trabajo y la retirada de otras 67 toneladas de fibrocemento. Es el precio necesario para que, una vez finalizada la tercera fase —que abordará los últimos cuatro vanos de la estación—, el edificio quede totalmente saneado para el próximo siglo de vida.
La mano del artesano frente al paso del tiempo
Más allá de las grandes cifras de inversión, que superan los 20 millones de euros, la verdadera alma de la restauración de la Estación del Norte reside en el detalle. Mientras el grueso de la obra se centra en las cubiertas, en los laterales de la calle Bailén y en el torreón hacia Matemático Marzal, se desarrolla una labor casi olvidada: la de la carpintería y las marquesinas metálicas.
https://noticiasciudadanas.com/adif-tirada-suelos-verja-estacion-del-norte/
Aquí, el rigor de la ingeniería moderna cede el paso a las técnicas artesanales especializadas. La degradación sufrida por las piezas metálicas y las maderas originales debido a la polución y la humedad ambiental ha exigido que expertos ebanistas y maestros del metal trabajen mano a mano para recuperar la fisonomía de las fachadas. Es un trabajo lento, de paciencia y respeto por la huella de Ribes, que busca que cada moldura y cada herraje vuelva a lucir tal y como fue concebido en la València de principios del siglo XX.
Un templo del modernismo que espera al futuro
Según informan fuentes de Adif, la planificación de los trabajos se ha diseñado como un baile coreografiado para no interrumpir el latido constante de la estación. Minimizar las afecciones al tráfico ferroviario y a la movilidad de los usuarios ha sido la premisa de un proyecto que, a pesar de su complejidad, avanza según lo previsto.
Al caer la tarde, cuando la luz dorada de Valencia se filtra por la nueva claraboya y rebota en los suelos pulidos del vestíbulo, se percibe que la Estación del Norte ha comenzado a recuperar su orgullo y dignidad como una de las joyas de nuestro modernismo, junto con el Mercat Central y el Mercat de Colón.
Sigue siendo esa puerta de entrada al Cap i Casal, un espacio donde el tiempo parece detenerse mientras el mundo exterior acelera. A medida que avancen los años hasta 2027, la terminal irá despojándose de sus vendajes de metal para mostrarse, de nuevo, como el testamento de una ciudad que ama su pasado tanto como anhela su progreso. La rehabilitación es, en última instancia, un acto de justicia poética para un edificio que ha visto marchar a generaciones y que hoy, más que nunca, nos dice que todavía tiene muchas historias de bienvenida por escribir.
















