Roscón de Reyes vs. Casca Valenciana: Origen, diferencias y el secreto del dulce que Valencia está olvidando
Mientras la ciudad de Valencia se engalana para recibir, con frío polar, a Sus Majestades de Oriente, una guerra silenciosa se libra en los obradores de los hornos tradicionales. Es una batalla por la memoria, por el paladar y por la identidad de un pueblo que, poco a poco, ha ido sustituyendo su tesoro más dulce, la Casca Valenciana, por la hegemonía comercial y festiva del Roscón de Reyes.
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Un rastro de almendra y azúcar: Las raíces moriscas
Para entender la importancia de la Casca, debemos viajar al pasado andalusí de nuestra tierra. Mientras el Roscón de Reyes tiene un origen vinculado a las Saturnales romanas —donde se repartían tortas redondas de higos y dátiles a plebeyos y esclavos—, la Casca es la máxima expresión de la repostería morisca valenciana.
Hecha a base de mazapán (almendra molida y azúcar), la Casca no es solo un postre; es una arquitectura comestible. Tradicionalmente se moldea en forma de corona o, más frecuentemente, de serpiente o anguila, evocando simbologías antiguas que hoy apenas alcanzamos a vislumbrar. Su relleno es el mapa de nuestra huerta: dulce de boniato, yema confitada o calabaza (el famoso cabell d’àngel).

La «injusticia» de la globalización del azúcar
Durante siglos, no hubo hogar valenciano donde el día 6 de enero no se rompiera una Casca. Era el regalo por antonomasia de los padrinos a sus ahijados, a menudo presentada en cajas de cartón profusamente decoradas que contenían, además, peladillas y monedas de chocolate.
Sin embargo, a mediados del siglo XX, el Roscón de Reyes —impulsado por una pujante industria panadera y una maquinaria de marketing nacional— empezó a colonizar las vitrinas. El Roscón, de masa de bollería tipo brioche, es más ligero, más barato de producir en masa y permite el juego visual de la nata y la trufa.
Esta facilidad para la producción a gran escala, frente a la laboriosidad artesanal del mazapán de la Casca, ha sido el factor determinante de su desplazamiento comercial. Hoy, para muchos jóvenes valencianos, la Casca es una desconocida, una reliquia de los abuelos.
Anatomía de una resistencia gastronómica
¿En qué se diferencian realmente? Si el Roscón es una nube de azúcar perfumada con agua de azahar, la Casca es una joya densa y nutritiva. La diferencia radica en la materia prima. Una Casca auténtica exige almendra marcona, el oro blanco de nuestro secano. Su preparación no admite atajos: el punto del mazapán debe ser exacto para que no se agriete al hornearse y el relleno debe haber reposado para concentrar los sabores de la tierra.
Es, en esencia, una «injusticia cultural» que un producto tan ligado a nuestra biodiversidad agrícola y a nuestra historia social esté siendo orillado por un estándar global. Recuperar la Casca no es un ejercicio de nostalgia vacía, sino un acto de soberanía alimentaria y respeto al patrimonio vivo.
CaminArt: Los guardianes de la historia invisible
En este contexto de pérdida de identidad, surgen figuras fundamentales para la divulgación. Empresas como CaminArt. Camins de Cultura i d’Art se han consolidado como la mejor referencia en la ciudad de Valencia para entender estos procesos.
A través de sus rutas culturales y recorridos nocturnos, el público local y los visitantes pueden descubrir no solo la historia de los monumentos, sino la intrahistoria de nuestras costumbres: por qué comemos lo que comemos y qué significan esos rituales que corren el riesgo de desaparecer.
El auge del turismo cultural consciente es, quizás, la última esperanza para que dulces como la Casca vuelvan a tener el lugar que merecen en el relato de la ciudad.
El veredicto del 6 de enero
¿Es posible la convivencia? Por supuesto. El Roscón ha ganado su lugar por mérito propio, ofreciendo una experiencia festiva y compartida que ya es parte de nosotros. Pero la Casca representa la excelencia técnica y la raíz histórica. Este año, al acercarse a su horno de confianza, el ciudadano tiene una elección política en su bandeja: comprar un postre o comprar un trozo de historia.
La Casca merece ser revivida. No por obligación, sino por el placer de recuperar un sabor que nuestros antepasados perfeccionaron durante siglos. El día que dejemos de hornear serpientes de mazapán, habremos perdido una batalla definitiva contra el olvido.
















