El nuevo tramo ciclista de Joaquín Navarro y San Vicente Mártir, financiado con fondos NextGenerationEU, nace con un fallo de diseño estructural: obliga a los usuarios del bus a cruzar una vía ciclista para poder embarcar, creando un punto de conflicto permanente.
Por: Redacción Movilidad Urbana
La política de movilidad de una ciudad no debería medirse únicamente por los kilómetros de carril bici construidos, sino por la calidad y la seguridad de la convivencia entre los distintos usuarios del espacio público. La última actuación de la Concejalía de Movilidad en el eje de Joaquín Navarro y San Vicente Mártir —promocionada en redes sociales bajo el paraguas de los fondos europeos— ha encendido las alarmas por un diseño que expertos y vecinos califican de «chapuza» urbanística.
La imagen de la discordia, que ya circula por grupos vecinales de la Creu Coberta y San Marcelino, muestra una configuración incomprensible: el nuevo carril bici ha sido trazado pasando exactamente por medio de la parada del autobús, separando la marquesina (donde el peatón espera) del bordillo (donde para el bus).
Una zona de conflicto permanente
Este diseño genera lo que en seguridad vial se denomina un «punto de fricción crítica». Al situar el vial ciclista entre el refugio de espera y el punto de acceso al vehículo, se está forzando al peatón —a menudo personas mayores, ciudadanos con movilidad reducida o padres con cochecitos— a invadir una vía de circulación para bicicletas y patinetes eléctricos cada vez que llega su transporte.
El error no es solo estético o de comodidad; es un problema de seguridad fundamental. La marquesina, con sus paneles informativos y publicitarios, actúa como una barrera visual. El ciclista que circula por el nuevo carril no tiene visibilidad sobre el peatón que sale de detrás de la estructura para subir al bus, y el peatón, concentrado en no perder su transporte, difícilmente puede anticipar la llegada de un vehículo silencioso a su espalda.
La jerarquía de la vulnerabilidad, olvidada
El urbanismo moderno defiende la «Pirámide de la Movilidad», donde el peatón es el eslabón más protegido. Sin embargo, en esta intervención de Valencia, el peatón queda relegado a una posición de inferioridad. En el momento en que el autobús abre sus puertas, se produce el caos: el flujo de pasajeros que descienden colisiona directamente con el tráfico ciclista, generando situaciones de peligro de atropello constantes.
Además, este diseño ignora la realidad social de los barrios que atraviesa. Son zonas con una alta densidad de población envejecida para la cual un simple paso en falso en un carril bici puede suponer una caída grave. ¿Cómo se puede hablar de movilidad inclusiva cuando el diseño de la infraestructura genera ansiedad en el usuario del transporte público?
Fondos europeos para un diseño cuestionable
Resulta especialmente paradójico que estas obras estén financiadas por los fondos NextGenerationEU. Europa exige sostenibilidad, pero también seguridad y accesibilidad universal. Gastar dinero público en una infraestructura que fragmenta el espacio de la parada del bus y genera inseguridad es, en el mejor de los casos, una falta de planificación y, en el peor, una negligencia hacia el ciudadano.
Mientras la cuenta oficial de Movilidad celebra la «puesta en funcionamiento» del tramo, el vecindario se pregunta si era necesario sacrificar la seguridad del peatón para encajar un carril bici a toda costa. La movilidad sostenible debe ser amable y segura; si genera miedo o riesgo de accidente, simplemente no es buena movilidad.
















