El certificado de defunción de la Huerta: Catalá consuma el colapso de la Alquería de Volante
VALENCIA | La desidia institucional y el incumplimiento de las promesas electorales sentencian un inmueble del siglo XVIII. Las asociaciones denuncian un «continuismo letal» que no diferencia la gestión de la actual alcaldesa de la de sus predecesores.
«Catalá se ha convertido en la mejor pupila de Ribó, también se desentiende del patrimonio, promesas que se quedan en eso, promesas».
Por: Redacción Análisis Urbano Valencia
La retórica de la «Valencia cuidada» de María José Catalá se ha desmoronado al mismo ritmo que los muros de la Alquería de Volante. Lo que durante décadas fue un símbolo de la arquitectura rural valenciana en la huerta de La Torre, es hoy un montón de escombros y vigas podridas. El colapso del inmueble, acelerado por los recientes episodios de viento, no es un accidente meteorológico: es el resultado de una omisión de auxilio patrimonial ejecutada desde los despachos del Ayuntamiento.
Una crónica de una ruina anunciada
La caída de la Alquería de Volante no ha tomado a nadie por sorpresa, excepto, quizá, a un equipo de gobierno que parece vivir de espaldas a la realidad de sus pedanías. Hace dos años, las alertas ya eran ensordecedoras. Asociaciones como el Círculo por la Defensa del Patrimonio solicitaron formalmente la rehabilitación urgente del bien y su catalogación como Bien de Relevancia Local (BRL).
La respuesta municipal fue un ejercicio de cinismo administrativo: el Ayuntamiento se negó a elevar su protección alegando que la normativa vigente ya «aseguraba su supervivencia».
Hoy, con los muros al aire y la estructura vencida, esa supuesta protección se ha revelado como una ficción burocrática. Desde 1977, el edificio ha soportado un estado de abandono absoluto, pero ha sido bajo el mandato de Catalá donde se ha permitido el golpe de gracia al no instalarse ni un solo armazón o tirante que frenara el empuje del viento sobre una estructura herida de muerte.
La ruptura de la palabra: De la promesa al fraude
Resulta especialmente sangrante recordar las palabras que la alcaldesa dirigió al presidente del Círculo por la Defensa del Patrimonio y a la dirección de este propio medio de comunicación, asegurando con solemnidad que «no podía permitirse cometer ningún error con el patrimonio cultural valenciano».
Hoy Catalá, consciente de sus palabras no puede mirar a la cara a este director del medio ni al presidente del Círculo del Patrimonio, consciente de que o bien nos mintió a la cara, como en tantas otras ocasiones, o bien ha traicionado su propia palabra. Ambas opciones con vergonzosas para la propia alcaldesa de unos pocos, que no representa a la ciudad ni a sus habitantes.
Los hechos dibujan a una regidora que ha defraudado las expectativas de quienes esperaban un cambio de rumbo. La gestión de Catalá no solo no ha revertido la herencia de sus predecesores, sino que ha abrazado un «continuismo letal».
No hay diferencia tangible entre la era de Barberá, el periodo de Ribó y el actual de Catalá: el patrimonio rural —alquerías, barracas y molinos— sigue siendo el pariente pobre de las inversiones públicas, abandonado a su suerte hasta que la gravedad hace el trabajo sucio que el Ayuntamiento no se atreve a firmar: el derribo por omisión.
«No notamos cambio alguno. Es seguidismo puro. Los valencianos hemos perdido la Alquería de Volante por la desidia completa de un gobierno que prefiere mirar hacia otro lado mientras nuestra historia se convierte en polvo», denuncian fuentes vecinales.
El «modus operandi»: El derribo encubierto
La estrategia parece seguir un patrón calculado. Al no dotar a estos bienes de una protección real (como el grado de BRL) y desoír las órdenes de ejecución para consolidar estructuras, el consistorio aboca a los inmuebles a un estado de irreversibilidad técnica.
Expertos en restauración advierten que la reconstrucción de Volante será ahora una tarea titánica y costosa, una «misión imposible» que servirá de excusa perfecta para que el Ayuntamiento termine solicitando el derribo total por seguridad.
Es la muerte dulce del patrimonio: se deja morir, se declara peligroso y se elimina del mapa. Con ello, Valencia pierde no solo un edificio, sino una pieza insustituible del rompecabezas de su huerta, esa que Catalá prometió proteger en campaña y que hoy languidece bajo los escombros.
Un balance de gestión desolador
Mientras el centro de la ciudad se maquilla para el turismo de masas, la periferia histórica sangra. La falta de un plan de choque real para las alquerías demuestra que la gestión de María José Catalá carece de una visión integral de lo que significa la cultura valenciana.
Proteger el patrimonio no es solo inaugurar placas en el centro; es ensuciarse las botas en la huerta y destinar fondos de emergencia para apuntalar lo que corre el riesgo de caer mañana.
La Alquería de Volante es hoy el monumento a la desidia de Catalá. Una mancha en su expediente que los defensores del patrimonio no están dispuestos a olvidar, señalándola como la «enemiga pública número uno» de una herencia que pertenece a todos los valencianos y que ella, por acción u omisión, está permitiendo que desaparezca para siempre.

RIP a la Alquería del Volante, que ya se encontraba en la Lista Roja de Hispania Nostra, una Lista Roja de patrimonio en peligro real de desaparición para siempre que lidera Valencia, y en este caso, Valencia Ciudad, donde el cuidado por el patrimonio se queda en promesas vacías de contenido.
La Historia de la casi desaparecida alquería
La alquería de Volante es un edificio de origen medieval ubicado en la partida de Benimassot, junto al barrio de San Isidro de Valencia, que fue donado al Ayuntamiento de Valencia en 1977 junto con tres hanegadas de tierras de cultivo.
Al igual que otras alquerías, durante el siglo XVIII fue objeto de algunas intervenciones que le dieron el aspecto actual. A día de hoy amenaza ruina. El edificio ha sufrido varios incendios y ha perdido por completo el tejado y las estructuras interiores.
Descripción:
Se trata de una vivienda de tipo rural, de planta rectangular, compuesta de planta baja y dos alturas. En la planta baja se solía situar el dormitorio principal, el comedor y la cocina con una gran chimenea de campana.
En la primera planta había otras estancias o habitaciones para huéspedes y también un piso superior, que era la andana donde se guardaban las cosechas o se colocaban las camas para la cría del gusano de seda o el secado de las hojas de tabaco. Por lo general, solía haber otras construcciones anexas, como molinos, hornos, graneros o un corral, en este caso, que conserva parte de la estructura cubierta con teja moruna.
La planta de la alquería está dividida en dos volúmenes, divididos por un muro de ladrillo y de tapial, y contaba con un tejado a dos aguas. Los forjados son los característicos de vigas de madera y bóvedas de revoltones de ladrillo plano. Las fachadas del edificio están realizadas con ladrillo y mampostería, con revoco.
Propiedad municipal que ha dejado perder, ¿prevaricación?
Es propiedad del Ajuntament de Valéncia desde el año 1.977, y hace un año y medio se negó el mismo a actuar y aumentar su protección porque «estaba asegurada su supervivencia». A pesar del incendio sufrido en su interior, ocupado por chabolas, y dejando que se hormigonara su fachada para adosar nuevas chabolas. Nunca se intervino en ella, si quiera para apuntalar o asegurar su estructura.
Ahora ya es tarde, su interior está completamente desaparecido y su muro exterior se ha caído en un 70%. ¿Ahora qué?…Pues eso, sin respuesta, Catalá en estado puro… los valencianos votaron un cambio y éste no se ha producido tampoco en la gestión del patrimonio… y Catalá no contesta, a no ser que sea una entrevista pagada en un medio afín, de los que se llevan todas las campañas de publicidad del Ajuntament de Valencia, esos de Madrid a los que esta alquería y la historia y cultura de los valencianos les importa un pimiento…o dos… igual que -vistos los hechos- a María José Catalá.


















