Por Baltasar Bueno
Si hay alguna cualidad de la que anda sobrada la alcaldesa PP de Valencia, María José Catalá, es de cinismo, el cual dosifica adecuadamente para dar el pego según cómo y dónde, igual se hace la valencianista cuando algunos despistados la premian indebidamente y luego no va a recoger la distinción, que le dedica una plaza a bombo y platillo al que hizo monumentos a los países catalanes en serie en la égida del PSOE.
La alcaldesa por accidente dental de Valencia, la primera en solicitar en su día la dimisión de su co-militante Rita Barberá por aquella nadería de aficionados de los 500 euros y que acabó con su inmerecida y triste muerte en la soledad de un hotel de Madrid, viene patinando últimamente mucho, tal vez porque se cree la reina fatua de las fiestas o de la verbena, o porque el cargo le viene grande.
Uno de sus grandes defectos es espantar a la gente. Se ha manifestado en contra de que lleguen cruceros turísticos al puerto de Valencia, incluso se ha alegrado de estar consiguiéndolo. Así lo hizo saber al respetable el chapuzas que tiene en prensa –algún día les hablaré de los que muerden la mano de quienes le ayudaron- con un comunicado donde se alegraba de haber reducido, de momento, la actividad crucerística en un 13% e iban a por más. Son de secano, porque los cruceros ya pasan de Valencia y se van a Barcelona –donde tienen 8 muelles para cruceros y megacruceros- o Alicante, donde los reciben con banda de música por lo beneficioso que les es el turismo.
Ahora, a la señora y su banda de pífanos y trompetas, les molesta que venga tanta gente en tren a la mascletà, y le pidieron a Renfe que lo impidiera dejando a la peña tirada a 15-20 metros kilómetros de Valencia, sin derecho al gran rito de la ciudad en Fallas, precisamente lo que produce la plena unanimidad entre los valencianos. La excusa boutade, que hay demasiada gente en Valencia, algo parecido a lo de los cruceros.
Con tal ingeniosa idea, la pueblerina de la Catalá ha dejado imposibilitada a media provincia de la del sur de Valencia de poder ir en tren a la mascletà, especialmente a los habitantes de los pueblos afectados por la Dana, a quienes las Cercanías les venían de maravilla para disfrutar de la mascletà gratis et amore. Si lo quieren hacer tienen que venir a pie, en romería, en taxi cuando no tienen dinero, o en coche atiborrando y congestionando más la ciudad intransitable por estos acontecimientos. Lo dicho y hecho por la alcaldesa es una gran falta de respeto a la gente, sobre todo a la menos pudiente, que tienen todo el derecho del mucho a disfrutar de la fiesta como el resto el personal, pues las Fallas son populares, no sólo para familiares, empleados y adheridos políticos de la alcaldesa.
En vez de reconocer la cagada y retirar la orden de que los trenes de Renfe no lleguen hasta Valencia en horas de mascletà, como si ella fuera además, por desgracia, Ministra de Transportes, la señora ahora le echa la culpa a Renfe del desaguisado que ella misma y sus paniaguados imberbes asesores han creado. Por encima de la lógica y el sentido común debe primar en ella otra cosa. Poca dignidad que tiene diciendo que no es cosa suya.
Renfe ya le ha contestado diciendo que no es cosa de ellos, que se lo pidió su Ayuntamiento y la ha dejado como mentirosa, pero además ha evidenciado su cinismo al quererse exculpar y pasarle el marrón del gran cabreo general de la gente a los Ferrocarriles con lo castigados que ya están por lo mal que de general funcionan, más en Cercanías que no atinan ni una.
Si no quiere la Catalá aglomeraciones, no haga Fallas. Si no quiere caos no autorice que un mes antes se instale campamentos cortando las calles. Si no quiere tanta presión de gente cierre completamente la ciudad en marzo y no deja entrar ni salir a nadie. Cierre el puerto, el aeropuerto, el Metro, para que usted y sus mediocres asesores y colegas municipales vean sólos la mascletà desde el balcón del Ayuntamiento, que, por cierto, es el peor sitio para verla de toda la plaza, pues ver no se ve nada por la cantidad de pijos que lo repletan, y sus condiciones acústicas dignas de rompeoídos. Lo dicho, es y son de secà.


















