La metáfora es un pequeño acto de magia del lenguaje: consiste en mirar una cosa y nombrarla como si fuera otra, revelando un vínculo secreto entre ambas. No explica, sugiere; no compara, transforma. Gracias a ella, el mundo cotidiano se vuelve más intenso, porque lo invisible encuentra forma y lo abstracto se hace tangible.
Es el instante en que el lenguaje deja de ser un simple medio para decir y se convierte en una manera de ver. Así, una emoción puede arder, el tiempo puede huir y la noche puede vestirse de terciopelo. La metáfora no solo embellece: ilumina, descubre y, a veces, dice lo que de otro modo sería imposible nombrar.
Hace poco se ha devenido en el Mercado Central una metáfora que explica la situación general de Valencia
Bajo la gran cúpula del Mercado Central de Valencia, la mañana despierta en un murmullo de voces, pasos y monedas. Los puestos se abren como flores, dejando escapar el aroma de las naranjas, el brillo húmedo del pescado y el rojo encendido de los tomates. Pero por encima de todo, silenciosas y pacientes, están las vidrieras.
A esa hora temprana, la luz entra tímida, filtrándose a través de los cristales de colores. Verdes, dorados y azules caen sobre el suelo como un mosaico vivo, tiñendo las manos de los vendedores y el delantal de alguna anciana que elige con cuidado sus verduras. Nadie parece darse cuenta, pero la luz juega a disfrazarlo todo.
Quien mira hacia arriba topeta con cosas. En las vidrieras se descubrió como un agujero. Todo estaba oscuro, pero había como una obertura en blanco, como si se hubieran roto esas partes del vidrio. Durante un instante, el mercado deja de ser un mercado y se convierte en una catedral de lo cotidiano.
Todo misterio tiene un secreto. Algo queda suspendido en el aire, como si las vidrieras hubieran susurrado una historia que solo algunos saben escuchar. ¿por que hay un espacio en blanco donde nada hay más que lo negro?
El enigma tiene una resolución sencilla. Esas pequeñas tablillas de vidrio han sido limpiadas. Esa parte ha sido liberada de la suciedad acumulada durante décadas. Curiosamente solo se ha limpiado esa pequeña parte, cuando en realidad todo el conjunto arquitectónico reclama a gritos una limpieza absoluta.
Solo se me ocurre ante este fenómeno la comparación correspondiente con la ciudad. Valencia está cubierta de una capa de suciedad que se ba acumulando conforme pasan los años, y aunque cambian los gobiernos municipales, ninguno de enfrenta al reto de hacer la limpieza pertinente.
Todos hablan critican y presumen. Pero la Valencia gloriosa está ofuscada por esa capa de suciedad que nos impide valorarla. Miremos hacia arriba en el Mercado Central y advirtamos como podría ser todo si nos aliáramos con el blanco de la pureza y de la verdad.
Pobre mercado central también. Podría brillar como un iciona en el centro de la ciudad. Pero nadie se atreve a levantar el manto de la oscuridad, de los tenebroso, de lo maldito.
















