Baltasar Bueno
Hasta hace poco nos vanagloriábamos en Valencia de que ésta era una ciudad segura, que uno andaba por la calle con toda la tranquilidad del mundo, sin que le pasara nada. Y eso se ha acabado, porque en España delinquir sale barato.
Sobre el mediodía de ayer, caminaba quien esto suscribe por J.J. Dómine, acera de soportales frente a los tinglados del puerto, llena de barecitos y terracitas, cuando un individuo, de aspecto magrebí, me paró preguntándome algo en un idioma para mi desconocido, mientras alguien intentó meter la mano por detrás en el bolsillo de mi chupa veraniega. Me giré y ví a otro sujeto, también de aspecto norteafricano, intentando robarme lo que llevaba en la chupa.
La calle transitada, la acera llena de gente, testigos presenciando el hecho y nadie se inmutó. Pegué un grito, poco más podía hacer, y por fortuna se largaron sin conseguir su propósito. Alguien se acercó y dijo que eran tres los sujetos que se pasaban el día en dicha calle, sentados en banquitos de los jardines, a la espera de víctimas propiciatorias. Su modus operandi, seguirles y en un momento determinados, con cualquier excusa abordarles.
Llamé al 091, expliqué lo ocurrido y no se si se molestarían en dar una batida por la zona a buscar a los precitados, uno de ellos con sudadera blanca, otro de negro, unos 30 años, que según mi informante se sientan todos los días en los banquitos de los jardincitos, allí existentes, cerca de un kiosko bar limítrofe a la venida del Puerto.
Además de robar o atracar al personal, roban en vehículos o a los que suben y bajan de ellos al aparcar. Son famosos y superconocidos, ya forman parte del mobiliario urbano. En sus descansos, se sientan en los bancos de madera de los jardincitos y ponen cara de extenuados llegados en patera, probablemente para despistar o quien sabe si para mover a algún caritativo a limosna.
El escenario de operaciones no es un arrabal, ni un lugar despoblado. Hay en él una superconcentración de fuerzas de seguridad: muy cerca hay cuartel de la guardia civil, cuartel de la policía local, dos comisarías de policía nacional, policía portuaria,… y los únicos que mandan en la calle son los sin papeles de tez morena que hacen y deshacen a su antojo. Saben que aquí no pasa nada, cuando en su país de origen robar un móvil son diez años de cárcel.
Al paso que vamos, como en el lejano Oeste, habrá que pedir permiso para ir con dos pistolones y cartuchera por la calle para defenderse, pues ni las leyes, ni los agentes que han de defender a los ciudadanos de bien sirven para ello.
Prueben a peinar JJ Dómine y JJ Sister, por poner un pequeño ejemplo, aunque sólo sea un día para que a plena luz del día se pueda andar con libertad y seguridad por la calle. De lo contrario, se va a convertir esta idílica ciudad antaño de la luz y de las flores en un enorme infierno en materia de inseguridad ciudadana.
















