Artículo de Eros Recio
Valéncia, Mayo de 2026
En el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad de Valencia se puede visitar estos días una exposición muy particular: una serie de cuadros de Adrián Alba inspirados en el universo de Orlando Furioso. La propuesta no es una simple reinterpretación ilustrativa del clásico de Ariosto, sino un diálogo visual con sus temas más reconocibles: la locura, el amor desbordado y la épica llevada al límite de lo irracional.
Alba apuesta por una pintura vibrante, casi febril, donde las figuras parecen deshacerse en color y movimiento. Orlando no aparece como un héroe sólido, sino como una presencia fragmentada, atravesada por tensiones internas que el artista traduce en trazos enérgicos y composiciones inestables. Hay algo muy contemporáneo en esa manera de abordar el mito: más que narrar la historia, se explora su intensidad emocional.
La exposición también juega con contrastes interesantes. Por un lado, hay referencias claras al imaginario renacentista; por otro, el lenguaje plástico es decididamente actual, con ecos expresionistas y una cierta inclinación hacia lo abstracto. Este cruce de tiempos refuerza la idea de que Orlando Furioso no es solo un texto del pasado, sino una fuente inagotable de interpretaciones.
En conjunto, la muestra en el MuVIM ofrece una experiencia sugerente, especialmente para quienes disfrutan viendo cómo la literatura clásica se transforma en nuevas formas de expresión. No es una exposición complaciente ni literal, pero precisamente por eso resulta estimulante.
En este sentido, los maravillosos dibujos de Adrián Alba traen inevitablemente a la memoria la obra majestuosa de Néstor Martín-Fernández de la Torre. No se trata de una influencia directa o evidente, sino de una afinidad más sutil, casi atmosférica, que se manifiesta en la manera de concebir lo simbólico y lo decorativo como vehículos de intensidad emocional.
Ambos autores comparten una fascinación por lo ornamental entendido no como mero adorno, sino como lenguaje expresivo en sí mismo. En Néstor, esa pulsión se traduce en composiciones envolventes, cargadas de sensualidad y misterio, donde el color y la línea construyen un universo casi mitológico. En Alba, aunque el trazo sea más inquieto y contemporáneo, encontramos una voluntad similar de sumergir al espectador en una experiencia estética total, donde la figura se diluye en un entorno cargado de significados.
También hay paralelismos en la forma de abordar lo épico. Néstor elevaba escenas y personajes a una dimensión casi sagrada, mientras que Alba, desde su lectura de Orlando Furioso, parece descomponer esa épica para reconstruirla desde la emoción fragmentada. Uno tiende a la armonía idealizada; el otro, a la tensión expresiva. Pero en ambos casos hay una ambición común: trascender lo narrativo para alcanzar lo poético.
Quizá por eso no resulta descabellado sugerir que esta exposición apunta hacia una suerte de nuevo esplendor, una relectura contemporánea que podría dialogar con las raíces del llamado Arte Canario. No como repetición ni como revival, sino como reactivación de una sensibilidad: la que entiende el arte como un espacio donde lo mítico, lo sensorial y lo simbólico se entrelazan. En Adrián Alba parece latir, de forma inesperada, ese mismo impulso que hizo de Néstor una figura única, y que hoy podría encontrar nuevas formas de manifestarse.
Si ampliamos la mirada, el recorrido por la pintura canaria ofrece un conjunto de nombres fundamentales que han ido definiendo, con estilos muy distintos, una identidad artística rica y compleja. Entre los más destacados suele mencionarse a Óscar Domínguez, figura clave del surrealismo internacional; César Manrique, que supo integrar arte y paisaje de manera única; Manolo Millares, esencial para entender la vanguardia española del siglo XX; o Martín Chirino, cuya obra escultórica dialoga con la tradición y la modernidad. A ellos podrían sumarse otros nombres como Pedro González, Pepe Dámaso o Cristino de Vera, cada uno aportando matices distintos a ese imaginario insular.
En este contexto, afirmar que Adrián Alba se sitúa hoy como el gran coloso de la pintura canaria no parece una exageración, sino una intuición crítica que empieza a consolidarse. Si hace cien años Néstor encarnaba el nombre de la fantasía artística canaria, con su universo refinado y envolvente, Adrián emerge ahora como una figura igualmente sugestiva, pero más incisiva y contundente. Su obra no busca recrear un sueño armónico, sino tensar la imagen hasta hacerla vibrar, hasta convertirla en una experiencia casi física.
Hay en Adrián Alba una ambición que lo conecta con esa tradición, pero también una voluntad de ruptura que lo sitúa plenamente en el presente. Su pintura no ilustra, interroga; no embellece, sacude. Y precisamente por eso, en este momento, su nombre empieza a resonar como el de una figura central, capaz de renovar y proyectar hacia el futuro el legado de la pintura canaria.
Recomendamos, pues, la visita a esta exposición del Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad, una ocasión poco frecuente para dejarse atravesar por una pintura que no se conforma con ser mirada, sino que exige ser sentida. Aunque la muestra ha sido prorrogada, conviene no confiarse: se despedirá a final de mes, y con ella desaparecerá —al menos por ahora— esta constelación de imágenes intensas y memorables.
Hay algo profundamente simbólico en todo ello, como si durante unas semanas Valencia hubiera acogido un encuentro improbable y hermoso: un bello beso de amor entre las aguas del Mar Mediterráneo y las del océano Atlántico. En los cuadros de Adrián Alba parece latir esa fusión de horizontes, esa conversación secreta entre orillas distintas que, al encontrarse, generan una emoción nueva. Acudir a la exposición es, en el fondo, participar de ese instante: breve, luminoso y difícil de repetir, donde el arte se convierte en marea y la mirada en deriva.
















