A finales del siglo XX, el debate sobre la identidad política, cultural y lingüística de la Comunidad Valenciana vivió su época más convulsa, marcada por la polarización de la Transición y la denominada «Batalla de Valéncia». Este escenario dividió a los intelectuales y políticos de la región en dos bloques irreconciliables: el fusterianismo, de corte catalanista, y el valencianismo estricto publicitado como blaverismo, a los que más tarde se sumaría un intento de reconciliación conocido como la «Tercera Vía».
En el ala de influencia catalanista, la figura central e indiscutible fue el ensayista Joan Fuster, cuyo libro Nosaltres, els valencians sentó las bases ideológicas de la corriente pancatalanista a la que se unieron el gramatico Manuel Sanchis Guarner y el poeta Vicent Andrés Estellés. Otras figuras fueron el periodista Vicent Ventura, el editor Eliseu Climent, el escritor Gonçal Castelló que siempre que me veía me recordaba que había compartido celda de castigo con mi padre durante la guerra civil.
Como contrapartida, el valencianismo estricto defendió la singularidad absoluta de la identidad y la lengua valencianas frente a cualquier intento de asimilación. Este movimiento tuvo su armazón teórico en el juez Miquel Adlert y el poeta Xavier Casp, quienes rompieron con las tesis fusterianas para liderar instituciones como la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV) y defender las Normas del Puig. La traducción política de este sentir popular llegó de la mano del empresario Vicente González Lizondo, fundador de Unión Valenciana (UV), quien capitalizó el descontento anticatalanista y alcanzó la presidencia de las Cortes Valencianas en la década de los noventa. También hay una larga lista de escritores que presentaron sus argumentos en libros que gozaron peor distribución que los de la corriente enfrentada,
Ante la fractura social y política, los últimos años del siglo vieron nacer una corriente intermedia que buscaba rebajar la tensión. Normalmente a este espacio de consenso lo llamaron la «Tercera Vía», contando con Damià Molla, Vicent Franch… pero realmente los precursores fueron el geógrafo Emili Beút Belenguer, la maestra Rosa Arminyana o el editor Marí Montañana. Todos realizaron aportaciones interesantes para dibujar una Valencianidad en la que cupiéramos todos.
Actualmente los temas teóricos valencianos han decaído bastante o se han difuminado tanto que no tienen la fuerza de antaño. Antes existían esos nombre enumerados, y muchos otros, que gozaban de una repercusión social inmersa, fueran del signo que fueran. Podíamos denominarlos teóricos “valenciatodistas” porque escribían y sabían sobre todo. Parodiando al autor clásico Terencio. “Nada valenciano les era ajeno”.
Como parte de ese legado cultural valenciano estoy siguiendo desde hace tiempo al autor Carles Senso, que tiene un apellido que apela al buen sentido, juicio o discernimiento. Proviene de la misma raíz que palabras como sensato o sensorial. Es un autor del que he leído artículos muy interesantes e incluso ha publicado unos libros que evidencian que no solo lo valenciano, sino lo valencianista, no le es nada ajeno. Sus investigaciones sobre Josep Lluís Albiñana o la revista “Valencia Semanal” me retrotraen a tiempos que viví en primera persona. Realmente los viví a fondo y eso me llevó a conocer a todos los nombres enumerados, de un lado y de otro. Hablé con ellos, los traté y me gustó conocer todas las posiciones para elucubrar la mía propia.
Cuando salté a la palestra el único Carles que era conocido era Carles Salvador, a través especialmente de los cursillos que llevaban su nombre. Ya después Carles Recio fue el siguiente Carles de eco social cuando todos me consideraban un “enfant terrible”, expresión que ya deben ir sustituyendo por “vieillard terrible”. Y ahora ha surgido Carles Senso, el último valenciatodo que escribe sobre los temas más variados, siempre valencianos, desde novelas hasta sesudos estudios. Y siempre con una potencia que me hace evocar a las figuras señeras desde Adlert a Fuster. Carles Senso en una promesa de intelectual muy interesante para el futuro.
Yo no conocía personalmente a Carles Senso, pero de repente me lo encontré por casualidad en un acto inesperado sobre el cotif deportivo en la ciudad de l’Alcúdia. No pude reprimirme el saludarle, porque sus trabajos van dibujando un análisis de este siglo con un estilo que ya no se lleva en este siglo. Estábamos en un acto a última hora, y lo que más me conmocionó fue su preocupación por llegar a casa pronto y estar con la familia. Todo un ejemplo de masculinidad comprometida, algo que hace cuarenta años era impensable. Eso fue el detalle más grato que me quedó de Carles Senso. Que una persona de convicciones tan fuertes muestre ese armazón humano tan común.
Concluyo que, para entender la Valencia del siglo XXI, habrá que estar muy atento a las meditaciones de Carles Senso. Y digo Valencia a nivel bien amplio, porque la mamarrachada de la Comunidad ni la comparto ni la utilizo jamás. En apenas unos minutos hablamos de sus empresas y proyectos, Keruac Comunicación, en homenaje al líder de la generación Beat, de las dificultades que se pone a los emprendedores. Se me engrandeció mi opinión sobre Carles Senso. Ya no lo vi como un simple intelectual ingenioso, sino como un activista laborioso. Y sobre todo, en el fondo, su querencia familiar inseparable. Sospecho que entre acción y reacción, entre complicidades con sus criaturas en casa y entre sueños y realidades, su mente ya estará pergeñando muchos libros que nos van a sorprender próximamente. Los esperamos con impaciencia.
















