El centro histórico del ‘Cap i Casal’ vibra con las tradicionales danzas de la Moma y los Momos, en una jornada donde los niños fueron los grandes protagonistas de la mañana antes del desfile oficial vespertino.
VALENCIA. – El corazón de Valencia volvió a latir ayer al ritmo del tabal y la dolçaina en la celebración de su Festa Grossa. El Corpus Christi de Valencia cumplió con la tradición de la manera más espléndida posible: duplicando sus danzas en una jornada que inundó el Cap i Casal de color, música y un profundo fervor popular.
La gran protagonista del día fue, sin duda, la danza de la Moma, la representación alegórica más antigua y emblemática de esta festividad, que este año ofreció un doble espectáculo que encandiló a vecinos y visitantes.
El futuro de la fiesta asegura el relevo generacional
La jornada arrancó a primera hora de la mañana con una de las estampas más entrañables de la celebración. Fueron los niños y niñas de las escuelas de danza tradicional quienes asumieron la responsabilidad de abrir el día. Con una ejecución impecable y un entusiasmo contagioso, los más pequeños invitaron a la ciudadanía al gran desfile vespertino, demostrando que el relevo generacional de la Festa Grossa está plenamente asegurado. Sus pasos ligeros y sus sonrisas bajo los sombreros de los momos se ganaron los aplausos más sinceros del público congregado en las calles del centro.
Ya por la tarde, el ambiente se tornó más solemne y multitudinario. Los grupos de danzas de adultos tomaron el testigo para recorrer el itinerario oficial, desplegando la veteranía, la fuerza y la precisión que caracterizan a estos bailes rituales.
El secreto detrás de la máscara de la Virtud
Como marca la tradición, las miradas se centraron en la figura de la Moma. El gran valor histórico de este personaje no solo reside en lo que representa, sino en una arraigada «anécdota» que se mantiene viva siglo tras siglo: la Moma es un hombre. El danzante procesiona con el rostro completamente cubierto por una careta calada y un imponente vestido de seda valenciana blanca, rematado con una corona de flores. Esta figura personifica a la Virtud.
A su alrededor, la tensión dramática de la danza la imponen los siete Momos, que representan a los siete pecados capitales (Lujuria, Pereza, Gula, Envidia, Ira, Avaricia y Soberbia). Ataviados con vistosos trajes que contrastan con la pureza blanca de la Virtud, y coronados con unos característicos gorros que simulan un dragón, los pecados tientan a la Moma danzando a su alrededor provistos de bastones de madera.
El clímax de la danza llega con el rítmico golpeo de los palos, un combate coreografiado donde los pecados intentan doblegar a la figura central. Sin embargo, la música de la dolçaina marca el destino de la representación: los Momos acaban arrodillándose uno a uno a los pies de la Moma, escenificando la rendición absoluta del mal ante la fuerza de la Gracia y la Virtud.
Con las últimas notas del tabal y el eco de los bastones aún resonando en las adoquines de la Plaza de la Virgen, Valencia cerró un año más una de sus páginas más bellas, donde la fe, la cultura y el orgullo de un pueblo volvieron a danzar de la mano.


















