VALENCIA. — Hubo un tiempo en que circular por el centro de Valencia era sinónimo de contemplar una explosión de color y frescura mediterránea. Hoy, esa postal se ha marchitado. El emblemático Puente de las Flores – Rita Barberá, uno de los grandes iconos estéticos y turísticos de la capital del Turia, ofrece actualmente su peor cara en años. El panorama es desolador: maceteros semivacíos, ramas desnudas y miles de plantas muertas o agonizantes que certifican una gestión de la jardinería pública que ha tocado fondo.
La plaga del pasotismo institucional
El diagnóstico botánico de este desastre es claro, pero el político lo es aún más. La inmensa mayoría de los geranios y murcianas que debían engalanar el puente han sucumbido al barrenador del geranio (Cacyreus marshalli), un insecto letal cuya larva —el popularmente conocido como «cuquet»— devora la planta desde el interior hasta pudrirla por completo.
Lo verdaderamente escandaloso no es la existencia de la plaga —un problema harto conocido en el ámbito mediterráneo—, sino la absoluta falta de prevención. El estado de putrefacción que presentan los ejemplares evidencia una alarmante ausencia de tratamientos fitosanitarios básicos y un mantenimiento constante que brilla por su ausencia. Las plantas no han muerto de la noche a la mañana; han sido abandonadas a su suerte bajo el sol.
El dato: Según denuncias de la oposición, el equipo de gobierno no tiene la menor intención de renovar el desastre floral hasta el mes de septiembre. Esto significa condenar a valencianos y turistas a contemplar un icono urbano en estado de descomposición durante lo más duro de la campaña estival.
De aquellos barros, estos lodos: las promesas incumplidas de PP y Vox
La crisis de la jardinería no es un hecho aislado del puente; es un síntoma de un mal endémico que se extiende por toda la ciudad. Basta con desplazarse unos metros para comprobar que en los flamantes —y costosos— nuevos maceteros instalados en la Plaza del Ayuntamiento por el ejecutivo de la alcaldesa María José Catalá, la situación es idéntica. Los geranios allí plantados también han desaparecido, devorados por el mismo gusano ante la inacción municipal.
Este escenario resulta especialmente sangrante si se hace memoria histórica reciente:
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La exigencia del pasado: Durante el mandato anterior, tanto el PP como Vox hicieron bandera de la «degradación verde» de la ciudad, exigiendo responsabilidades minuto a minuto.
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La realidad del presente: Una vez alcanzado el poder, las promesas de devolver el esplendor a los jardines de Valencia se han marchitado tan rápido como sus flores. La parálisis actual deja en evidencia una alarmante falta de un plan técnico eficiente.
Un modelo insostenible que exige autocrítica
Más allá de la evidente dejadez en la aplicación de plaguicidas, la situación reabre un debate técnico de calado: ¿es lógico empeñarse en mantener especies tan vulnerables en pleno corazón del asfalto valenciano?
Expertos paisajistas coinciden en que la elección de la flora urbana debería adaptarse de forma rigurosa al ecosistema mediterráneo actual, priorizando especies más resilientes frente al cambio climático y las plagas autóctonas. Sin embargo, el consistorio prefiere mantener el empecinamiento estético sin aportar los recursos humanos ni técnicos para su cuidado.
Mientras el verano avanza y los termómetros se disparan, los restos podridos de lo que debió ser un jardín colgante siguen a la vista de todos. Valencia, que presume de capitalidad verde y de proyección internacional, no puede permitirse que sus espacios públicos luzcan como un cementerio botánico por pura desidia administrativa. Alguien debería asumir la responsabilidad antes de que el desierto urbano termine por devorar lo poco que queda en pie.
Si Rita Barberá levantara cabeza y viera el estado de su puente seguro rodarían muchas cabezas, empezando por la de la concejal de Parques y Jardines y acabando por la de la propia alcaldesa actual, la misma que le votó a favor de expulsarla como senadora autonómica en Corts Valencianes y después le dedicó un puente…
Maria José Catalá que quiere asemejarse a Rita Barberá, finalmente no le llega ni a la suela de los zapatos, si quiera al polvo que pisaba en el suelo, es la realidad.


















