El alarmante deterioro de la plaza de Décimo Junio Bruto destapa las miserias de un Ayuntamiento que perpetúa el mal endémico de la falta de mantenimiento. El patrimonio romano que sobrevivió dos milenios sucumbe hoy a la desidia política.
Valencia — Hay ironías de la historia que resultan sencillamente dolorosas. El cónsul romano Décimo Junio Bruto fundó la ciudad de Valentia Edetanorum en el año 138 a.C. como una colonia de retiro para los bravos soldados que habían luchado en las guerras lusitanas. Hoy, más de dos mil años después, las sólidas estructuras que aquellos legionarios levantaron siguen en pie bajo el subsuelo. Sin embargo, la plaza que lleva el nombre del fundador, la superficie que debería ser el orgullo y el kilómetro cero de la historia valenciana, se está cayendo literalmente a pedazos.
El corazón histórico de Valencia se desangra ante la pasividad de sus gobernantes. Bajo el pavimento de este enclave se custodian las antiguas termas romanas, el Foro de la Ciudad e incluso un valioso tramo de la Vía Augusta. Es, sin paliativos, la plaza más importante de Valencia en lo que a peso histórico se refiere. Pero para el Ayuntamiento, parece ser poco más que un estorbo en el mapa.
La teoría de los cristales rotos en pleno centro histórico
La degradación del entorno no es una percepción exagerada; es una realidad física medible en cascotes. La zona que linda con la calle del Almudín ofrece una postal lamentable: un goteo constante de losas de piedra caídas que nadie se molesta en reponer. Esta misma semana se registraron nuevos desprendimientos, confirmando de forma matemática la conocida «teoría de los cristales rotos»: el abandono llama al abandono, y la impunidad visual acelera la destrucción del espacio público.
El dato: Mientras las conducciones y muros romanos han resistido el envite de veinte siglos, la urbanización moderna de la plaza apenas ha necesitado unas pocas décadas para ofrecer un aspecto de ruina contemporánea.
Las promesas municipales se limitan, como de costumbre, a parches de última hora. Es cierto que se espera una intervención «en breve» para reparar las graves filtraciones de la lámina de agua que, teóricamente, permite contemplar la Vía Augusta y los restos termales desde la calle. Pero este remiendo no ocultará el problema de fondo: las cristaleras que asoman al subsuelo acumulan capas de suciedad que impiden cualquier atisbo de contemplación turística, el interés por instalar paneles explicativos brilla por su ausencia y las zonas de sombra para el asfixiante verano valenciano siguen siendo una quimera.
Catalá y Ribó: continuidad en el desprecio al patrimonio
La situación actual desvela lo que ya es un secreto a voces: el mal endémico de Valencia. Las distintas corporaciones locales parecen sufrir de un trastorno de atención urbanística; se diseñan y proyectan bellos espacios —ya sean jardines, plazas o avenidas— para la foto de inauguración, solo para abandonarlos a su suerte de forma definitiva al día siguiente. El mantenimiento no es que sea mejorable, es que es inexistente.
Lo más grave de este escenario es la continuidad política en el error. A pesar de los publicitados giros ideológicos en el consistorio, las dinámicas de la desidia institucional permanecen inalteradas. Resulta sangriento comprobar cómo la actual alcaldesa, María José Catalá, actúa en esta materia como la alumna más aventajada de su predecesor, Joan Ribó. Cambian las siglas, cambian los rostros en los despachos de la casa consistorial, pero los vicios se heredan intactos.
Catalá calca los mismos errores de abandono de los espacios públicos que tanto criticó la oposición en su día.
La imagen que Valencia proyecta al mundo en su punto más crítico y turístico es alarmante. No es solo un problema de estética urbana, es una alarmante falta de respeto a la propia identidad de una ciudad que consiente la humillación de su propio acta de nacimiento.
Falta de limpieza y falta de orgullo de Ciudad por Ribó y Catalá
A la falta de limpieza de los cristales se añade los orines de animales de dos patas en gran parte de sus rincones, que deja su rastro oloroso y mancha el suelo, lo que evidencia la falta de lavabos públicos, sólo existe uno en la Plaza de la Reina.
Una bella plaza que debería ser el corazón y alma de la Ciudad pasa desapercibida y los valencianos en vez de estar orgullosos de su pasado y poder gritar a los cuatro vientos orgullosos que Valencia Ciudad tiene más de 2.000 años de existencia, la utilizan únicamente como lugar de paso, ya que no es plaza arqueológica, ni jardín, ni siquiera parque infantil, para un urbanista sería difícil catalogar el uso ciudadano de ese espacio, un pegote, es hora de rendir homenaje a nuestro pasado y ponerlo en valor… ¿El Ajuntament de Valéncia tomará cartas en el asunto o como siempre negará la evidencia y como mucho parcheará el problema?…Juzguen ustedes.
Si bien el anterior alcalde era oriundo de Tortosa y no digamos que estaba muy orgulloso de su ciudad, la torrentina alcaldesa de Valencia parece también despreciar el pasado y el origen del Cap i Casal, de hecho cuando agregaron «cap i casal» lo hicieron en minúsculas, despreciando que la Ciutat de Valéncia es el Cap i Casal del Regne de Valéncia…




















