Carles Recio
Hace algunos años en los periódicos había críticos de teatro, de música y de danza, Todo eso ha desaparecido. Ahora los esfuerzos culturales no merecen la atención de los medios, centrados solo en asuntos más crematísticos. Pero esos grupos culturales que dan su vida y su pasión por el arte siguen vivos y con potente futuro.
Me reconfortó reencontrar al Grup de Danses de Moncada en la recepción de la nueva campana en San Nicolás. Y no por el mero hecho de volver a contemplar esta agrupación, sino por observar que tienen muchos fichajes jóvenes de un porte muy elegante. Sin ir más lejos se secretaria Alicia deslumbra con sus sonrisas, que es la mejor medalla que puede lucir cualquier bailarín que se precie.
En un rincón de la Huerta de Valencia, el latido de la tradición valenciana se mantiene más vivo que nunca gracias a una institución que ha convertido la preservación de la identidad en un arte global. Nació en 1976 como una aventura juvenil y hoy, el Grup de Danses de Moncada se consolida como uno de los máximos guardianes del folklore, la música y los bailes tradicionales de la Comunitat Valenciana tras casi 50 años de impecable trayectoria.
La historia de esta agrupación comenzó a escribirse cuando un dinámico grupo de jóvenes, liderados por el impulsor Paco Tormo Vela, decidió sumar sus pasos de baile a una rondalla musical de gran nivel que ya operaba en el municipio. Lo que empezó como un cuerpo de baile local pronto se transformó, bajo la dirección de figuras clave como Merche Gracia, en un proyecto cultural de envergadura internacional.
A lo largo de sus cinco décadas, el Grup de Danses de Moncada ha ejercido como un incansable embajador de la cultura valenciana. Sus espectáculos no solo han recorrido la geografía española, sino que han cruzado fronteras para conquistar las pantallas de televisión y los festivales de países como Francia, Portugal, Suiza, Italia, Luxemburgo, Turquía, Jordania y Japón.
Sin embargo, a pesar de sus éxitos internacionales, el grupo nunca ha perdido de vista sus raíces. Su presencia sigue siendo un pilar fundamental en las citas más emotivas del calendario valenciano, siendo los encargados habituales de abrir la emblemática Dansà de los pueblos en la Plaza de la Virgen, durante las festividades en honor a la Virgen de los Desamparados en Valencia.
Más allá de la puesta en escena, el verdadero valor del Grup de Danses de Moncada reside en su labor científica y pedagógica. A través de su escuela propia, la entidad desarrolla una intensa actividad de investigación etnológica. Esta tarea les ha permitido rescatar del olvido piezas únicas de indumentaria histórica y recuperar danzas tradicionales que estaban en serio peligro de desaparecer.
Este esfuerzo por documentar el legado sonoro de la región ha quedado inmortalizado en la historia de la música tradicional. La agrupación cuenta con un archivo sonoro propio editado en diversos formatos a lo largo de los años, que incluye dos discos de vinilo (LP), casetes y un CD.
En la actualidad, el grupo mantiene una estructura robusta y profesionalizada compuesta por cerca de 45 miembros activos. Lejos de limitarse al baile, la formación funciona como una maquinaria artística completa que integra a su cuerpo de ballaors, cantaors, una rondalla tradicional y músicos especializados en instrumentos de viento, además del imprescindible sonido del tabalet i la dolçaina.
Al celebrarse el medio centenario de este grupo yo creo que estaría muy bien recordar a uno de sus integrantes más carismáticos, el recordado Claudio. Sé que hubo desavenencias y Claudio fundó otra agrupación que también fue muy famosa, pero esta celebración, como en las buenas familias, debe servir para olvidar diferencias. Y no olvido tampoco a otro bailarín tremendo como fue Alfredo Vela. Los jóvenes ya no sabrán nada de todo esto, pero deben recordarlo porque el triunfo del grupo fue la suma de muchos esfuerzos que, al cabo de 50 años, deben encontrarse en un crisol de voluntades.Con medio siglo de historia a la vuelta de la esquina, el Grup de Danses de Moncada demuestra que las tradiciones no son piezas de museo, sino elementos vivos que, cuando se cuidan con pasión, son capaces de dialogar con el mundo entero.















