Música de cine de terror en Todos los Santos: la Film Symphony Orchestra presenta «Dracul» en el Palau de la Música
Con el eco todavía vivo de su reciente Odisea, la Film Symphony Orchestra regresó a su tierra natal en una fecha tan señalada como el día de Todos los Santos, y lo hizo con un programa temático muy apropiado que, bajo el título de Dracul, reunió un repertorio de bandas sonoras de terror y otros géneros afines. De hecho, la selección osciló entre los títulos incuestionables del género y otros más cercanos a la ciencia ficción y a la fantasía familiar.
La formación, siempre dispuesta a combinar música y espectáculo visual, lució sus mejores galas post-Halloween: los músicos iban ataviados con capas mortuorias, el director Constantino Martínez-Orts vestía de rigurosa etiqueta vampírica y el escenario se decoró con candelabros, esqueletos, calabazas y demás parafernalia.

Como no podía ser de otro modo en una velada que lleva el nombre del vampiro más famoso de todos los tiempos, la orquesta arrancó con brío con el preludio que Wojciech Kilar escribió para Drácula de Bram Stoker (1992), una tenebrosa marcha fúnebre in crescendo, aliviada solo por un sensual vocalise para voz femenina, a modo de lamento trágico. Se trata de una obra única y referencial, a medio camino entre el romanticismo del siglo XIX y el sonido contemporáneo de la escuela polaca, que bebe a su vez de la música de James Bernard para el ciclo de Drácula de la Hammer o de la de John Williams para la versión de 1979.
A continuación vinieron dos referentes indispensables del celuloide terrorífico: Psicosis (1960), de Bernard Herrmann, y Tiburón (1975), de John Williams. De la cinta de Alfred Hitchcock se prescindió del famosísimo tema del asesinato en la ducha —aunque Constantino dejó caer algunos de sus compases en tono de broma— para interpretar su preludio. Concebido, como el resto de la banda sonora, únicamente para sección de cuerda (lo que el propio Herrmann llamó «música en blanco y negro»), es un obsesivo ostinato lleno de tensión que en directo resultó algo discreto.

Más entonada estuvo la tuba, arropada por la cuerda grave, en el icónico motivo de dos notas (mi-fa) dedicado al escualo de Steven Spielberg. De Williams se programó además «Devil’s Dance», de Las brujas de Eastwick (1987), una frenética danza macabra en la que el compositor, con un genial guiño al diablo que encarnó Jack Nicholson, construye la música sobre un tritono, intervalo que durante la Edad Media y el Renacimiento se conocía precisamente como diabolus in musica (el diablo en la música).
La orquesta brilló en los pasajes para violín (no olvidemos que es un instrumento asociado al demonio) y en peculiares efectos percusivos, como los de las láminas de trueno.
En un recital de estas características no podía faltar Jerry Goldsmith, una de las grandes figuras de la música cinematográfica en general y de la de terror en particular, presente con tres películas: Gremlins (1984), Poltergeist (1982) y La profecía (1976). Para la primera, la FSO se transformó casi en una big band para abordar el rítmico ragtime de la suite, que alternó con la dulzura de la melodía de Gizmo y las disonancias que representan las travesuras de los gremlins malos.
Para la pequeña Carol Anne, Goldsmith firmó en Poltergeist una nana para coro infantil que contrapone la inocencia de las voces blancas a la amenaza sobrenatural de las imágenes; un recurso impactante, aunque no del todo original, pues años antes Krzysztof Komeda en La semilla del diablo (1968) y Waldo de los Ríos en ¿Quién puede matar a un niño? (1976) ya lo habían empleado. La orquesta ofreció una versión instrumental perfectamente ejecutada, con efectos de sonido que evocaban una caja de música, pero que puso de manifiesto la ausencia de coro y desvirtuó así la esencia de la composición.
Esta misma carencia se hizo patente en La profecía, donde las masas corales asumen todo el protagonismo en una obra con la que Goldsmith redefinió el terror cinematográfico e inspiró a muchos autores posteriores. Para ello subvirtió y deconstruyó la liturgia católica y compuso «Ave Satani», una sobrecogedora misa negra cantada en latín que invoca al Anticristo, reencarnado en el pequeño Damien.
La orquesta solventó la falta de la sección coral con cuatro voces solistas que, con sus distintos registros (soprano, mezzosoprano, tenor y barítono), emularon los gritos, susurros y cánticos demoniacos de la partitura original; un colosal esfuerzo que, paradójicamente, evocó más un réquiem eclesiástico que un himno a Satán. Aun así, y pese a que la amplificación de las voces y de la percusión opacó en algunos momentos el corpus orquestal, la suite de La profecía se erigió como uno de los momentos más aterradores y apabullantes de la noche y sirvió de colofón a la primera parte.
Los clásicos Williams, Herrmann y Goldsmith dieron paso a una nueva generación de sinfonistas que dejó su impronta en el cine fantástico. De todos ellos, quizás sea James Newton Howard quien mejor recoge las enseñanzas herrmannianas en sus colaboraciones con M. Night Shyamalan, algo que la orquesta transmitió con los potentes crescendos de Señales (2002) y con el hermoso solo de violín de El bosque (2004) —una espiral melódica convertida en luz y guía de la heroína ciega— que la concertino Amanda Ochoa bordó.
Del mismo modo, la FSO desplegó todo el potencial de metales y percusión en la grandilocuente pieza de Patrick Doyle para Frankenstein de Mary Shelley (1994) y en la marcial y selvática suite de Depredador (1987), de Alan Silvestri. El temible cazador intergaláctico tuvo continuidad con un breve pero brutal fragmento de Alien vs. Predator 2 (2007), en el que Brian Tyler toma el relevo tanto de Silvestri como de los compositores del universo Alien.

Pero no todo fue oscuridad y disonancias: hubo momentos para la nostalgia con la melancólica nana para piano de Casper (1995), de James Horner; para la excentricidad con aires de vodevil con Bitelchús (1988), de Danny Elfman; y para la diversión con La familia Addams (1991), donde Marc Shaiman funde su crepuscular vals gótico con los chasquidos de dedos del mítico tema de Vic Mizzy para la serie televisiva de los sesenta.
Siguiendo esta línea de cine amable para todos los públicos, era inevitable contar con dos títulos que representan la esencia de la festividad de Todos los Santos, fecha en que la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos se desdibuja: Pesadilla antes de Navidad (1993) y Coco (2017). Pesadilla antes de Navidad es la quintaesencia del inconfundible estilo de Danny Elfman, como demostró una acertada selección que combinó los aires navideños, carnavalescos, circenses y jazzísticos de la música incidental con fragmentos de temas tan conocidos como «¿Qué es esto?» o «El lamento de Jack», cantadas por un solista disfrazado de Jack Skellington.
Por su parte, un medley con las canciones de Coco (se obvió la música incidental de Michael Giacchino) puso el broche de oro con una vistosa y colorida puesta en escena: sabor mexicano, guitarras solistas, músicos vestidos de catrinas y mariachis, y la intervención del joven Samuel Merello que, a imagen del Miguel de la película, regaló al público «El mundo es mi familia», «Un poco loco» y la emotiva «Recuérdame», que encierra un mensaje eterno: nunca nos vamos del todo mientras permanezcamos vivos en la memoria de alguien.
Aún quedó tiempo para un bis: la canción de Los Cazafantasmas (1984), en sustitución de la habitual Cantina Band, que hizo las delicias del público más vintage.
A modo de conclusión, fue una magnífica ocasión para disfrutar de la música concebida para el terror cinematográfico, un género poco habitual en las salas de concierto.
Agradecemos el ecléctico repertorio, aunque, a título personal, habríamos preferido un programa con una mayor presencia de títulos de corte terrorífico, si bien comprendemos que la selección estaba concebida para un público amplio e intergeneracional. Como recomendación final, sugerimos incorporar en futuras giras una sección coral, aunque sea testimonial; haría plena justicia a las obras concebidas para la voz humana y elevaría la experiencia en directo.
Nos vemos próximamente en una galaxia muy, muy lejana…
Roberto Tortosa
El autor de esta crítica ha pertenecido, como articulista, al equipo de redacción en publicaciones especializadas en música cinematográfica como Música de Cine o Rosebud Banda Sonora.
Ha colaborado también como crítico de cine en el diario Valencia Hui y ha escrito sobre música y bandas sonoras en la revista FTV; y sobre patrimonio histórico y cultural en la revista R&R, Rehabilitación y Restauración. También ha publicado microrrelatos en antologías colectivas.
Es autor, además, de los libros «La Valencia Insólita», «La Valencia Insólita 2» y «Conjuntos históricos de la Comunidad Valenciana».
















