Un gesto denuncia que incomoda al Poder Legislativo
En un nuevo episodio de arbitrariedad y deriva institucional en la Cámara Baja, la presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol, ha expulsado del hemiciclo a la diputada del Partido Popular, Ana Vázquez. El «delito» cometido por la parlamentaria popular no fue otro que sostener durante su intervención un bote de espray de gas pimienta, de uso comercial homologado, para graficar de forma impactante e irrefutable la alarmante falta de seguridad que sufren a diario las mujeres y niñas en la ciudad autónoma de Ceuta.
La escena se produjo durante la sesión de control al Gobierno, en el turno de réplica dirigido al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Vázquez utilizaba el pequeño envase —inofensivo y vacío en el momento de mostrarlo— como una dramática metáfora de la desprotección ciudadana en el enclave norteafricano, catalogándolo satíricamente como el auténtico «material escolar básico» con el que las madres ceutíes se ven obligadas a equipar a sus hijas para que puedan salir a la calle sin miedo.
En lugar de escuchar el fondo del problema o permitir el debate democrático sobre la degradación de la seguridad en la frontera sur, Armengol optó por desviar la atención mediante un desproporcionado formalismo punitivo. Invocando de manera retorcida el reglamento disciplinario de la Cámara, la tercera autoridad del Estado llegó al extremo de equipar un objeto de autodefensa preventiva de venta legal con la exhibición de un «arma prohibida» o de fuego.
La hipocresía de la Presidencia: del feminismo de pancarta a la censura del miedo real
La actuación de Francina Armengol evidencia una inquietante doble vara de medir y un sectarismo parlamentario pocas veces visto en la democracia española. Resulta especialmente sangriento que quien representa a un partido que se autoproclama defensor acérrimo de las mujeres prefiera silenciar la voz de las ciudadanas de Ceuta antes que admitir el fracaso de las políticas de seguridad de su propio Gobierno.
Para Armengol, el verdadero peligro no es que jóvenes y mujeres vivan con miedo a sufrir agresiones sexuales o robos con violencia en la vía pública, sino que un bote metálico de pocos centímetros ponga en evidencia en pleno horario de máxima audiencia parlamentaria la ineficacia del Ministerio del Interior. Al decretar la expulsión de Ana Vázquez, la presidenta del Congreso persiguió el objeto para eludir el problema:
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Invisibilización de las víctimas: Se acalla el testimonio simbólico de miles de mujeres ceutíes que recurren a métodos de autocuidado defensivo.
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Doble rasero normativo: Se califica de «arma» un producto homologado en armerías, mientras en el pasado la Mesa ha permitido performances, carteles ofensivos o la exhibición de toda clase de objetos por parte de la izquierda radical sin aplicar castigo alguno.
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Uso partidista de la Mesa: Armengol vuelve a actuar no como una figura neutral que arbitra el debate, sino como un escudo protector a las órdenes directas de La Moncloa y del ministro Marlaska.
Una Cámara despojada de su función representativa

La drástica orden de abandonar el recinto generó un encendido bronca en el Pleno. Mientras la bancada del Partido Popular arropó a Vázquez entre aplausos, los socios de coalición celebraban la expulsión con gritos e increpaciones, certificando la ruptura del mínimo decoro institucional. Desde la dirección del PP se tildó la decisión de «inaudita» y «desproporcionada», criticando que se penalice la utilización de elementos ilustrativos para denunciar situaciones reales de inseguridad.
El incidente del espray pimienta es solo la punta del iceberg de una legislatura en la que el Congreso se ha convertido en una caja de resonancia hipócrita. Francina Armengol, al censurar un reclamo vital sobre la vulnerabilidad de las mujeres en Ceuta, demuestra que le preocupa sustancialmente más la foto pulcra y la comodidad del Gobierno que la durísima realidad que se vive a diario en las calles de la frontera sur española.
















