Centenares de militantes dejados en la calle, bloqueos de tráfico, la prensa vetada y un minuto de silencio desganado marcan un acto volcado en el aparato y huérfano de propuestas.
VALÉNCIA — El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) ha vuelto a escenificar uno de esos episodios donde la búsqueda desesperada de la foto perfecta aplasta por completo la realidad, la organización y el mínimo respeto institucional. El mitin del secretario general y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, celebrado en el polideportivo municipal del Cabanyal, se transformó en un auténtico caos de improvisación, tensión en las calles, desprecio a los medios de comunicación y un despliegue de propaganda vacía de propuestas reales para la ciudadanía.
La dirección socialista fletó decenas de autobuses para trasladar a miles de militantes y simpatizantes desde diversos puntos con el objetivo prioritario de vender una imagen de lleno absoluto. Sin embargo, la nefasta planificación rozó el ridículo o evidenció una manipulación deliberada del espacio: el pabellón elegido cuenta con un aforo limitado a apenas 2.000 personas. Antes de abrir las puertas al público general, el recinto ya se encontraba prácticamente medio lleno debido a un exhaustivo pase de lista y a la masiva reserva de asientos para altos cargos, barones y cuadros del partido.
El resultado fue tan previsible como desastroso. Mientras las aceras colindantes se colapsaban con miles de personas intentando acceder en medio de empujones e incertidumbre, cerca de 1.000 militantes y simpatizantes que habían viajado durante horas atendiendo a la llamada de las siglas fueron dejados fuera, tirados en la calle y sin opción de escuchar a su líder.
Las propias fuentes del PSOE aseguraban que habían reunido a 5.000 personas, con lo que en un aforo de 2.000 personas habrían dejado fuera a 3.000 militantes y simpatizantes pasando frío y sin poder escuchar a su líder.
Protestas en el exterior y entrada por la puerta trasera
En el exterior, el ambiente no era menos tenso. La llegada de la comitiva presidencial paralizó por completo la circulación en la avenida de Serrería, provocando un colapso de tráfico monumental que desesperó a los vecinos del barrio. Para evitar la confrontación directa, Pedro Sánchez fue introducido por la puerta trasera del recinto.
A solo unos centenares de metros, cerca de un millar de ciudadanos indignados se congregaron para protestar contra la gestión del Ejecutivo. La comitiva oficial fue recibida entre pitadas ensordecedoras, abucheos y gritos de reprobación, a los que se sumaron vecinos desde los balcones de los edificios colindantes apoyados con megáfonos.
Cierre de filas y problemas con los medios de comunicación
La falta de respeto a la transparencia y al trabajo periodístico alcanzó cotas alarmantes. A pesar de que los medios de comunicación habían sido citados con carácter obligatorio casi una hora antes del evento y tras haber cumplido escrupulosamente con el proceso de acreditación previo, a la prensa le resultó muy difícil llegar hasta el recinto.
El equipo de organización del PSOE evidenció el blindaje del aparato del partido ante miradas independientes y preguntas incómodas.
Un show desmedido y ajeno a los problemas reales
Dentro de la pista, el acto transcurrió como un espectáculo propagandístico de espaldas a las preocupaciones reales de la sociedad. La ambientación musical corrió a cargo del grupo La Fúmiga, formación alineada con las tesis independentistas y afín al entorno de Compromís. Durante los discursos, la ministra Diana Morant y candidata a la Generalitat Valenciana protagonizó una intervención desmedida, trufada de elogios hiperbólicos hacia Pedro Sánchez y hacia el ministro Óscar Puente, caracterizada por los gritos y los gallos en la voz en un clímax de exaltación partidista.
Como mero trámite para guardar las apariencias y cumplir con el expediente del «qué dirán», la organización despachó un tibio minuto de silencio en homenaje a las víctimas del reciente accidente ferroviario en Toledo justo antes de entregarse al baile y al alboroto.
En las gradas destacó además la presencia perfectamente sincronizada de un bloque de supuestos docentes ataviados con las camisetas verdes de la huelga educativa, una escenografía orquestada para simular un respaldo social masivo.
En definitiva, el PSOE ofreció un nuevo show propagandístico carente de propuestas concretas, donde la gestión pública y los problemas cotidianos de la ciudadanía volvieron a quedar relegados en favor del marketing político y el culto a la personalidad.





















