Cicatrices en la madera del gótico: la puerta de Valencia cura sus heridas interiores
Cuando Pere Balaguer diseñó el Portal dels Serrans a finales del siglo XIV, imaginó una fortaleza inexpugnable, un arco de triunfo que gritara al mundo el poderío comercial y foral de València. Aquellos sillares de piedra picada han resistido asedios, bombardeos, la riada del 57, el derribo de las murallas en 1865 y hasta el almacenamiento de las obras del Tesoro Artístico Nacional durante la Guerra Civil. Sin embargo, la piedra, eterna y estoica, suele tener compañeros de viaje más frágiles. En el corazón de este coloso gótico, la madera ha dicho basta y sus cicatrices y heridas van a ser curadas.
Es una ley no escrita en la conservación del patrimonio valenciano: mientras la estructura desafía a los siglos, los acabados sucumben a las décadas. El Ayuntamiento de Valencia ha dado luz verde, por fin, a la restauración de las carpinterías interiores de las Torres, un proyecto que, inexplicablemente, llevaba años acumulando polvo en los cajones de la burocracia municipal mientras el sol, la lluvia y, sobre todo, el hollín de la ronda interior hacían su trabajo de desgaste.
Un historicismo de los años 60 bajo la lupa
Para el paseante despistado, las puertas que franquean el paso a las estancias nobles y a las terrazas desde donde se divisa el antiguo cauce del Turia podrían parecer tan antiguas como las dovelas de los arcos. Nada más lejos de la realidad. Las carpinterías sobre las que actuará la firma Ibaizabal Técnicos y Obras SLU son hijas del siglo XX, concretamente de las intervenciones realizas entre las décadas de 1960 y 1970.
Hablamos de un estilo historicista neogótico, ese «falso antiguo» que buscaba armonizar con la fábrica medieval mediante el uso de madera de pino y herrajes de forja. Son, en esencia, la piel interior del monumento.
La intervención, adjudicada mediante un contrato menor de 30.876 euros, abarca una superficie de actuación de 151 metros cuadrados repartidos entre la planta baja, la primera y la segunda altura.
El diagnóstico técnico es demoledor y visible a simple vista para cualquier ojo entrenado que se acerque a los portones. La madera de pino, material noble pero sediento de mantenimiento, presenta grietas profundas que recorren sus vetas como heridas abiertas. Los estratos de protección —aquellos barnices y aceites aplicados en intervenciones pretéritas— se han volatilizad o han mutado en costras oscuras.

Pero el daño más sintomático es el de los herrajes. La forja, oxidada por la humedad ambiental de nuestra ciudad y la proximidad al jardín del Turia, llora óxido sobre la madera. En algunas puertas, la desidia ha provocado la pérdida de las «puntas de diamante», esos clavos decorativos con cabeza piramidal tan característicos de la arquitectura defensiva valenciana, que se han ido cayendo sin que nadie se ocupara de reponerlos.
La factura del tráfico rodado a más de 30km/h
No podemos obviar el contexto urbano. Las Torres de Serranos no están en una urna de cristal; están en la trinchera. La fachada recayente a la calle Blanquerías soporta diariamente el paso de miles de vehículos a gran velocidad y sin respetar los límites de 30km/h para los entornos BIC. Aunque la peatonalización parcial y los cambios en la movilidad han aliviado algo la presión, la huella de carbono y las partículas en suspensión se han incrustado durante décadas en los poros de la madera. El tráfico rodado no solo ensucia; la vibración constante y los ciclos de calor y frío extremos (esa «sartén» en la que se convierte València en agosto) han acelerado la fatiga de los materiales.
La restauración llega en un momento crítico, justo cuando la degradación empezaba a amenazar no solo la estética, sino la integridad funcional de los accesos a uno de los monumentos más visitados de la Comunitat Valenciana.
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Artesanía contra el reloj: los clavos que marcan el ritmo
El proceso de restauración, que tiene un plazo de ejecución previsto de cuatro meses, se enfrenta a un desafío que trasciende la simple albañilería: la artesanía. En un mundo dominado por la inmediatez y lo prefabricado, las Torres exigen respeto a los oficios antiguos.
Según ha podido saber este diario, el inicio de los trabajos está supeditado a un suministro muy específico: los clavos de forja. No valen soluciones industriales. Se requiere un trabajo manual, de fragua y martillo, para replicar las piezas perdidas y devolver a las puertas su dignidad marcial. Se espera que este material llegue entre finales de febrero y principios de marzo. Hasta que el hierro no esté listo, la madera deberá esperar.
Es la paradoja de la restauración moderna: un contrato administrativo del siglo XXI dependiente de técnicas del siglo XV.
La Crida está a salvo
Con las Fallas en el horizonte, la pregunta es obligada: ¿Afectará esto al acto más simbólico del calendario festivo? La respuesta es un rotundo no. Las Torres de Serranos son el altar profano donde la Fallera Mayor recibe las llaves de la ciudad de manos del alcalde, y el Ayuntamiento ha blindado el evento.
Aunque es posible que se produzcan cierres puntuales en el acceso a la primera planta durante la ejecución de las obras, la operativa se ha diseñado para no interferir en la Crida. El último domingo de febrero, la pólvora y la música volverán a resonar contra los muros de Balaguer con absoluta normalidad. La restauración será, en ese momento, una labor silenciosa en segundo plano.
Una reflexión sobre el mantenimiento preventivo
Si bien la noticia de la restauración es positiva, no deja de suscitar una reflexión amarga sobre la gestión de nuestro patrimonio cultural. Que un Bien de Interés Cultural (BIC) de la talla de las Torres de Serranos —antigua prisión de nobles, puerta principal de la ciudad amurallada— tenga que esperar años y sufrir una tramitación farragosa para reparar unas puertas y unos herrajes por valor de 30.000 euros, evidencia una falta de agilidad preocupante.
El patrimonio no debería restaurarse solo cuando la grieta es evidente o el clavo se cae; debería mantenerse de forma preventiva y constante, tal y como ha denunciado en más de una ocasión la asociación Círculo por la Defensa del Patrimonio. Las Torres, que vieron entrar a reyes, obispos, cardenales (y futuros papas) y salir a presos, merecen algo más que parches de urgencia cada medio siglo. Merecen un cuidado tan constante como la admiración que despiertan en los valencianos y en quienes nos visitan. Por ahora, nos conformaremos con saber que, antes del verano, las puertas de nuestro monumento más icónico dejarán de chirriar para volver a lucir con la dignidad que la historia les exige.
















