El Hospital de la Ribera, en Alzira, atraviesa una situación que muchos usuarios ya no dudan en calificar de caótica, peligrosa e inhumana.
No se trata de un problema puntual ni de una mala experiencia aislada, sino de una forma de funcionamiento que evidencia una pésima gestión agravada por una carga de trabajo descomunal para el número real de profesionales disponibles.
Altas precipitadas, esperas interminables y una atención indigna dibujan un panorama alarmante en el hospital de Alzira, donde la sobrecarga y la falta de personal han convertido la asistencia sanitaria en una carrera contra el tiempo… que pierden los pacientes.
El resultado es un servicio sanitario que, lejos de cuidar, expone a los pacientes a riesgos evitables.
Altas en urgencias sin estar en condiciones
Uno de los aspectos más graves es la política de altas en el servicio de urgencias.
Se está dando el alta a pacientes que claramente no se encuentran en condiciones de regresar a casa, obligando a los familiares a llevárselos a pesar de desmayos, tensiones peligrosamente bajas o un estado general incompatible con una vida autónoma.
En algunos casos, ni siquiera se dignan a cambiarles la ropa por un camisón o pijama de papel, aunque se hayan hecho sus necesidades encima.
Este trato no solo es indigno, sino que vulnera los principios básicos de una atención sanitaria humanizada.
La sensación para las familias es clara: “sáquenlo de aquí cuanto antes”, aunque el riesgo sea evidente.
Pasillos colapsados y abandono del paciente
La imagen de pacientes esperando durante horas en pasillos, en camas improvisadas, se ha normalizado.
Pero lo verdaderamente alarmante es lo que ocurre cuando algo va mal.
Si una persona se escurre de la cama y queda medio colgada, con riesgo inminente de caer al suelo, parte del personal pasa de largo.
La respuesta que reciben los familiares es tan dura como reveladora: “no hay celadores suficientes, colóquenlo ustedes”.
Esto no es una anécdota, es un síntoma de abandono estructural.
No se puede responsabilizar a los familiares de tareas que requieren formación y medios, ni poner en peligro a un paciente por falta de recursos humanos derivados de una gestión deficiente.
Prisas, desatención y errores evitables
Las esperas se cuentan por horas, y cuando finalmente un profesional atiende al paciente, apenas le dedica unos segundos.
No se escucha, no se observa el conjunto del cuadro clínico, no se tiene en cuenta la evolución previa.
Es como escribir con faltas de ortografía y excusarse diciendo que se escribe rápido. No es una excusa válida.
Lo más grave es que ni siquiera se revisan los informes médicos recientes del propio hospital porque esperan que el paciente o la familia les de esa información.
Con una lectura atenta de su historia clínia, se detectarían errores como medicaciones que provocan los mismos síntomas por los que el paciente acude a urgencias.
Si una persona se desmaya cada vez que se incorpora, ¿cómo es posible que se le envíe a casa?
El colmo de la irresponsabilidad llega cuando, tras forzar el alta, el paciente sufre otro desmayo en la ambulancia, regresa a urgencias con una tensión máxima de 5, y vuelve a empezar el mismo circuito absurdo.
Eso no es mala suerte, es una negligencia derivada del colapso.
Un sistema fallido
Muchos de estos pacientes terminan ingresados como no podía ser de otra manera dado su estado.
El Hospital de la Ribera es hoy un centro colapsado, envejecido y profundamente deteriorado, una herencia de anteriores gobiernos que el actual no ha sabido ni querido corregir.
La sanidad pública no puede sostenerse a base de parches, prisas y silencios.
Aquí no falla la vocación, falla el sistema. Y cuando el sistema falla, quien paga las consecuencias es el paciente.
Un hospital inaccesible para los pueblos
A todo esto se suma un problema estructural : el acceso al hospital desde los pueblos a los que da cobertura.
En muchas localidades solo existe uno o dos autobuses al día, con horarios incompatibles con revisiones médicas, visitas a familiares ingresados o urgencias no vitales.
Esto obliga a muchas personas, especialmente mayores o con pocos recursos, a pagar cerca de 60 euros diarios en taxi para ir y volver al hospital.
Una simple revisión médica o acompañar a un familiar ingresado se convierte en un lujo económico insostenible, castigando doblemente a quienes viven fuera de Alzira.
Miles de usuarios, vecinos y pacientes urgen a que se tome el mando en este hospital y se gestione como corresponde; se contrate más personal y se invierta lo necesario para la mejora del mobiliario y edificio en general.
De momento, todo son parches.
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