El Carme Teatre volvió a demostrar este pasado fin de semana que la inclusión no es una etiqueta coyuntural sino una convicción artística firme. La compañía Danza Down llenó la sala valenciana con una propuesta vibrante, emocionante y técnicamente sólida que reafirma el compromiso del espacio con una programación diversa y de alta calidad.
Desde los primeros minutos quedó claro que no se trataba de una función simbólica ni de un gesto bienintencionado. Lo que el público presenció fue danza en estado puro: ritmo, precisión, riesgo escénico y una energía colectiva capaz de sostener cada transición coreográfica con intensidad y sensibilidad. Danza Down ha conseguido, con el paso de los años, consolidar un lenguaje propio que combina expresividad, disciplina y una profunda verdad escénica.
La historia de la compañía no puede entenderse sin la figura de su fundador, Elías Lafuente. Su trayectoria nace de una convicción sencilla y radical a la vez: la danza es un lenguaje universal que no entiende de etiquetas ni limitaciones. Formado en el ámbito de las artes escénicas y comprometido desde muy joven con proyectos sociales, Lafuente supo ver el potencial creativo donde otros solo veían barreras. Su empeño fue siempre profesionalizar la propuesta, huir del paternalismo y apostar por la exigencia artística como motor de crecimiento. Bajo su impulso, Danza Down dejó de ser una iniciativa experimental para convertirse en una compañía con identidad, repertorio y presencia estable en circuitos culturales.
Ese espíritu se mantiene vivo gracias al trabajo constante del equipo actual. Es justo felicitar a María Pilar García Rosillo por sostener la alta calidad del espectáculo y preservar el rigor que caracteriza a la compañía. Su labor ha sido clave para que cada montaje conserve coherencia estética y profundidad emocional sin renunciar a la excelencia técnica.
Del mismo modo, la incorporación de Ana Domínguez del Fresno como nueva directora abre una etapa ilusionante. Su mirada renovada se percibe ya en la construcción escénica y en la apuesta por matices coreográficos que amplían el horizonte creativo del grupo. La transición se ha realizado sin rupturas abruptas, demostrando una continuidad inteligente que respeta la esencia fundacional y, al mismo tiempo, impulsa nuevas búsquedas.
La función en el Carme Teatre no solo fue un éxito artístico, sino también un recordatorio del papel que desempeñan las salas comprometidas con la inclusión real. La preocupación de este espacio por programar espectáculos inclusivos no responde a una moda pasajera, sino a una línea de trabajo sostenida en el tiempo. Carme Teatre entiende que la diversidad en la escena enriquece al público y amplía el discurso cultural de la ciudad. Integrar propuestas como la de Danza Down en la programación general, sin compartimentos estancos ni etiquetas diferenciadoras, es una declaración de principios.
Valencia pudo comprobar una vez más que la inclusión no rebaja el listón artístico; al contrario, lo eleva al obligarnos a revisar prejuicios y a valorar la creación desde parámetros más amplios y honestos. Danza Down, bajo el legado de Elías Lafuente y el impulso actual de su equipo, continúa demostrando que la danza es un territorio donde el talento y la emoción no entienden de límites.
Elias Lafuente es el gran artista valenciano olvidado y quien debería tener una calle en nuestra ciudad por su gran labor social que perdura en el tiempo
















