Raúl José Hernández Gorrochotegui tenía 64 años cuando, en marzo de 2022, dejó Venezuela junto a su esposa y su hijo.
Cada uno llevaba una maleta y un carrión, pero, sobre todo, cargaban con una vida entera que quedaba atrás. Salir del país no fue una elección ligera, sino una consecuencia inevitable de una realidad conocida por millones de venezolanos.
Aun así, el arribo a España significó una oportunidad: empezar de nuevo, aportar, adaptarse y seguir siendo útil.
Mientras se resolvía su situación legal —en paralelo a una solicitud de nacionalidad española por origen sefardí— la familia optó por el asilo político y obtuvo la Ayuda Humanitaria.
Aquella ayuda, sin embargo, tenía una limitación decisiva: durante el primer año no podía trabajar legalmente.
Pese a ello, Raúl no se quedó quieto, trabajó en la construcción de manera informal, empujado más por la necesidad que por la comodidad.
Su voluntad de ser productivo no se detuvo ante los obstáculos administrativos ni ante la edad.
El diagnóstico que lo cambió todo
En mayo de 2023, tras acudir al ambulatorio por síntomas persistentes, llegó la noticia que partiría su vida en dos: adenocarcinoma de la unión recto-sigmoidea avanzado, estadio IV, con metástasis en ganglios, hígado, grasa presacra y actividad pulmonar bilateral.
Los médicos fueron contundentes, el pronóstico inicial fue demoledor, hablaba de apenas seis meses de vida.
Estos son algunos extractos del libro tan profundamente reveladores, contados en primera persona y que seguro muchas personas que están pasando o van a pasar por ese proceso podrán verse totalmente reflejadas:
"No podía esperar una noticia más espantosa, pavorosa y aterradora que esa. Prácticamente, para mí era una sentencia de muerte, entregada por el hospital y recibida por el condenado como una nefasta y funesta “Constancia de Notificación Mortuoria”. De aquí, directo al paredón, pensaba""Tratas de disimular tu reacción y de aparentar una hipócrita calma que no delate el miedo, la incertidumbre, las dudas y la turbación que estas experimentando y finges ante la gente y ante ti mismo que tienes el control de tus emociones"
A partir de ese momento comenzó un recorrido tan duro como impredecible: más de setenta sesiones de quimioterapia, cuatro líneas de tratamiento, cirugías mayores y menores, hospitalizaciones, colocación de stents y episodios de máxima gravedad, entre ellos un paro respiratorio.
A los efectos físicos —pérdida de casi 39 kilos, caída del cabello y de las uñas de los pies, neuropatía periférica— se sumó el impacto emocional de enfrentarse diariamente a la fragilidad del cuerpo.

Sin embargo, Raúl decidió no definirse únicamente como paciente. “Aquí sigo, enfrentando mi proceso”, afirma.
Contra todo pronóstico, el tiempo pasó y él continuó de pie, cumpliendo con los tratamientos y aceptando cada etapa sin negación, pero tampoco sin rendición, a día de hoy continúa erguido frente a todo.
El hospital como hogar inesperado
En medio de la incertidumbre, el hospital se convirtió para Raúl en algo más que un lugar de tratamiento: fue un espacio de humanidad, cuidado y respeto.
“El hospital y la Seguridad Social para mí son una maravilla”, afirma sin titubeos, con la autoridad de quien ha pasado incontables horas entre pasillos, salas de espera y habitaciones compartidas.
Desde el primer día, sintió que no era un número ni un expediente. Sus oncólogos, junto al personal de enfermería, demostraron una combinación poco frecuente de alta preparación técnica y calidez humana.
“Son capaces, abnegados y excesivamente amables”, repite con gratitud. Cada gesto —una palabra de ánimo, una explicación paciente, una sonrisa en medio del cansancio— fue un sostén silencioso en los momentos más duros.
Raúl no duda en calificar la atención recibida como “de primer mundo”, destacando la coordinación, el seguimiento constante y la calidad de los equipos médicos, que describe como “de primera categoría”.
Esa excelencia, unida a la vocación de servicio, le permitió afrontar el proceso con mayor confianza.
“Estaré siempre agradecido”, dice, consciente de que, en su lucha por la vida, nunca caminó solo.
De esta terrible vivencia nació un libro de autoayuda que trasciende no solo a él sino a toda aquella persona que atraviesa una situación similar.
Con el diagnóstico la primera noche la pasó solo en la habitación del hospital de común acuerdo con su esposa Sandra, ambos decidieron digerir esto por separado, llorar, pensar y sobre todo como afrontar esta nueva etapa.
Autorretrato de una noticia devastadora
Raúl realiza en el libro, con mucho mimo, un autorretrato de un hombre que parecía eterno, alegre y erguido, convencido de que “volar era su destino”.
Vivió confiado hasta que la fatalidad reveló otros planes y “su vida estaba seriamente comprometida”.
Un “monstruo, en forma de tumor maligno”, se aferró a sus entrañas, devorando cuerpo, sueños y futuro.
El miedo, la rabia y la culpa lo cercaron ante máquinas invasoras y luces amenazantes, sintió su cuerpo ajeno, parasitado y frágil.
Se enfrentó a la pregunta brutal: “¿por qué a él?”. Luchó por no caer ante ese enemigo “desalmado”, intentando sobrevivir mientras la vida misma era puesta a prueba final.
«en los días posteriores al diagnóstico cuando comienza la verdadera lucha, que no es contra esa escalofriante realidad, sino contra uno mismo» así relata en su libro el inicio de la lucha interior.
De todo esto que no es poco, nace este libro.
El Amor como Medicina: La Batalla de Sandra y Raúl
El diagnóstico de una enfermedad terminal no solo afecta al paciente; transforma por completo la estructura emocional y económica de quienes lo rodean.
Para Sandra de Lima, el día que conoció la gravedad de la salud de su esposo, Raúl Hernández, sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies. Sin embargo, en medio de la devastación, Sandra emergió no solo como cuidadora, sino como el pilar fundamental de una fe inquebrantable.
Desde el inicio, Sandra alentó a su esposo en la decisión consciente de no «casarse» con el diagnóstico médico negativo, sosteniendo la creencia de que la ciencia no siempre tiene la última palabra.
Esta postura ha sido vital para transitar tres años de lucha, superando con creces la expectativa inicial de vida de apenas seis meses.
«En este proceso, he aprendido la importancia del silencio y el respeto a los espacios», ha priorizado a su esposo en ese sentido, entendiendo que el acompañamiento familiar debe ser sereno y no invasivo ante el malestar del enfermo.
Imagen de las navidades de 2025:

La travesía ha sido especialmente compleja debido a su condición de inmigrantes venezolanos en España.
Sandra destaca con gratitud la atención del Hospital Arnau, reconociendo que en su país de origen la realidad habría sido fatal por falta de recursos.
A pesar de la carga económica que ahora recae exclusivamente sobre ella y el dolor de ver a su compañero físicamente transformado, Sandra reafirma que el amor todo lo puede y todo lo soporta.
Su historia no es solo una de enfermedad, sino un testimonio de cómo la devoción y la unión familiar pueden convertirse en la medicina más poderosa.
A medida que pasan los días y las quimios adviertes que, aunque siguen siendo duras y muy fuertes, las secuelas son cada vez un tanto menos intensas
El arte como refugio y voz para soportar los días
Antes de la enfermedad y del exilio, Raúl había transitado múltiples oficios en Venezuela.
Pero hubo constantes que nunca abandonó: la pintura, la música y la escritura. Las artes no eran un pasatiempo, sino una forma de entender el mundo y de explicarse a sí mismo.
Esa vocación creativa se mantuvo incluso en los momentos más difíciles.
En Amazon tiene publicados varios libros:
- Cuatro Vidas de Escapes, que reúne una fábula musical y tres cuentos urbanos.
- Desvaríos, Sombras y Siluetas, un poemario
- Más recientemente, Domando al Monstruo, el primer capítulo del testimonio de su enfermedad. Este último, de menos de cien páginas y de lectura accesible, narra en primera persona su experiencia como paciente oncológico.
En sus páginas, Raúl describe las salas de espera, los laboratorios, los hospitales y, sobre todo, el impacto interior del diagnóstico. “El cáncer se convierte en una lucha permanente entre mente y espíritu”.
Para él, el verdadero combate no se limita a lo físico, sino que se libra en el terreno de las emociones, los pensamientos y la fe.


Este es el enlace de Amazon para poder comprar el libro, no solo se contribuye a entender sino a sustentar una parte de la economía que, él desgraciadamente no puede aportar a su casa, es un libro que ayuda de verdad en todos los sentidos.
Continuamos con algunos extractos:
"Solo quienes estamos sentados o acostados por varias horas y conectados a diferentes soluciones y vías de infusión, más el tratamiento de quimioterapia en sí, sabemos lo que eso significa"
"Una actitud positiva a la hora de asistir al tratamiento es esencial, al igual que la confianza en los oncólogos y en la medicina moderna"
"Tenemos que tener mucho cuidado con la depresión ... no debemos abrirle las puertas para que entre"
Espiritualidad, dignidad y propósito
Domando al Monstruo no es un libro médico ni pretende ofrecer recetas milagrosas.
Su intención es otra: compartir herramientas emocionales y espirituales que ayuden a no caer en la desesperación.
Raúl insiste en que cada paciente vive la enfermedad de manera distinta, pero que existe un punto común: la necesidad de fortalecer el espíritu.
“Es el espíritu quien debe tomar el mando”, sostiene.
Según su visión, una mente dominada por el miedo y la lógica más cruda puede alimentar la negatividad, mientras que una espiritualidad sólida permite afrontar la realidad con aceptación, sin falsas expectativas, pero con dignidad y ganas de vivir.
Su fe ocupa un lugar central en ese proceso. “Estoy en manos de Dios”, repite con serenidad.
No puedes ir a una cita de trabajo suponiendo que no te van a contratar. No puedes ir a un ciclo de quimioterapia creyendo que no eso va a servir de nada. Hay que adelantarse a la mente y no dejarla que divague y elucubre.
Esa convicción no elimina el dolor ni las dificultades, pero le otorga sentido y dirección.
Hoy por hoy, aunque no puede trabajar de forma estable y su salud limita sus fuerzas, pinta cuadros por encargo cuando su salud le permite, participa en grupos de poesía y escritura y continúa creando.
Raúl no mide el éxito de su libro en cifras de ventas. Su aspiración es más humilde y más profunda:
“Si mi libro sirve para ayudar tan siquiera a una sola persona, me doy por satisfecho”.
Actualmente escribe el segundo capítulo de su testimonio, convencido de que su historia aún no ha terminado, en él cuenta, detalladamente que durante el paro cardiaco que le sobrevino en el hospital, de aproximadamente cuatro minutos y medio, tuvo y vivió en carne propia una ECM (Experiencia Cercana a la Muerte).
La suya es una vida marcada por el exilio, la enfermedad y la pérdida, pero también por la resiliencia, la creatividad y la fe.
Un recordatorio de que, incluso en los escenarios más adversos, todavía es posible aportar, amar y dejar una huella.
Divulgación
Evidentemente las historias de este calado se escriben para ser contadas, ser inspiración y ayuda para comprender algo que resulta incomprensible.
De todo este bagaje y aprendizaje nace también una ilusión por dejar una impronta de un testimonio vital que ayude a otros a la vez que se ayuda a sí mismo.
Es por ello que la divulgación es una parte fundamental más aún cuando el tiempo corre en contra.
Un libro de 75 páginas, emocionante a todos los niveles, de lectura sencilla y amena que todos deberíamos leer al menos una vez en la vida.
Cualquier entidad o asociación que desee recibir a Raúl
para contar de primera mano su experiencia y poder responder algunas preguntas que quizá sean relevantes y de ayuda para muchos, pueden contactar en el teléfono de su esposa Sandra que muy generosamente atenderá.
También se pueden encargar libros via whatsapp o telefónica: Sandra : 674 48 04 44
Comprar este libro es comprar esperanza en todos los sentidos de la palabra.
















