El ajolote mexicano es una de las dos especies protagonistas de la nueva exposición de Melanie Smith. La otra es un sorprendente caracol cuya secreción cambia con la luz hasta convertirse en púrpura. Cerca de 40 obras exploran qué ocurre cuando una especie sobrevive como imagen mientras peligra en la naturaleza.
Es uno de los animales más reconocibles de México. Aparece en productos comerciales, aplicaciones, campañas y hasta billetes.
Y, sin embargo, el ajolote está en una situación crítica en su hábitat natural.
Esta contradicción es el punto de partida de una de las dos historias que pueden descubrirse en la nueva exposición del IVAM de Valencia.
La artista Melanie Smith ha reunido cerca de 40 obras para hablar de extinción y de nuestra relación con otras especies sin convertir la muestra en una sucesión de imágenes catastrofistas.
¿Qué tiene de especial el ajolote?
Muchísimo.
Este anfibio procede del Valle de México y posee una apariencia tan singular que su popularidad ha crecido enormemente.
Pero precisamente ahí aparece la paradoja que interesa a la exposición.
Cuanto más famoso se hace el ajolote como imagen, más comprometida está su supervivencia en la naturaleza.
Puede vivir en cautividad y mantenerse como mascota mientras prácticamente desaparece de los ecosistemas de los que procede.
Su piel puede revelar la contaminación
Hay otra característica especialmente interesante.
El ajolote tiene una piel muy permeable y extraordinariamente sensible a pesticidas y otros contaminantes.
Eso permite que funcione como bioindicador: su situación puede proporcionar información sobre el deterioro ambiental de su entorno.
La exposición pregunta entonces qué entendemos por salvar una especie.
¿Basta con que existan ejemplares en cautividad aunque desaparezcan de la naturaleza?
Y después aparece el tixinda
La segunda mitad de la historia tiene un protagonista completamente diferente.
El tixinda es un caracol púrpura que actualmente habita en las costas de Oaxaca, en México.
Produce una secreción con una característica sorprendente: al entrar en contacto con la luz del sol, va transformándose hasta alcanzar un intenso tono púrpura.
Y ese color conecta al pequeño molusco con una historia antiquísima.
El púrpura fue durante siglos símbolo de poder
Los pigmentos púrpura obtenidos de moluscos llegaron a estar relacionados con la nobleza y las clases dominantes.
Civilizaciones como la fenicia y la romana desarrollaron actividades destinadas a obtener estos preciados colores.
La exposición utiliza esta historia para hablar también de la explotación humana de los recursos del mar y de cómo nuestra relación con otras especies está condicionada por el valor que les atribuimos.
¿Qué se puede ver en el IVAM?
La muestra se titula ‘Solo una cosa era extraña, seguir pensando como antes’ y reúne cerca de 40 obras.
Hay pinturas, dibujos, esculturas y vídeos.
No pretende funcionar como una exposición de ciencias naturales. Melanie Smith mezcla realidad, historia y ficción para que sea el visitante quien establezca las conexiones.
Los dos animales protagonizan proyectos diferentes realizados en 2025, pero dentro del museo ambos relatos terminan dialogando.
Una exposición para salir haciéndose preguntas
La cuestión de fondo no es únicamente si desaparecerán el ajolote o el caracol púrpura.
La exposición quiere llevar al visitante mucho más lejos: ¿cómo miramos a los animales?, ¿qué significa conservar una especie?, ¿puede algo desaparecer de la naturaleza y al mismo tiempo multiplicarse como producto comercial?
El IVAM convierte así a dos pequeñas criaturas en protagonistas de una reflexión enorme.
Porque la paradoja del ajolote resulta difícil de olvidar: podemos encontrarnos su imagen por todas partes mientras el auténtico animal lucha por continuar existiendo en el lugar del que procede.



