El laberinto de la fuente perdida de Benimaclet: del orgullo republicano de 1931 al oasis oculto en un patio escolar
La historia urbana de Valencia está escrita en los fragmentos de su patrimonio desplazado. A veces, los monumentos públicos que presiden la vida cotidiana de un barrio no desaparecen por simple destrucción, sino que son engullidos por los vaivenes políticos, las urgencias de la motorización del siglo XX y la opacidad administrativa.
Este es el caso de la fuente «monumental» de la plaza de Benimaclet, una pieza que durante décadas fue un fantasma de la memoria oral y que hoy, gracias al cruce de investigaciones en archivos y al poder de la memoria colectiva digital, sabemos que sigue viva, resguardada de las miradas públicas en el patio de una escuela. Y aquí conviene precisar un dato esencial, verificable en los documentos del propio centro: esa escuela, el CEIP Comunitat Valenciana, no está en Benimaclet, sino en el vecino distrito de Campanar.
Octubre de 1931: el nacimiento de un símbolo de modernidad democrática
Para comprender el valor original de la fuente es imprescindible viajar en el tiempo hasta octubre de 1931, una fecha marcada con fuego en la historia contemporánea de España. Apenas seis meses antes, en abril, se había proclamado la Segunda República Española. El Ayuntamiento de Valencia, imbuido de un profundo espíritu de renovación, higiene pública y dignificación ciudadana, comenzó a implementar planes de mejora en las periferias urbanas y en los antiguos pueblos anexionados —Benimaclet lo había sido en 1878—, colectivos tradicionalmente desatendidos por el consistorio central.
Benimaclet, que mantenía intacta su fisonomía de núcleo agrícola fuertemente vinculado a la huerta, recibió con entusiasmo las noticias de su paulatina integración en los servicios modernos de la urbe.
En ese contexto, un breve pero valiosísimo recorte de prensa de la época (La Correspondia de Valencia, 1 de octubre de 1931), facilitado en el transcurso de la investigación por el historiador y cronista de Valencia, Vicent Baydal, reflejaba bajo el titular «MEJORAS EN BENIMACLET» dos hitos fundamentales: la proyección de una acera peatonal en el histórico camino que pasaba por donde estuvo la alquería del Oli y, de manera destacada, el inicio de las obras para instalar una fuente «monumental» en la plaza principal, frente a la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora.

Aquella fuente no era, presumiblemente, un simple capricho ornamental. En la Valencia de principios de los años treinta, dotar a una plaza de una fuente pública con farolas de fundición representaba un avance de primer orden para la vida vecinal, que dejaba de depender en exclusiva de los pozos domésticos y de las acequias de la huerta. Instalada en el corazón político, social y cívico del barrio, la pieza se convirtió con el tiempo, en la memoria colectiva, en un símbolo del reformismo municipal de la Segunda República: un monumento al progreso que transformaba un espacio de tránsito en un verdadero foro de reunión vecinal.
El misterio de la desaparición: el coche contra el agua
El idilio de Benimaclet con su fuente monumental fue relativamente corto. A medida que avanzaban las décadas de 1940 y 1950, el mapa social y económico de la Valéncia de la posguerra cambió radicalmente, y con él las prioridades de ordenamiento urbano.
La plaza de Benimaclet, concebida originalmente para el trasiego de carruajes, peatones y la instalación del mercado ambulante de abastos, empezó a sufrir la presión de la motorización masiva. Los planificadores urbanos de mediados de siglo vieron en las fuentes monumentales exentas y centrales un obstáculo insalvable para la fluidez del incipiente tráfico rodado. Para «ganar espacio» útil en favor del coche, el patrimonio peatonal fue sistemáticamente retirado, según el recuerdo consolidado de los vecinos.
Hacia el año 1957, según coinciden en señalar los testimonios de los vecinos más mayores del barrio, la fuente ya no presidía la plaza. Se había esfumado sin dejar rastro documental claro, convirtiéndose en un recuerdo difuso transmitido entre generaciones. Durante casi setenta años, la pregunta quedó suspendida en el aire: ¿dónde había ido a parar aquella imponente estructura de pilas y farolas de hierro?
Los detectives del patrimonio: de los archivos a las redes sociales
La resolución de este enigma urbano no ha sido obra de la casualidad, sino del esfuerzo conjugado de historiadores, divulgadores y plataformas de recuperación de la memoria gráfica local, tal como ha reconstruido la investigación divulgada por CaminArt, conjuntamente con Roberto Tortosa (La Valencia Insólita). El engranaje comenzó a rodar cuando el historiador valenciano Vicent Baydal localizó y difundió una fotografía histórica procedente del Archivo Histórico Municipal de Valencia. En dicha imagen se observaba con nitidez la plaza de Benimaclet en su configuración de la primera mitad del siglo XX, mostrando la fuente en su ubicación primigenia como el eje central sobre el que pivotaba la vida del barrio.

El hallazgo visual de Baydal encendió las alarmas de los colectivos dedicados a la protección del patrimonio valenciano. Fue entonces desde CaminArt —colectivo especializado en rutas e investigación histórico-cultural que desde 2013 difunde el patrimonio de la ciudad— recogió el testigo. Al analizar minuciosamente la imagen del Archivo Municipal, cruzaron la información con otra pista clave: una fotografía que les había enviado años atrás el investigador Roberto Tortosa, alma máter del prestigioso proyecto de divulgación La Valencia Insólita.
Al superponer las evidencias visuales de ambas investigaciones, sus autores concluyeron que el misterio estaba resuelto. La fuente monumental que Benimaclet creía perdida no había sido destruida ni fundida para chatarra durante la posguerra: se encontraba a resguardo del ojo público dentro de los terrenos de una institución escolar del distrito de Campanar. La identificación se vio reforzada por canales de documentación comunitaria como el perfil local de Instagram @poble.benimaclet, espacio virtual que actúa como repositorio de la microhistoria del barrio y que ha servido para contrastar imágenes y testimonios que fijaban el rastro geográfico exacto de la pieza.

La escala en el preventorio de San Francisco Javier y la fotografía de la colección de Rafael Solaz
El itinerario seguido por la fuente desde que fue arrancada de la plaza de Benimaclet hasta su llegada al colegio ilustra, según la investigación, la escasa consideración que la posguerra dispensó al patrimonio público. Las aportaciones de archivos gráficos de primer nivel, como las colecciones del investigador y bibliófilo Rafael Solaz, han permitido reconstruir la estación intermedia de este viaje.
Una extraordinaria fotografía de época, difundida en la investigación y asociada a las colecciones de Solaz, nos introduce en el interior del Grupo Benéfico «San Francisco Javier», levantado en la finca del Molino de Lluch, en el Camino de Tránsitos de Campanar. Este macrocomplejo benéfico-educativo, proyectado por el arquitecto Antonio Gómez Davó a partir de 1940 por iniciativa del gobernador civil Francisco Javier Planas de Tovar, presidente de la Junta Provincial de Protección de Menores, fue inaugurado oficialmente el 31 de julio de 1946 por el ministro de Justicia Raimundo Fernández Cuesta. Funcionaba como un severo preventorio para jóvenes desamparados o en conflicto con la ley, con dependencias que incluían desde enfermería y recreo cubierto hasta celdas de reflexión.

La imagen revela una paradoja sobrecogedora: en mitad de unos jardines de diseño geométrico y setos rígidamente recortados, frente al imponente conjunto de estética neoárabe —con arcos de herradura, cúpulas semiesféricas y una iglesia exenta inspirada en la Alhambra de Granada, que aún se conserva en pie—, se erigía la fuente de Benimaclet. Todo parece indicar que, para dotar de prestancia y solemnidad a la nueva institución estatal, las autoridades del momento trasladaron hasta allí la infraestructura municipal de un barrio periférico.
El monumento que nació para celebrar la llegada del agua pública a una plaza vecinal acabó convertido en una pieza de ornato central para un centro de reclusión y control social de menores. La fotografía documenta además la fisonomía completa de la pieza en aquel momento: un robusto fuste central rematado por una farola y coronado, según se aprecia en la imagen, por una figura escultórica de corte religioso que la investigación interpreta como una adición posterior al traslado.
El destino final: el patio del CEIP Comunitat Valenciana
Cuando el viejo preventorio de Campanar inició su desmantelamiento, la fuente no volvió a la plaza de Benimaclet —ya plenamente integrada en la trama del tráfico moderno—. Según la investigación, permaneció en el distrito de Campanar. En marzo de 1979, el Consejo Superior de Protección de Menores encargó al arquitecto Camilo Grau García el proyecto de un nuevo colegio que sustituyera al complejo, y en los años ochenta el preventorio fue demolido, con la única excepción de la iglesia y de la tapia que cerraba el recinto.
La fuente fue asignada, siempre según la investigación, a las nuevas infraestructuras educativas de aquellos terrenos: hacia 1986, con la puesta en marcha del actual colegio público CEIP Comunitat Valenciana (avenida de Pío XII, 34, Campanar), la pieza quedó instalada en mitad de su patio escolar. [Fecha y continuidad entre el colegio proyectado en 1979 y el centro actual: pendientes de confirmar con el propio colegio o con la Generalitat.]

El valor del hilo de investigación abierto por CaminArt en sus canales de difusión radica en cómo la historia académica se ha visto completada por la fuente directa de la memoria vecinal, cuyos comentarios en redes sociales han aportado detalles que ningún documento oficial recoge —recuerdos valiosísimos que conviene presentar como memoria viva, no como hechos administrativos acreditados—.
El testimonio de Pilar Peiró. Esta vecina de Benimaclet proporcionó, en los comentarios de la investigación, un relato fundamental: siendo una niña, había jugado en los entornos de las dependencias asociadas a la institución de menores y recordaba perfectamente haber presenciado el momento del traslado de la fuente hacia su ubicación en los terrenos de la actual escuela, sirviendo su memoria como el eslabón perdido entre el preventorio y el centro educativo.
La experiencia de los antiguos alumnos. Exalumnos del centro han aportado datos precisos sobre las transformaciones sufridas por la pieza por motivos funcionales. Varios de ellos recuerdan que cuando la escuela abrió sus puertas a mediados de los años ochenta, la fuente mantenía un llamativo y característico color verde antiguo que recubría todo el metal de su fuste.
La retirada de las pilas por seguridad. Otros antiguos estudiantes que pasaron por las aulas a finales de los años noventa arrojaron luz sobre la mutilación parcial del monumento. Según explican en los comentarios de la investigación, las grandes pilas o «bañeras» inferiores de piedra que recogían el agua tuvieron que ser retiradas por la dirección del colegio por motivos de seguridad infantil, ya que los niños tropezaban o trepaban por ellas durante las horas de recreo. Por ello, hoy en día solo sobreviven el fuste y la estructura vertical de hierro.
Conclusión: el patrimonio invisible que aguarda su momento
El viaje de la fuente monumental de Benimaclet sintetiza casi un siglo de transformaciones urbanas en Valencia. Nacida bajo la luz del reformismo republicano de 1931, trasladada en la posguerra a un preventorio de Campanar y finalmente reubicada, según la investigación, en el patio del colegio que hoy atiende a los escolares de aquel distrito, donde ha sido testigo mudo de los juegos infantiles de varias generaciones, la pieza aguarda una puesta en valor definitiva.
Conviene subrayarlo: la fuente no volvió a su plaza. Tras casi un siglo de odisea, descansa en el patio de un colegio de Campanar, lejos del espacio público peatonalizado de Benimaclet. Gracias a la labor de rastreo de Vicent Baydal, Roberto Tortosa, CaminArt, Poble de Benimaclet y las colecciones de Rafael Solaz, respaldadas por la valiosa memoria viva de vecinas como Pilar Peiró, la fuente ha dejado de ser un mito olvidado para convertirse en una realidad constatable.
El desafío futuro de las instituciones locales radica ahora en decidir si este icono del civismo del siglo XX debe permanecer confinado como un secreto escolar o si, por el contrario, ha llegado el momento de que regrese de verdad a su barrio, al espacio público de Benimaclet, para devolver a los vecinos el fragmento de historia que les fue arrebatado.












