VALÉNCIA. – La noche valenciana ha perdido de manera definitiva uno de sus destellos más singulares, magnéticos y transgresores. Miguel Brass, el eterno maestro de ceremonias que hizo vibrar las noches de la ciudad con el esplendor del music-hall durante los años 70 y 80, ha fallecido en Valéncia. El icónico artista, que en sus últimos años de vida residía con total tranquilidad en el barrio de Benimaclet, se marcha dejando un vacío irremplazable en la historia cultural y nocturna de la capital del Turia.
Según han confirmado fuentes cercanas, su cuerpo será velado desde esta tarde a las 18:00 horas en el Tanatorio Municipal de Valéncia. Mañana, a las 10:15 horas, se celebrará una misa en su honor en las mismas instalaciones, previa a su incineración, programada para las 11:00 horas. Con su partida se apaga una voz grave y libre que plantó cara a los prejuicios de una España en plena Transición.
El viaje a la península: de la vocación frustrada a la farándula
La vida de Miguel Brass, nacido originalmente bajo el nombre de Pedro Miguel Herrera en las Islas Canarias, estuvo marcada por los giros del destino. De joven, su mayor ambición era una sorprendente vocación espiritual: quería ser sacerdote. Le atraía la liturgia católica, un ritual que él mismo definía como «el mayor espectáculo del mundo». Sin embargo, el destino le deparaba una dura revelación familiar al descubrir que sus padres no estaban casados y que, bajo los rígidos estamentos de la época, su condición de hijo ilegítimo le impedía vestir los hábitos.
Aquel dolor, sumado a la necesidad de escapar de los límites geográficos de Gran Canaria, le empujó a embarcarse rumbo a la península con solo 16 años. Tras recalar en Torremolinos —donde coincidió con figuras de la farándula como Bibiana Fernández—, el destino lo cruzó con el ventrílocuo José Luis Moreno. Fue él quien le advirtió que su nombre real carecía de gancho artístico y rebautizó su profunda voz de galán como Miguel Brass.
Su posterior llegada a Barcelona lo introdujo en el místico club Barcelona de Noche. Allí encandiló a la vedete trans Dolly van Doll, estrella indiscutible del momento, quien vio en él un carisma magnético. Brass comenzó presentando el espectáculo Azulísimo, ataviado impecablemente con traje y chistera azul, forjando una alianza artística que cambiaría el rumbo de la noche española.
Valéncia en el horizonte: el desembarco que transformó una ciudad
El verdadero idilio de Miguel Brass con el éxito absoluto comenzó con su llegada a Valéncia. Atraído por la ambiciosa visión de Dolly van Doll de importar el concepto del music-hall internacional, el canario aceptó convertirse en el director artístico y conductor de las noches de un local que haría historia: Belle Epoque.
Ubicada en el número ocho de la calle Cuba, en pleno corazón del barrio de Ruzafa, la sala sacudió los cimientos de la Valéncia de los años 70 y 80. Miguel Brass se erigió como un equivalente mediterráneo de Joel Grey, emulando al maestro de ceremonias de la película Cabaret. Con la cabeza rapada al estilo de Yul Brynner y un laborioso maquillaje que tardaba horas en perfeccionar —cuyo primer diseño fue el famoso rayo de David Bowie—, Brass capitaneó un show de comedias musicales y playbacks perfectos que atraía a todas las celebridades que visitaban la ciudad. Durante diez años ininterrumpidos, de lunes a lunes, hizo de Valéncia la capital del brillo y la vanguardia nocturna.
A mediados de los 80, expandió su leyenda en la ciudad transformando la Sala Xúquer en Le Paradís de la mano del humorista Eugenio, para luego regresar a la emblemática calle Cuba. Valéncia ya se había convertido en su hogar definitivo, el lugar donde conoció a su esposa y del que jamás quiso mudarse.
Las tablas con Lola Herrera, la televisión y los últimos años
Tras cerrar su etapa dorada en el music-hall, el talento de Brass llamó la atención de la gran actriz Lola Herrera, con quien compartió una estrecha amistad y una exitosa gira nacional con la obra Jugando a vivir, que cosechó un rotundo éxito en el Teatro Principal de Valéncia. Posteriormente, su carrera discurrió durante siete años como animador en los cruceros por el Mediterráneo del buque Don Juan.
A su regreso a tierra firme, la televisión valenciana reclamó su presencia. De la mano del periodista Baltasar Bueno, Brass se incorporó a las pantallas de Canal 13 y posteriormente colaboró en Canal 9, devolviendo parte del esplendor de sus años dorados a la audiencia autonómica.
Sus últimos años profesionales en la sala Lady’s no estuvieron exentos de amargura, lidiando con el declive de un público nocturno que empezaba a perder el respeto por el escenario y refugiándose temporalmente en el alcohol, un bache que logró superar con entereza. Retirado definitivamente desde los 65 años, Miguel Brass pasó su última etapa vital en la placidez de Benimaclet, despojado de complejos y recordando con orgullo una máxima que definió su identidad libre: «Yo soy bisexual y nunca me he acostado con un hombre o una mujer, yo siempre me he acostado con personas». Hoy, Valéncia despide al hombre, pero su leyenda en el escenario permanece imborrable.
D.E.P el animador de la revista valenciana.
fotografía: casa del artista
















