A veces la vida presenta paradojas divertidas. Pocas mujeres en Valencia tienen unas convicciones republicanas más fuertes que Teresa Jordán, y resulta que uno de sus mejores papeles en el teatro valenciano como actriz fue cuando interpretó a la reina Federica de Grecia. Además ahora se ha convertido en reina del puesto más histórico de lo que unos llaman el rastro de Valencia pero que antiguamente se denominaba “los encantes”.
Para entender esta historia hay que conocer a Rafael Jordán, el anciano rey de los encantos que debido a su avanzada edad ha decidido abdicar en su hija. Durante algunas semanas parecía que la tienda había cerrado, pero ahora la dinastía continúa. Cuando entras al rastro por la avenida de Serrería el primer puesto que te recibe es esta tienda que estuvo anteriormente en el rastro del estadio del Mestalla, antes en el viejo hospital y más atrás la legendaria plaza de Nápoles y Sicilia.
La tienda sin rótulo de Don Rafael, ahora de doña Teresa, no es más que una hilera de tablones desgastados sobre dos caballetes, pero en ese rincón del mercadillo dominical se concentra más sabiduría que en la mayor de las bibliotecas. Lleva muchas décadas apostado en el mismo sitio, bajo la sombra intermitente de un plátano de sombra, viendo pasar las estaciones y las modas literarias con la paciencia de los árboles. Sus manos, agrietadas por el roce constante del papel viejo y el frío de las mañanas de invierno, se mueven entre lomos gastados con una familiaridad casi religiosa.
Don Rafael no es un simple vendedor de libros de segunda mano; es un diagnosticador de almas. Posee una psicología fina, destilada a lo largo de los años observando el caminar, la mirada y el titubeo de los paseantes. No necesita que le pidan un título concreto. Le basta ver cómo un cliente pasa los dedos por una cubierta, la timidez con la que levanta la vista o el suspiro contenido ante un grabado antiguo. En su mente se activa un engranaje perfecto: asocia un rostro a un aroma de páginas amarilleadas. Con una puntería que roza la brujería, rescata del fondo de una caja un volumen polvoriento, lo extiende con una sonrisa cómplice y dice: «Llévese este. Me lo agradecerá». Nunca se equivoca.
Pero el verdadero hechizo de Don Rafael comienza una vez que ha descifrado tu código personal. La compra en su puesto jamás es un acto frío de intercambio de monedas. Si el libro elegido trata, por ejemplo, sobre las antiguas rutas de navegación en el siglo XVIII, el viejo librero te envolverá en una conversación donde los datos históricos se mezclan con la leyenda. Te hablará de un marinero real que conoció en su juventud, de cómo los mapas antiguos escondían monstruos en los márgenes por puro miedo al vacío, o de cómo el olor a salitre cambia según el océano que cruces.
Cada ejemplar que vende viene acompañado de un caudal de relatos orales, anécdotas apócrifas y vivencias propias que expanden el universo de las páginas impresas. Escucharlo es como abrir un segundo libro, uno invisible y vivo, que solo él sabe recitar. Al final, el cliente no solo se lleva a casa una obra de segunda mano con el aroma nostálgico del pasado, sino también el eco de una voz que convierte el mercadillo en el centro del mundo.
Ahora ese monarca de la cultura valenciana le ha pasado el cetro a su hija, y es bien seguro que mantendrá el pabellón muy alto. Que lástima que el ayuntamiento de Valencia y el resto de instituciones públicas no reconozcan el valor cultural de estos encantos que deberían de estar, todos los domingos, en el centro de Valencia. Nuestra historia como Reino de Valencia abanderado de la imprenta internacional desde el Siglo de Oro así lo demuestra. Dios salve a la Reina de los Encantos y también a todo el “mercavell” de Valencia.
















