Las danzas tradicionales han protagonizado la matinal de la Cabalgata del Convite en el centro histórico, antes de que el agua aliviara las altas temperaturas y bautizara a la ‘Degollà’.
VALÉNCIA. – El centro histórico de Valencia volvió a convertirse este domingo en el epicentro de la tradición y la devoción popular con la celebración de la emblemática Cabalgata del Convite, uno de los actos centrales de la 671 edición de la Festa Grossa. En una jornada marcada por una afluencia masiva de público, los valencianos y visitantes desafiaron un termómetro implacable en un ambiente de intenso calor que acompañó cada uno de los actos programados.
Durante la mañana, las danzas tradicionales se convirtieron en las absolutas protagonistas del recorrido. Tras el paso de la Sección de Caballería de la Policía Local con uniforme de gala y la invitación formal del Capellán de las Rocas, las calles del Cap i Casal se inundaron de la música del tabal i la dolçaina. El público asistente pudo disfrutar de las rítmicas exhibiciones de los Gigantes y Cabezudos y de los milenarios bailes del Corpus, entre los que destacó con fuerza la danza de La Moma y los Momos, que simboliza la lucha y el triunfo de la Virtud sobre los Siete Pecados Capitales, acaparando las miradas y los aplausos de toda la comitiva matinal.
La esperada tregua de la ‘poalà’
Sin embargo, el momento álgido y más esperado por la multitud —este año más si cabe debido a las sofocantes temperaturas— llegó en el último tramo del desfile, concretamente al adentrarse la comitiva en las estrechas calles de Avellanas y Cabillers.
Allí hicieron acto de presencia los miembros de la comparsa de la ‘Degollà’ (conocidos popularmente como los «trogloditas» por su singular vestimenta de arpillera y sus rostros pintados), quienes representan a los soldados del rey Herodes en el pasaje bíblico de la matanza de los Inocentes. Armados con sus simbólicos bastones y persiguiendo de forma desenfadada a los asistentes, el ambiente festivo alcanzó su punto de ebullición.
Fue en ese instante cuando se cumplió la arraigada tradición de la ‘poalà’. Los vecinos de los balcones colindantes, provistos de cubos, arrojaron grandes cantidades de agua para refrescar el ambiente al final del trayecto, cumpliendo con el ritual de bautizar a los «trogloditas». Esta copiosa lluvia popular no solo sirvió para aliviar el sofocante calor reinante, sino que desató el delirio y las sonrisas de los participantes, poniendo el broche de oro a una matinal inolvidable de la 671 edición de la gran fiesta de la ciudad.




















