La “correguda de joyes” de Pinedo, último tesoro ecuestre del Reino de Valencia, ha vivido esta semana su fiesta grande con el despliegue de la pista de carreras a la sombra de la Cruz de la playa. La belleza de los caballos venía ratificada por la fuerza y la energía de muchachos y muchachas que se han decidido a cabalgarlos a pelo, sin silla, y muchos de ellos descalzos. Con el galopar de estos animales se levanta una nube de arena que nos retrotrae a tiempos pasados, cuando los caballos eran, en la Huerta de Valencia y en los arrozales de la Albufera, medios de transporte e instrumentos de trabajo.
Mucha juventud ha corrido en estas carreras, pero en todas ellas ha llamado la atención el dorsal número 13, Pablo Torrentí, tanto solo como en compañía de su amigo Dani. Pero es que en cada pose que adoptaba Pablo estaba tejiendo una obra de arte. Superaba el simple cabalgar y lo transformaba en una danza de gestos inesperados.
El trote de los caballos sobre la arena húmeda de la playa es un reloj vivo, una hermosa y fugaz alegoría de nuestra propia existencia. Pablo tiene 24 años. Es el futuro de las carreras de joyes en estos momentos. Sabe que en Pinedo y en el Palmar lo quieren, porque su saber hacer es sorprendente. Su padre, toda una institución en esta parte de la Valencia marinera, es tan humilde como su hijo. Tienen una cuadra en el Perellonet y se nota que miman a los animales con verdadero cariño. Por eso los animales responden con esa perfección a las peticiones de su caballistas, y nacen escenas tan bonitas como cuando Pablo acompaña a su “haca” a bañarse entre las olas.
Al igual que el oleaje rompe y se retira, los cascos de los corceles golpean la orilla con un ritmo exacto, firme y musical. Cada zancada es un segundo que nace, resuena con fuerza y se desvanece de inmediato en la inmensidad del paisaje. Sus crines flotan al viento como las horas que dejamos atrás: libres, etéreas, imposibles de atrapar con las manos. Para Pablo no son solo manos, sino pies, brazos y piernas. Conforma una figura distinta en cada cabalgada. Sus personajes volando sobre la playa representan la esperanza de un gran futuro para este deporte.
Existe una hermosa melancolía en este galope junto al mar. Los caballos avanzan con una gracia soberbia, dejando una estela de huellas imperfectas sobre la arena plateada. Sin embargo, detrás de ellos, la marea implacable sube en silencio y borra cada pisada, tal como los años borran los recuerdos y los días del calendario. No hay permanencia en su carrera, solo un eterno presente que se consume con deslumbrante vitalidad.
El tiempo, al igual que esos animales majestuosos, no se detiene ante nada ni ante nadie. No podemos pausar su marcha, pero al contemplar la elegancia de su huida, comprendemos que la verdadera belleza de la vida no radica en durar para siempre, sino en la fuerza, el esplendor y la libertad con la que decidimos transitar nuestro propio camino.
Pablo es un artista sobre el caballo, es un gran caballero sobre las olas del mar. Los valencianos no valoramos lo suficiente lo nuestro. Somos humildes y no le damos importancia. Pablo está en esa situación. Nos da la impresión de que con su sonrisa franca y su espontaneidad natural no es consciente del gran alcance de su arte. Como un torero en el ruedo. Como un pintor ante el lienzo. Como un músico ante la partitura. Pablo y sus compañeros son la garantía de una tradición valenciana llena de Futuro.
















