VALENCIA. – La temporada de la patata nueva valenciana ha comenzado, pero el optimismo de la cosecha se ha tornado rápidamente en indignación. Mientras los campos de la huerta ofrecen un producto de calidad suprema, frescura inmediata y seguridad alimentaria garantizada, los lineales de los supermercados y los almacenes de los grandes operadores comerciales siguen inundados de «patatas viejas» procedentes de Francia —conservadas en cámaras durante meses— y de terceros países como Egipto.
Desde la Asociación Valenciana de Agricultores (AVA-ASAJA), el mensaje es tajante: la supervivencia de nuestra huerta no depende solo de las ayudas políticas, sino de la voluntad real del consumidor en el punto de venta. «Si queremos proteger de verdad la Huerta de Valencia, empecemos por priorizar y hacer rentable los productos que posibilitan ese paisaje«, afirma Vicent José Sebastià, responsable de la sectorial de hortalizas de la asociación.
La fuerza del carro de la compra
A menudo lamentamos el abandono de nuestros campos y la pérdida de soberanía alimentaria. Sin embargo, como consumidores, tenemos la última palabra. Exigir patata valenciana en la frutería no es solo un acto gastronómico por su mejor sabor; es un acto de resistencia económica. Si el cliente no demanda, el supermercado no compra al agricultor local. Está en nuestra mano mantener el campo más próximo; luego, no valdrán las quejas.
La situación es crítica para productores como Rosa Gil, agricultora en Picanya. «Hemos llevado cajas a los mayoristas y la sorpresa ha sido desagradable: prefieren lo de fuera«, lamenta. Gil subraya la paradoja de que un producto «mucho más bueno para el paladar, la salud y el medioambiente» tenga tantas dificultades para encontrar salida comercial frente a tubérculos que han recorrido miles de kilómetros o han perdido propiedades en cámaras frigoríficas.
Precios de hace 30 años
A los problemas de mercado se suma un año difícil en lo productivo. Las lluvias invernales, la falta de soluciones fitosanitarias y el aumento incesante de los costes de producción han mermado la cosecha. Pese a todo, los precios que percibe el agricultor parecen congelados en el tiempo. «Cobramos lo mismo que hace 30 años», denuncia Sebastià, quien advierte que la crisis de rentabilidad no afecta solo a la patata, sino que se extiende a la cebolla, cuyos precios se han hundido por debajo de los costes de producción en una campaña que califican de «desastrosa».
La asociación hace un llamamiento desesperado a las cadenas de distribución y a las fruterías de barrio para que den preferencia a la patata nueva valenciana. Pero, sobre todo, apelan a la conciencia ciudadana: el consumidor debe ser el primer inspector. Preguntar por el origen, rechazar la patata vieja de importación y exigir el producto de la tierra es la única garantía de que, el año que viene, la huerta siga siendo verde y no un solar abandonado.
















