VALENCIA. – Hay deudas que solo se pagan con fuego, y la de ayer en la Catedral de la pólvora fue saldada con creces. Bajo un sol que parecía querer pedir perdón por los agravios del pasado, la firma castellonense Pirotècnia Alto Palancia regresó al epicentro de las Fallas para protagonizar uno de esos disparos que se quedan grabados en la memoria acústica de la ciudad.
Bajo el lema invisible de la superación, la empresa de Altura se ha quitado exactamente la espina que tenía clavada en el corazón. Todavía se recordaba en los corrillos de la plaza el sabor agridulce del año pasado, cuando una lluvia inoportuna y persistente empañó su espectáculo, restándole la brillantez y la fuerza que la firma acostumbra a desplegar. Ayer, sin embargo, el escenario fue radicalmente distinto: el cielo azul de Valencia sirvió de lienzo perfecto para una ejecución técnica que rozó la perfección.
Una sinfonía de ritmo y precisión
Desde el primer aviso, se percibió que no era un disparo cualquiera. La mascletà comenzó con un inicio clásico pero contundente, marcando un ritmo que no dio tregua al espectador. Alto Palancia supo jugar con las alturas y las intensidades, distribuyendo el fuego aéreo con una elegancia que presagiaba lo que estaba por venir. Los efectos digitales, perfectamente sincronizados, envolvieron el recinto en una atmósfera de tensión creciente que el público acompañó con aplausos entre secuencia y secuencia.
Sin embargo, el alma de la mascletà reside en su capacidad para hacer vibrar el cuerpo, y fue en la fase final donde la firma castellonense demostró por qué es una de las favoritas de la afición.
El temblor que no terminaba
El clímax del espectáculo llegó con un terremoto terrestre larguísimo y muy potente. No fue un estruendo seco y rápido, sino una progresión milimétrica de potencia que fue ganando metros en la arena de la plaza. El suelo de Valencia se convirtió en un muelle; la vibración subía por las piernas de los miles de asistentes, creando esa sensación de vacío en el estómago que solo los mejores pirotécnicos saben provocar. La duración del terremoto fue, precisamente, su mayor virtud: una insistencia rítmica que llevó la resistencia física de los espectadores al límite del entusiasmo.
Pero si el suelo tembló, el aire terminó por estallar. Para coronar la exhibición, se disparó un terremoto aéreo para el final, largo y excepcionalmente potente. Una descarga de carcasas y truenos que cubrió el cielo con una cúpula de humo blanco y un estruendo tan rotundo que silenció cualquier otro sonido en kilómetros a la redonda. Fue un cierre apoteósico, un grito de victoria técnica que resonó contra las fachadas del Ayuntamiento y de Correos.
El aplauso de la redención
Cuando el último trueno de aviso marcó el silencio tras la tempestad, la Plaza del Ayuntamiento estalló en una ovación cerrada. Los rostros de los responsables de la pirotecnia, visibles tras las vallas de seguridad, reflejaban la liberación: la espina ya no estaba.
Ayer, Alto Palancia no solo disparó una mascletà espectacular; dio una lección de resiliencia profesional. Valencia recuperó la mejor versión de la firma de Altura, y el calendario fallero sumó una página de oro en su historia de pólvora y pasión. La lluvia de antaño es ya un recuerdo borroso bajo el manto de un éxito atronador.
Dispositivo Sanitario
En cuanto al dispositivo sanitario desplegado por Cruz Roja, realizaron 30 asistencias sanitarias, principalmente por heridas y lesiones oculares causadas por material pirotécnico. Una persona ha sido trasladada a centro hospitalario por cardiopatía.


















