Mientras el Gobierno de España promete flotillas de última generación que no llegarán antes de 2030, el núcleo de Cercanías valenciano resiste con materiales reciclados de Madrid y Catalunya, convoyes masificados y una nefasta gestión política de la que Compromís se ha vuelto cómplice.
VALÉNCIA. — Hay un lugar al que van a parar los trenes que nadie más quiere en España. Ese lugar no es un desguace, ni una nave de chatarra industrial; es la red de Cercanías de Valéncia. Mientras el Ministerio de Transportes y el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (Adif) presumen periódicamente de multimillonarias licitaciones de trenes de última generación, la realidad cotidiana de los viajeros valencianos es una pesadilla de masificación, retrasos crónicos y material rodante obsoleto que ha convertido a este núcleo en el más castigado e impuntual de todo el Estado en horas punta.
La indignación de los usuarios ha vuelto a estallar con fuerza en las principales estaciones del territorio valenciano tras la constatación de un hecho bochornoso: la «renovación» de la flota no es más que un traspaso de excedentes retirados de otras comunidades autónomas. La última afrenta visible circula ya por las vías del núcleo: trenes decorados con los vinilos e impertérritos distintivos de «Rodalies de Catalunya», trasladados directamente desde Barcelona para prestar servicio en las líneas C-1 (Valéncia–Gandia), C-2 (Valéncia–Xàtiva) y C-6 (Valéncia–Castelló). Ni siquiera se han tomado la molestia de serigrafiar adecuadamente las unidades con la rotulación del núcleo de Cercanías de Valéncia, exponiendo con un desprecio patente que el material ferroviario no es más que un remiendo temporal de última mano.
«Trenes borregueros» y convoyes reciclados de Madrid y Barcelona
El patrón de actuación de Renfe en Valéncia roza la tomadura de pelo organizativa. Las escasas unidades que se han publicitado recientemente como «nuevas incorporaciones» no son más que convoyes con dos décadas de antigüedad, dados de baja en el núcleo de Madrid por sus deficientes prestaciones o alta necesidad de mantenimiento. De la promesa estelar de aportar un contingente de 200 trenes nuevos para el conjunto nacional, la Comunitat Valenciana ha recibido una cifra incontestable: cero.
«Nos hemos convertido en el cementerio ferroviario de Madrid y Barcelona. Lo que no sirve en Catalunya o en la capital lo envían a Valéncia. Ni siquiera quitan los vinilos de Rodalies antes de ponerlos a circular. Es una humillación constante a los trabajadores y estudiantes que dependemos de este servicio día a día», denuncia un portavoz de las plataformas de usuarios afectados.
La escasez estructural de material rodante provoca diariamente el fenómeno de los denominados «trenes borregueros». Rara vez se enganchan composiciones dobles para doblar la capacidad de plazas durante las horas puntas, obligando a cientos de personas a amontonarse en vagones saturados, sin climatización adecuada e inseguros. Las cancelaciones repentinas y las averías recurrentes terminan por rematar un servicio insostenible que ostenta el triste récord de ser el único núcleo de Cercanías de España que sigue perdiendo viajeros de manera sistemática.
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| EL BALANCE DE LA CRISIS EN VALÉNCIA |
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| • Flota "renovada": Trenes con 20 años de uso traídos de Madrid. |
| • Unidades prestadas: Convoyes con vinilos originales de Catalunya. |
| • Cero trenes nuevos: De 200 unidades encargadas, 0 han ido a Valéncia.|
| • Tendencia de usuarios: El único núcleo que continúa perdiendo pasaje. |
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Promesas incumplidas tras la DANA: Vía única y diésel contaminante hacia Buñol
La situación roza lo insólito en líneas como la C-3 (Valéncia–Utiel). Tras las graves secuelas dejadas por la DANA en la comarca y la consiguiente marea de declaraciones oficiales, el ministro de Transportes, Óscar Puente, se apresuró a lanzar compromisos públicos a través de las redes sociales prometiendo una reconstrucción rápida y modélica. Sin embargo, la realidad a pie de vía deja en evidencia la brecha entre el titular en redes y la gestión efectiva.
A día de hoy, el tramo hacia Buñol y el interior valenciano continúa operando bajo el arcaico régimen de vía única y sin electrificar. El servicio depende de vetustas locomotoras diésel altamente contaminantes, ruidosas e ineficientes que sufren averías continuas y que contravienen cualquier discurso institucional sobre movilidad sostenible o transición ecológica. La modernización de la línea no pasa de ser un anuncio archivado en un cajón ministerial, postergando sine die la duplicación de vía y la electrificación que la comarca lleva décadas exigiendo.
El silencio y la complicidad política de Compromís
El trasfondo de este desastre ferroviario no es solo técnico, sino profundamente político. Diversos colectivos y plataformas de viajeros apuntan directamente a la inacción política que ha permitido que esta situación se cronifique. Durante ocho años de participación activa en las instituciones valencianas y de alianzas estratégicas en las Cortes Generales, Compromís se erigió como el socio leal y garante de la gobernabilidad del PSOE. Sin embargo, en el ámbito de las infraestructuras, la influencia de la formación valencianista ha resultado irrelevante.
Al conformarse con meros anuncios y comisiones de seguimiento sin presupuesto ejecutivo, Compromís ha terminado actuando como una simple prolongación de la disciplina del PSOE, aceptando sin oposición firme el permanente agravio comparativo que sufre el territorio valenciano frente a las inversiones prioritarias consignadas para el centro peninsular o para Catalunya.
Abandono social: La quiebra de la movilidad pública progresista
Las consecuencias de este abandono institucional repercuten directamente sobre la cohesión social. Quienes disponen de capacidad económica han optado por abandonar definitivamente el transporte público y adquirir un vehículo privado, saturando los accesos por carretera a Valéncia y aumentando la huella de carbono regional.
Por el contrario, las clases trabajadoras y más humildes —aquellas que no pueden permitirse el coste de un vehículo ni la adquisición de combustible a precios elevados— quedan atrapadas en un sistema ferroviario que las margina, haciéndoles perder sistemáticamente horas de su vida diaria, puestos de trabajo o expedientes académicos debido a retrasos inaceptables. Ironías de la política: un gobierno autodefinido como «progresista» ha terminado por convertir el transporte ferroviario básico de la Comunitat Valenciana en un factor de desigualdad social.
¿Cuál es la solución a corto plazo?
Mientras las promesas oficiales sitúan la llegada del nuevo material rodante en un horizonte lejano que no se consolidará hasta 2030, la ciudadanía valenciana exige medidas de urgencia inmediatas: ejecución de presupuestos no ejecutados, transferencias de gestión reales con dotación económica y un plan de choque que retire de inmediato las chatarras ferroviarias importadas y dignifique de una vez por todas las Cercanías de Valéncia.
















